Fallece a los 94 años sor Celina, la religiosa clarisa que dedicó siete décadas y media al convento de Salvatierra
La comunidad religiosa de Salvatierra, en España, despide a una de sus figuras más entrañables. Sor Celina de Jesús, monja clarisa del Monasterio local, falleció el pasado 12 de octubre a la edad de 94 años, coincidiendo exactamente con la fecha en la que conmemoraba sus 75 años de vida consagrada dentro de los muros del convento.
Una vocación nacida en Álava
Originaria de Yécora, una pequeña localidad alavesa, la religiosa manifestó su inclinación por la vida contemplativa desde su niñez. Su vocación no fue un caso aislado en el núcleo familiar, ya que compartió el camino de la fe con una de sus hermanas, quien falleció doce años atrás. El 12 de octubre de 1951, cuando apenas contaba con 19 años, formalizó su profesión solemne bajo la regla de la Orden de Santa Clara, compromiso que mantuvo firme hasta el final de sus días.
Tras confirmarse su deceso, desde el obispado y su propia comunidad compartieron un detalle significativo sobre sus últimos deseos. A sor Celina “le hacía ilusión ir a la Casa del Padre en el octavo centenario del tránsito de San Francisco”, un hito que la Iglesia Católica conmemora durante el Año Santo de 2026. Sus compañeras de convento la recordaron como una persona que “era muy de celebrar todo, siempre gozosa, entusiasta”, destacando su habilidad para mantener vivas las fechas señaladas del calendario comunitario.
Cuarenta años como el rostro amable del torno
Durante cuatro décadas, la labor principal de sor Celina se desarrolló en la portería del monasterio. Tras el torno, se convirtió en la voz que transmitía el saludo franciscano de paz y bien a los visitantes, a quienes atendía tanto para recoger peticiones de oración como para la venta de los tradicionales dulces elaborados en el obrador del convento.
La Diócesis de Vitoria resaltó su talante en el servicio diario al señalar que, “siempre con su constante sonrisa, sincera paciencia y dulce voz, fue el rostro amable que, durante más de cuatro décadas, año tras año, y especialmente en Navidad, aconsejaba a todos los visitantes sobre la alegría y felicidad de llevar una vida de oración”.
Además de su cercanía con quienes acudían en busca de consuelo espiritual, la religiosa mostraba una especial sensibilidad hacia las personas necesitadas que se acercaban al convento. Aunque no disponía de recursos monetarios, “no les daba dinero, pero sí les traía algo para comer y con ellos establecía una comunicación personal con toda naturalidad, como era ella, sin marcar distancias”, según testimonios de su entorno.
Despedida y legado espiritual
Las exequias corpore insepulto tuvieron lugar en la capilla del monasterio alavés, una ceremonia religiosa que contó con la presencia de su hermano Jesús. Durante la homilía se recordó que la presencia de varias hermanas de una misma familia era una constante en aquella época de los años cincuenta, mencionando otros casos similares originarios de la misma zona.
Poco antes de su partida, al ser consultada sobre aquello que consideraba fundamental en su trayectoria, sor Celina resumió su existencia en una frase: “Amar a Dios por encima de todo y ser una buena hermana”. El sacerdote encargado de presidir la eucaristía subrayó que “lo más importante para ella era estar a bien con Dios”.
Quienes compartieron comunidad con ella destacaron también su conexión con la naturaleza y su carácter detallista. “Se parecía un poco a San Francisco y a Santa Clara que veían a Dios en todo”, afirmaron, resaltando que la monja conservaba una curiosidad inusual a su edad, reflejada en su costumbre de llevar siempre consigo un bolígrafo y papeles para apuntar cualquier idea que llamara su atención.








