La fiebre de la Copa Mundial de la FIFA eleva las expectativas mientras Argentina se prepara para enfrentar a Cabo Verde este viernes. Más allá de la competencia deportiva, este encuentro esconde una profunda y emotiva conexión histórica que trasciende los kilómetros y une a estas dos naciones a través de una figura central en la devoción a la Virgen de Luján, Patrona de Argentina: Manuel Costa de los Ríos, conocido como el “Negro Manuel”.
Con 72 partidos ya disputados en la fase de grupos del torneo mundial, que en esta edición se desarrolla con triple sede en México, Estados Unidos y Canadá, la fe y el fútbol demuestran una vez más que no conocen fronteras. El próximo viernes, en los dieciseisavos de final, Argentina, defensora del título obtenido en Qatar 2022, buscará avanzar frente a la selección africana de Cabo Verde. Esta nación, que debuta en mundiales, logró una destacable clasificación tras superar su fase de grupos con tres empates, siendo superada únicamente por la selección española y dejando en el camino al equipo uruguayo.
Más de 6.600 kilómetros separan a Buenos Aires de Praia, la capital caboverdiana, una vasta distancia geográfica. Sin embargo, en el entramado de la historia y la espiritualidad, estos dos puntos distantes encuentran un origen común en el corazón de la fe argentina. Esta unión se arraiga en la vida y el servicio incondicional del Negrito Manuel, un hombre que nació en el actual territorio de Cabo Verde y cuya historia se entrelaza indisolublemente con la imagen de la Virgen de Luján. Él fue el custodio fiel de la imagen milagrosa que, hace 396 años, dio origen a una de las devociones marianas más multitudinarias y arraigadas del país sudamericano.
La historia del milagro de Luján se remonta al año 1630, casi dos siglos antes de la fundación del Estado argentino. En aquel entonces, dos imágenes de la Inmaculada Concepción de María, destinadas a la actual provincia de Santiago del Estero, eran transportadas desde Brasil. Tras una parada para descansar a orillas del Río Luján, en la provincia de Buenos Aires, los arrieros intentaron retomar el camino. Sin embargo, los bueyes que tiraban las carretas se rehusaban inexplicablemente a avanzar. Tras varios intentos fallidos, los hombres advirtieron que, al retirar una de las cajas de la carreta, los animales reanudaban su marcha. Al abrir la caja en cuestión, descubrieron que contenía una de las imágenes de la Virgen. Este hecho fue interpretado como una señal inequívoca: la Madre de Dios había elegido permanecer en aquel lugar.
Este episodio, que cimentó el “milagro de Luján”, estaría incompleto sin la presencia fundamental de Manuel. Era un esclavo, propiedad de Bernabé González Filiano, el administrador de la estancia donde tuvo lugar el prodigio. Las investigaciones del Monseñor Juan Guillermo Durán, quien impulsa su causa de canonización, han revelado que Manuel Costa de los Ríos llegó al Río de la Plata como parte de un cargamento de esclavos proveniente de Pernambuco, Brasil, pero su nacimiento y primeros años transcurrieron en las islas de Cabo Verde.
Su primer amo fue el capitán Andrea Juan, el navegante que lo trajo a América y quien lo bautizó con el nombre cristiano de Manuel. Posteriormente, fue adquirido por el comerciante y militar González Filiano. Conmovido por el suceso, González Filiano encomendó a Manuel la sagrada tarea de custodiar la imagen de la Virgen que había decidido quedarse en la estancia. Con una fidelidad inquebrantable y un servicio abnegado, Manuel recibió a los primeros creyentes que se acercaban a venerar a la Virgen en una modesta capilla construida con barro y paja. Pacientemente, les narraba la historia del milagro, del cual había sido testigo directo, y ungía a los enfermos con el sebo de las velas, un gesto de fe y esperanza para aliviar sus dolencias.
Años más tarde, la estancia y su pequeña capilla cayeron en el abandono. Fue entonces cuando una estanciera de profunda fe, Ana de Matos, solicitó la imagen para trasladarla a su hacienda, donde hoy se erige imponente la Basílica de Luján. En una muestra de su compromiso, Ana de Matos pagó 250 pesos por Manuel, con el firme propósito de que continuara cuidando a la Virgen. Los documentos de esta trascendental transacción reflejaron una particularidad única: Manuel quedó registrado legalmente como “propiedad de la Virgen de Luján”. Su existencia, su ser entero, fue entregado a la Madre de Dios, dando origen a su frase más recordada y conmovedora: “Soy de la Virgen nomás”.
La imagen original de la Virgen de Luján, que actualmente recibe a millones de fieles cada año en la Basílica y Santuario Nacional, fue custodiada por Manuel hasta el año 1686, cuando falleció, habiendo servido a la Virgen como su “ama” y “señora” durante décadas.
Hoy, el Siervo de Dios Manuel Costa de los Ríos, universalmente conocido como el “Negrito Manuel”, se encuentra en camino a los altares. Su vida ejemplar de amor, lealtad y devoción a la Virgen lo ha convertido en un referente no solo para los argentinos, sino también para la comunidad afrodescendiente del país. Sus restos mortales reposan en un lugar de honor, bajo el altar mayor de la capilla Pedro de Montalbo, a tan solo unos cincuenta metros de la Basílica de Luján, a los pies de la misma imagen que cuidó con tanta devoción. Su legado es un recordatorio perdurable de que la fe puede tejer puentes inesperados entre culturas, geografías y tiempos.








