Arzobispo de Arequipa advierte que la sociedad de consumo moderna desorienta la identidad humana
El ritmo de vida actual, marcado por las exigencias del mercado y la comercialización constante, somete a las personas a una presión incesante que altera su escala de valores. Según advirtió el Arzobispo de Arequipa, monseñor Javier Del Río Alba, esta dinámica moderna empuja a la población a confundir lo que resulta meramente urgente con aquello que posee un valor auténtico, reduciendo la existencia a una persecución constante de comodidades físicas y económicas.
A través de su reflexión dominical titulada “De lo urgente a lo importante”, el máximo representante de la Iglesia católica en esta región peruana alertó sobre el peligro latente de una crisis de prioridades en el mundo contemporáneo. Para el prelado, este fenómeno se profundiza de manera notable cuando el valor de una persona se empieza a medir por lo que acumula y no por su propia esencia.
La deshumanización provocada por el materialismo
Durante su pronunciamiento institucional, el jerarca eclesiástico profundizó en las consecuencias espirituales y psicológicas que acarrea priorizar el entorno material sobre la dimensión trascendental del ser humano. En este contexto, indicó que la sociedad contemporánea corre el peligro de relegar la dignidad intrínseca de las personas.
“Esta crisis de prioridades se agudiza cuando, dejándonos llevar por esa misma sociedad de consumo, consideramos que el poseer es más importante que el ser y, en consecuencia, reducimos al hombre, es decir a nosotros mismos y a los demás, a lo puramente material y nos olvidamos de nuestro origen y destino trascendente”, señaló.
Asimismo, el arzobispo enfatizó que esta perspectiva reduccionista propicia que los individuos se perciban a sí mismos como meros productos fortuitos de la evolución física, restándole todo sentido de eternidad a su paso por el mundo. Como resultado de esta visión secularizada, el ser humano se embarca en una carrera maratónica por alcanzar un bienestar que nunca logra colmar sus expectativas más profundas, o bien queda anestesiado por las comodidades ya conseguidas.
“De esta manera, corriendo en busca de un bienestar material que nunca llega a satisfacerle del todo, o adormecido por el bienestar material alcanzado, el hombre corre el riesgo de terminar sin saber quién es, de dónde viene ni a dónde va”, afirmó.
Jesucristo como la clave para descifrar la existencia
Frente al panorama de desorientación existencial que describió, la máxima autoridad de la arquidiócesis sureña acudió al magisterio del Concilio Vaticano II para recordar que la respuesta a las grandes interrogantes de la humanidad se encuentra en la figura de Jesús. Según explicó, es únicamente a través de la fe cristiana donde se logra comprender con exactitud la verdadera naturaleza y el propósito de la vida.
El arzobispo puntualizó que la llegada del hijo de Dios al mundo no tuvo como único propósito dar a conocer la divinidad, sino que, en ese mismo proceso de revelación teológica, le devolvió al ser humano la comprensión de su propia identidad. Para fundamentar esta premisa, aludió a los textos sagrados del Evangelio de San Juan, recordando que la experiencia apostólica permitió descubrir el verdadero rostro de la divinidad.
“Esta es la experiencia de los apóstoles: en Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado, han conocido al mismo Dios y, al conocerlo, han descubierto que Dios es amor y han creído en Él; no sólo han creído en su existencia sino también en su amor… y han permanecido en él”, aseguró.
El origen divino y el propósito del ser humano
En su mensaje pastoral, el prelado enfatizó que la dignidad de cada individuo no está sujeta a factores económicos, estatus social o posesiones tangibles. Respaldándose en las directrices del Catecismo de la Iglesia Católica, recordó que el ser humano constituye la única obra terrenal que ha sido valorada por sí misma, diseñada específicamente para entablar una relación de conocimiento y afecto con el Creador.
De acuerdo con su perspectiva, esta condición sagrada otorga una explicación lógica y coherente al principio y al fin de la existencia terrenal, desligando el origen de la persona de cualquier concepción puramente mecanicista o azarosa.
“Ningún ser humano ha comenzado a existir sin la intervención directa de Dios, porque el alma espiritual, que forma parte del ser humano, no es ‘producida’ por los padres sino creada directamente por Dios”, manifestó, para luego reiterar la premisa central de su doctrina: “Dios nos ha creado por amor y para el amor. Venimos de Dios y hacia Dios vamos”.
Para finalizar su intervención pública, el líder religioso exhortó a los fieles a no perder de vista los valores fundamentales que dan sentido a la vida, instando a resistir las presiones cotidianas que impone el sistema económico actual. El arzobispo recordó que el mandamiento principal consiste en priorizar el afecto supremo hacia Dios y extender esa misma actitud solidaria y fraterna hacia el prójimo, siguiendo el ejemplo enseñado por Jesucristo. “No dejemos que las aparentes urgencias de este mundo nos hagan olvidar esto, que es lo más importante”, concluyó.








