24 septiembre, 2022

 Lunes de la tercera semana de Pascua 


Hch 6, 8-15

Sal 118

Jn 6, 22-29



    Es una realidad que la Palabra de Dios se va difundiendo y creciendo en el número de personas que se convierten al cristianismo. Por ende, se ha activado una alarma en medio de los judíos, ya que no ven con buenos ojos lo que hacen los apóstoles, puesto que realizan algo diferente a lo que ellos creen. Hoy le toca a Esteban enfrentarse a esos judíos. Recordemos que Esteban es uno de los siete hombres que ha sido elegidos para prestar el servicio de la caridad a la comunidad cristiana.


    Esteban estaba lleno de gracia, la cual es una fuerza especial que Dios ha derramado en su persona para fortalecerla e iluminarla. No es un antídoto para evadir la problemática, es un instrumento que le permite salir adelante de esa adversidad. El poder que poseía no consistía en imponerse sobre el otro con poder, sino que es un don especial que tienen los que creen en Dios: ver las cosas con los ojos de Dios. 


    Que fácil sería para nosotros poder evangelizar nuestro entorno si tuviéramos esa gracia y poder que acompañaba a Esteban. Y ¿qué crees? Si cuentas con ella, ya que has sido marcado con el sello del Espíritu Santo desde tu bautismo. Que sencillo sería poder hablar con los demás y estos hicieran caso total a lo que predicamos. Pero nos damos cuenta de que hay personas que nos pondrán zancadillas en este anuncio: siempre habrá alguien que testifique falsamente de ti, el mismo Jesús lo vivió (Mc 14, 56ss; Mt 26, 59ss).


    Ahora bien, a pesar de este falso testimonio sobre Esteban, su “rostro se veía como el de un ángel”. Que escena tan magnifica nos regala la Palabra de Dios. Ese rostro resplandeciente parecería una señal, (lo mismo que en el Evangelio, un Jesús que camina por medio de las aguas, un Maestro que ha saciado a más de cinco mil hombres) una señal para toda aquella Iglesia que estaba siendo amenazada. Hoy Dios se vale de diferentes “rostros resplandecientes” como señales para alentarnos como humanidad: algún amigo, un director espiritual, un ser amado, etc. Es en ellos donde podemos reflejar este signo de nuestro Señor por su amado mundo.


    Jesús nos dice: “Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto señales milagrosas, sino por haber comido hasta saciarse” Confiemos en la providencia de Jesucristo y busquémoslo en todo nuestro obrar, no solo cuando nos urja algo, o cuando estemos en aprietos, o para sacar provecho de nuestro Dios. Busquémoslo por lo que verdaderamente es necesario, por lo que dura para siempre, su amor incondicional (que se ha perpetuado entre nosotros como el Cuerpo y Sangre de Cristo), creyendo en que Él es el enviado del Padre.


    Invoquemos al Señor y pidámosle que nos conceda la gracia y el poder para ser testigos animosos de su Resurrección y que busquemos el alimento que dura para siempre, el pan bajado del cielo, para poder creer que Jesucristo es el Hijo amado que Dios nos ha mandado para nuestra salvación.

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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