11 septiembre, 2026

El descenso desde el piso 71 en medio del caos

Para Paul Carris, la mañana del 11 de septiembre de 2001 comenzó con un profundo acto de devoción al asistir a la Misa matutina en una capilla cercana a Battery Park. Minutos después, mientras se encontraba en su oficina de la Autoridad Portuaria ubicada en el piso 71 de la Torre Norte del World Trade Center, un violento impacto sacudió el edificio tras la colisión de un avión.

En medio del desconcierto generalizado y las rutas de evacuación colapsadas, Carris se tropezó con Judith Toppin, una mujer que padecía sarcoidosis y utilizaba un desfibrilador, lo que dificultaba gravemente su movilidad. Tomando una decisión crucial, decidió acompañarla durante el arduo descenso de 70 pisos por las escaleras.

Cuando la situación se tornaba más desesperada y el agotamiento físico los abrumaba, Toppin comenzó a recitar en voz alta el salmo “El Señor es mi pastor, nada me falta”, un momento espiritual que impulsó a Carris a unirse en oración mientras descendían hacia la calle, logrando salir de la torre apenas instantes antes de que esta colapsara.

La cruz de acero como símbolo de esperanza en la Zona Cero

A dos décadas y media de aquellos atentados, la labor periodística realizada para un documental especial de EWTN News ha permitido exhumar testimonios sobre cómo la espiritualidad humana logró sostener a los sobrevivientes y rescatistas. El sacerdote franciscano Brian Jordan, quien laboró durante meses en las labores de remoción de escombros, destacó haber presenciado tanto la crueldad extrema como la máxima bondad humana.

Entre los restos humeantes del bajo Manhattan, un trabajador de la construcción guió al padre Jordan hacia un hallazgo que conmovió a la comunidad: dos vigas de acero cruzadas de manera natural que formaban una cruz perfecta. Aquella estructura metálica se transformó rápidamente en un recordatorio colectivo de que la fe seguía viva entre los escombros.

El sacrificio en Shanksville y la presencia sacerdotal en el Pentágono

Por otro lado, el paraje rural de Shanksville, en Pensilvania, conserva un silencio reverente. Fue en ese campo donde el vuelo 93 de United Airlines se precipitó tras la revuelta de los pasajeros contra los secuestradores, evitando un ataque masivo contra la capital estadounidense. El padre Joseph McCaffrey, capellán del FBI que acudió al lugar al amanecer siguiente, se dedicó a consagrar el terreno y a brindar consuelo espiritual a los familiares devastados.

Paralelamente, en las inmediaciones del Pentágono, el recién ordenado sacerdote Stephen McGraw presenció el impacto del vuelo 77 de American Airlines. Sin dudarlo, corrió hacia la zona afectada para asistir a los heridos graves. McGraw se arrodilló junto a las víctimas y les reiteraba con firmeza: “Jesús está contigo”, recibiendo en varias ocasiones respuestas de aceptación y paz en medio del sufrimiento.

Una transformación de vida impulsada por la tragedia

Años después del atentado, el impacto emocional continuó resonando en la vida de los sobrevivientes. Paul Carris reconoció que el persistente reconocimiento que Judith Toppin le otorgaba al considerarlo un ángel salvador lo llevó a replantearse su propia espiritualidad y su compromiso con la fe católica. Tras someterse a un proceso de discernimiento que incluyó terapia y retiros espirituales, Carris profundizó su vida religiosa hasta ser ordenado diácono permanente en la Arquidiorcesis de Newark, con la presencia de la propia Toppin antes de su fallecimiento en 2021.

“Tú me salvaste”, le solía decir Judith, a lo que Paul respondía: “No, tú me salvaste a mí. De hecho, Dios nos salvó a los dos aquel día”.

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