24 septiembre, 2022

 Sábado de la tercera semana de Pascua 


Hch 9, 31-42

Sal 115

Jn 6, 60-69



    Tras la conversión de Saulo (aquel que perseguía a los cristianos), comienza a alborear un periodo de paz en la Iglesia. En su interior hay paz y armonía. Los miembros que conforman esta comunidad se esfuerzan por vivir cristianamente, por compartirlo todo, por mantenerse unidos. Todo esto por la acción del Espíritu Santo.


    Hoy, San Lucas (autor que escribió el libro de los Hechos de los Apóstoles), nos muestra la presencia de Pedro y aquellos acontecimientos que realizó en dichas comunidades. Los primeros milagros que Simón Pedro realizó fue el de curar a un paralítico y revivir a un muerto. Estos signos tienen mucho sentido, ya que la principal tarea de los apóstoles es la de predicar al Resucitado. El término que se utiliza aquí “levantar”, es el mismo que se utiliza para referirse a la “resurrección” (levantarse de entre los muertos). No sólo se habla del Resucitado, sino que se muestra su poder: Aquel que se levantó de la muerte, puede ahora levantar a los que sufren una parálisis y han muerto biológicamente.


    Ahora bien, la manera de realizar estos milagros, lo hace como el mismo Cristo pasó haciéndolo en medio de nosotros. Los llamó por su nombre, no como una parte anónima o del montón. Hoy Jesús se dirige a nosotros por nuestro nombre, ya que quiere establecer con nosotros una relación personal, quiere liberarnos de nuestras miserias.


    Pedro tiene muy en claro que no es él quien realiza estos signos, sino es el mismo Señor: “Jesucristo te da la salud”. Jesucristo es el que viene a curar toda dolencia en el corazón del hombre. Es cierto, Dios obra por medio de sus apóstoles, pero no son ellos los que hacen ese gesto, es el Espíritu que habita en cada uno de sus discípulos. Tengamos cuidado de no atribuirnos el crédito y caer en la tentación vanagloriándonos. No olvidemos de dar honor a quien honor merece, a Aquel que lo hace todo por medio nuestro. 


    Cuando nos encontramos con el Señor no podemos seguir iguales, ya que nos levanta de nuestra parálisis. Es el mismo Jesús quien restaura la vida del creyente, es Él quien hace la invitación a levantarnos y emprender la vida. Y como a Eneas, Cristo nos invita a levantarnos inmediatamente. No podemos seguir estáticos, en parálisis. Es tiempo de reavivar la llama de ese encuentro con el Salvador, de regresar a nuestra dignidad de hijos de Dios.


    Tengamos cuidado de no caer en la mentalidad de aquellos discípulos como lo hemos visto en el Evangelio: “Esto es intolerable, ¿quién puede admitir esto?”. No vaya a ser que viendo los signos que Jesús hace, escuchando sus palabras, sigamos dudando y no podamos admitir lo que el Señor es capaz de hacer por todos nosotros. No busquemos un Dios a nuestra medida, sino que busquemos ser a la medida de Dios. 


    En ocasiones no entendemos los signos que Dios hace en medio de nosotros, pero esto no implica que nos tengamos que alejar de Él. Al contrario, es ahora cuando debemos de reafirmar el llamado que Dios nos ha hecho: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. 


    Es tiempo de que nuestra fe pascual vislumbre, puesto que Jesús está siempre con nosotros y sigue rescatando lo que se pierde por medio del pecado. Confiemos en que Jesús “es el Santo de Dios” y que Él nos levanta de toda parálisis-muerte en la que nos encontremos.



Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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