El próximo 10 de junio, la prisión de Brians 1 en España se prepara para recibir una visita de profundo significado: la del Papa León XIV. Este encuentro, que se perfila como uno de los momentos más emotivos del viaje del Pontífice a España, busca llevar consuelo y esperanza a los internos, un gesto que, según el capellán del centro penitenciario, Jesús Bel, “dejará huella” en la vida de muchos.
El viaje del Santo Padre a la península ibérica incluye otros compromisos de gran relevancia, como la inauguración de la imponente torre de Jesucristo en la Sagrada Familia de Barcelona y la presidencia del rezo del rosario en el icónico santuario de Montserrat. Sin embargo, el Papa León ha querido dedicar una parte crucial de su tiempo a la población reclusa, replicando la sensibilidad que ya demostró durante su visita a Guinea Ecuatorial, donde también buscó acercarse a aquellos que sufren tras las rejas.
En conversación con ACI Prensa, el padre Bel, coordinador de la Pastoral Penitenciaria del Obispado de Sant Feliu de Llobregat, compartió la expectativa ante la llegada del Sucesor de Pedro. Subrayó el inmenso sufrimiento que acumulan los presos: “la ruptura con la familia, la ruptura con la propia historia”. Para muchos, la cárcel representa un desborde total de su mundo. En este contexto de vulnerabilidad, la presencia del Papa, animándolos y ofreciéndoles “esa fuerza espiritual”, está destinada a generar “muchos frutos”. “Se sentirán por una vez importantes”, enfatiza el capellón, quien conoce de primera mano la deshumanización que a menudo acompaña el encarcelamiento.
El padre Bel, miembro de la Orden de la Merced, lleva cuatro décadas entregado a la misión de acompañar espiritualmente a quienes se encuentran privados de libertad. Esta orden, fundada en Barcelona en el siglo XIII, tiene como carisma la redención de cautivos, una vocación que el sacerdote ha encarnado a lo largo de su vida. “Llevamos siglos dedicados a esta misión: nuestra vida es una entrega a la redención de los prisioneros”, afirma, vinculando su trabajo cotidiano con una tradición centenaria de servicio a los más vulnerables.
Junto a su primo, también mercedario y capellán del módulo femenino, el padre Bel lidera un equipo de una veintena de voluntarios que brindan atención espiritual en Brians 1. Reflexiona sobre la posible motivación del Papa León XIV para incluir esta parada entre Barcelona y Montserrat, sugiriendo que podría estar relacionada con la especial vulnerabilidad de las mujeres internas. “Dentro de la cárcel, si uno observa el sufrimiento y las carencias humanas, las mujeres son, si cabe, aún más vulnerables”, explica, destacando la profunda sensibilidad social del Pontífice.
Para el padre Bel, cada día es una oportunidad para ser “caricia” para aquellos que viven en los márgenes de la sociedad. La pastoral penitenciaria que dirige en Brians 1 es integral: incluye la celebración semanal de la Eucaristía, talleres de Biblia, catequesis de iniciación cristiana y acompañamiento personal. Es un trabajo silencioso donde, incluso en las circunstancias más extremas, la gracia divina se abre paso. “En la cárcel nosotros vemos a Cristo”, asegura, enfatizando que nunca pregunta a los internos por el delito cometido. Su máxima es clara: “Yo no he conocido nunca a nadie tan bueno que no tenga algo malo. Pero tampoco a nadie tan malo que no tenga algo bueno”.
Su vasta experiencia ministerial, que incluye 24 años en Venezuela ejerciendo en prisiones como la de Tocorón –conocida por su peligrosidad–, avala su perspectiva. Recuerda vívidamente un episodio límite durante una misa en Tocorón, celebrada en una cancha de baloncesto entre dos pabellones. Un tiroteo entre mafias rivales interrumpió la ceremonia, obligando a todos a tirarse al suelo. En medio de la balacera, dos internos se arrastraron hasta él para protegerlo. “Se pusieron prácticamente encima de mí. O sea, me cubrieron con su cuerpo y me dijeron: padre, quédese tranquilo que hoy saldrá vivo de aquí”, relata. Sobrevivió gracias a ellos, un gesto que lo marcó profundamente: “Yo siempre he dicho que por mí la vida la dio Jesucristo, y que estuvieron dispuestos a darla también dos presos”.
Desde aquel momento, el sacerdote confiesa haber “tocado con las manos” el drama humano que se esconde tras los muros de la prisión. Muchos internos, explica, arrastran historias de abandono, falta de oportunidades y profundas heridas personales, lo que los convierte, en cierta medida, en “víctimas de la sociedad”. Sin embargo, incluso en los contextos más oscuros, el padre Bel encuentra señales de esperanza. “En el hoyo más profundo en el que el pecado puede hundir al ser humano, siempre hay esperanza. En una persona destruida siempre hay una lucecita que no se apaga, porque somos imagen y semejanza de Dios”, sostiene.
El capellán ha sido testigo de “auténticas conversiones”, incluso en personas por las que, inicialmente, “no habría dado nada”. Personas que, al “dejarse amar por Dios”, han logrado salir de “zonas muy oscuras de su vida, encontrando caminos nuevos que parecían imposibles”. Los describe como “pequeños milagros cotidianos”. Rememora el caso de un interno particularmente conflictivo, cuyo comportamiento agresivo lo mantenía aislado. En su primer encuentro, el sacerdote fue recibido con insultos y blasfemias, lo que lo hizo dudar de regresar. Sin embargo, un mercedario con más experiencia le aconsejó sabiamente: “Si no vuelves porque te ha insultado, estás haciendo lo mismo que todos. Eso es lo que le ha llevado a ser así. El Evangelio dice que el mal se vence a fuerza de bien”. Siguiendo ese consejo, el padre Bel continuó visitándolo, y con el tiempo, aquel hombre transformó su vida gracias al encuentro con Cristo, llegando a ser “catequista y un referente de fe para muchos”.
Ahora, el padre Bel prepara la visita del Papa León con un objetivo claro: que el encuentro trascienda la mera emoción. “Que las emociones estén ahí, pero, sobre todo, que se perciba el sentido de esta visita: un Papa que se acerca a ellos, que viene a fortalecer su fe y a ofrecerles ese abrazo de misericordia para seguir adelante”. Brians 1 es un centro mixto que alberga a unos 1.100 internos, distribuidos en cinco módulos masculinos y uno femenino. Una gran parte de ellos se encuentra en prisión preventiva, una situación que incrementa su incertidumbre, al desconocer aún si serán condenados o qué pena se les impondrá.
Cuando el sacerdote cruza las puertas del centro penitenciario, insiste en que no ve delincuentes, sino “hermanos”. “Mi papel no es juzgar. No me acerco a esa persona con prejuicios”, afirma, si bien subraya que ningún delito es justificable. “Intento encontrar al ser humano que hay detrás del delito y ser un apoyo para que pueda levantarse, salir adelante y encontrar una salida a aquello que le llevó a la cárcel”, explica. La pastoral penitenciaria, añade, busca llevar a la prisión “la respuesta de Dios al pecado: el perdón y la misericordia”. “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que cambie, que viva, que sea restaurado en aquello en lo que fue destruido. Que, en ese abrazo de misericordia, encuentre una razón y una esperanza para ser un hombre nuevo, una mujer nueva”, concluye el padre Bel, encapsulando la profunda misión que compartirá con el Papa León XIV en Brians 1.








