9 diciembre, 2022

Sábado XXVIII semana Tiempo Ordinario

Rm 4, 13. 16-18
Sal 104
Lc 12, 8-12

 

Cuando San Pablo, nuevamente con el ejemplo de Abraham, contrapone “fe y obras”, no quiere decir que no debamos que actuar y obrar el bien. Recordemos lo que nos dice Jesús: “No todo el que me diga, Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos, sino aquel que cumpla la voluntad de mi Padre” (Mt 7, 21).

El Apóstol nos recuerda que, los primero en Abraham, fue su fe depositada en la promesa recibida por parte de Dios: “No fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para Abraham y su descendencia la promesa de heredar el mundo. Es a partir de la fe que viene todo lo demás: viene el modo de obrar de Abraham, de dejar su casa, su parentela, su patria, para obedecer al Señor. La fe debería de ser también nuestro punto de partida, aquello que nos permita confiar en lo que el Señor nos pide y dice.

Nadie de nosotros puede presentarse ante Dios y exigirle sus favores acudiendo a todas las obras que ha realizado. No olvidemos que el primer paso lo da siempre el Señor y lo seguirá dando. Él es el que gratuitamente ha instaurado la fe en nosotros, el deseo de hacer el bien, el realizar lo correcto. Así lo hizo con Abraham: primero hace la promesa, luego vienen las obras buenas que él realizó.

Dios nos ha obsequiado la fe y, una vez que hemos aceptado ese regalo, vendrán sobre nosotros toda clase de obras buenas, nos podremos comportar como verdaderos hijos suyos, cumpliendo siempre su voluntad.

No olvidemos que lo primero es la fe. Ya después vendrán las obras, las cuales son importantes en la vida del creyente, pero vienen después de lo primero. Podríamos decir que, sin lo primero, no podría darse lo segundo.

Ahora bien, nosotros ya estamos empeñados, desde hace buen tiempo, en este camino de la fe, la cual no sólo sucede en un ámbito exterior (que se puede ver reflejado por las obras), sino también interior, ya que el Espíritu Santo nos lleva a vivir plenamente a semejanza del Maestro.

Jesús sabe que el camino del creyente no es sencillo, por eso nos anima constantemente. El Maestro nos asegura el amor del Padre y la ayuda eficaz de su Espíritu Santo. Y, por si fuera poco, nos promete que Él mismo saldrá a nuestra defensa en los momentos difíciles de nuestra vida. Dios no se deja ganar en generosidad.

En aquellos momentos de nuestra vida que sintamos miedo por algo, sería bueno que recordemos estas palabras de Jesús, confiando en el amor concreto que nos tiene Dios y como Él nos ayuda en cada momento.

Ya sabemos de las múltiples acciones que realizó Jesús: calmó la tempestad (cfr. Mt 8, 23-27), curó a muchos enfermos, incluso resucitó a muertos (cfr. Lc 7, 11-17; 8, 49-50; Jn 11, 1-45). Cada una de esas acciones era el signo del amor que Dios tiene por los hombres y cómo Él está actuando en nuestro mundo. Esa bondad de Dios también nos alcanza a nosotros.

¿Seguiremos confiando únicamente en nosotros para alcanzar a superar las adversidades o miedos que se presentan en la vida? ¿Confío en que la fe que Dios ha depositado en mí me lleva a las obras? ¿Dudo de que Dios es Aquel que sale a mi defensa cuando más lo necesito? Ya no tenemos motivos para dejarnos arrastrar por el miedo o la angustia, puesto que Dios cuida de nosotros. Aprendamos a confiar en el Señor.

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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