Una emergencia nacional que puso en vilo al valle del Tiétar
A finales de julio de 2026, la convergencia de tres incendios forestales de gran magnitud en la Sierra Oeste de la Comunidad de Madrid desencadenó una situación de emergencia nacional. Entre los puntos amenazados se encontraba el Seminario Menor de la Inmaculada y San Dámaso, ubicado en el municipio de Rozas de Puerto Real y dependiente de la Diócesis de Getafe.
En el momento en que las llamas comenzaron a cercar el recinto, unas 250 personas —principalmente niños que participaban en un campamento de verano— tuvieron que ser evacuadas de urgencia junto al rector, el padre Eliert Jerez, y varios trabajadores del centro educativo. Este enclave, con más de 60 años de trayectoria, ha acogido a lo largo de su historia a más de 2.000 alumnos, ofreciendo un modelo educativo integral desde quinto de Primaria hasta el Bachillerato.
El avance del fuego coincidió con la festividad del Apóstol Santiago. Las altas temperaturas y el cielo despejado pronto se tornaron en una densa humareda oscura que sembró el desconcierto. Ante la inminencia del peligro, el rector y la gobernanta priorizaron poner a buen recaudo las imágenes religiosas de la capilla, mientras el personal combinaba la angustia del momento con una profunda confianza en la protección divina.
La noche más crítica y el punto de inflexión
Con el desalojo completado y los evacuados reubicados temporalmente en otras localidades, las perspectivas eran desoladoras. El alcalde de la localidad, antiguo alumno de la institución, envió una fotografía nocturna al padre Eliert en la que se apreciaba el avance implacable del fuego por la ladera de la montaña, justo por encima de las luces del seminario que aún iluminaban el fondo del valle.
En ese momento de máxima tensión, el rector se puso en contacto telefónico con el Obispo de Getafe, monseñor Ginés García Beltrán, quien se encontraba de viaje en Honduras. Ante la gravedad del escenario, la única salida parecía encomendarse a una intervención extraordinaria. Tal como relata el propio responsable del centro, el regidor municipal fue testigo directo de cómo sopló de repente una ráfaga de viento providencial que hizo retroceder el frente de fuego justo a tiempo para salvar las instalaciones de una destrucción total.
“Yo lo llamo milagro porque creo que Dios intercede, porque Dios interviene en nuestra historia y porque esta es su casa”, afirma convencido el padre Eliert al recordar aquellas horas decisivas.
La vuelta a la rutina y el cuidado integral de la vocación
Meses después de aquel episodio, el paisaje circundante todavía muestra las cicatrices carbonizadas de la catástrofe, pero el recinto del seminario se mantiene intacto y rodeado de vegetación. En la actualidad, el centro alberga a 137 alumnos, de los cuales 35 son seminaristas menores que conviven en régimen de internado combinando las exigencias académicas con la formación espiritual y humana.
Para la dirección del colegio, este espacio funciona como una antesala no solo para el seminario mayor, sino para cualquier estilo de vida que el joven decida emprender. Se trata de un acompañamiento de carácter global que abarca la psicología, la convivencia y el discernimiento personal, fomentando que los estudiantes aprendan a escuchar y a responder con total libertad a los proyectos que Dios tenga preparados para ellos.
Testimonios desde el interior de la comunidad
Los propios jóvenes que forman parte de la comunidad educativa comparten vivencias muy diversas sobre su proceso de maduración personal. Gabriel, que cumple su quinto año en el seminario, valora especialmente el ambiente familiar y la vida de oración compartida, manteniendo una postura de total apertura respecto a su futuro: “Que sea lo que Dios quiera”.
Por su parte, Fran acaba de incorporarse al centro tras experimentar un punto de inflexión espiritual durante un encuentro de jóvenes celebrado en el marco del Jubileo. Aunque reconoció haber sentido temor inicialmente, asegura que aquella experiencia le otorgó una vocación que ahora busca decantar en este entorno de reflexión: “Tuve miedo, pero desde entonces tengo esa vocación que no sé para lo que me llama y creo que aquí podría descubrirlo mejor”.
Asimismo, Antonio, alumno con tres años de trayectoria en el seminario, recuerda los temores iniciales ante los prejuicios sobre una vida de piedad constante, una perspectiva que cambió radicalmente al comprobar el respaldo académico y el ambiente de la capilla. Su conclusión resume el espíritu que se respira en estas aulas del valle del Tiétar: “Es dejarte guiar por el Señor. La verdad es que si sigues sus caminos, vas a ser feliz, hagas lo que hagas”.








