Mientras miles de hombres participaban en los enfrentamientos armados contra el Ejército Federal durante el conflicto conocido históricamente como la Guerra Cristera, el cual se extendió desde 1926 hasta 1929, una vasta y clandestina red de mujeres mantuvo viva la resistencia católica en el territorio nacional.
“Las mujeres ocuparon un lugar central y de primera línea durante la fase militar del conflicto”, aseguró a ACI Prensa la historiadora Margaret Chowning, profesora emérita de Historia Latinoamericana en la Universidad de California en Berkeley.
“Durante el periodo cristero, las mujeres hicieron, en ciertos sentidos, lo que muestro en mi libro que venían haciendo desde la época de la Reforma, es decir, defender a la Iglesia y al catolicismo de maneras muy públicas”, señaló la autora de Catholic Women and Mexican Politics, 1750-1940. “Sin embargo, durante la Cristiada fueron todavía más activas en este esfuerzo, hasta el punto de formar brigadas femeninas”.
El origen de las tensiones institucionales entre la jerarquía eclesiástica y el Estado mexicano se remonta al siglo XIX con las Leyes de Reforma impulsadas por Benito Juárez. Estas fricciones se intensificaron drásticamente con las cláusulas anticlericales incorporadas en la Constitución de 1917.
La presión gubernamental se acentuó de forma notable durante el mandato presidencial de Plutarco Elías Calles. La situación llegó a un punto crítico con la implementación, el 31 de julio de 1926, de la normativa popularmente nombrada como la “Ley Calles”. Como respuesta directa ante las restricciones impuestas al clero y a las prácticas devotas de los fieles, los obispos del país tomaron la decisión de suspender las ceremonias litúrgicas públicas.
En su análisis histórico titulado La Cristiada, el investigador Jean Meyer describe esta suspensión temporal de los sacramentos en los templos como el punto de partida oficial del levantamiento armado.
El surgimiento y la expansión de las brigadas secretas
Dentro de los tomos de su obra, Meyer documenta que la primera agrupación de este tipo, denominada Brigada Femenina Santa Juana de Arco, se constituyó en Zapopan, Jalisco, el 21 de junio de 1927. Inicialmente estuvo integrada por 17 muchachas, cifra que con el tiempo creció de manera exponencial hasta sumar 17.000 miembros.
El propósito de esta estructura era estrictamente logístico y de apoyo bélico, abarcando la recaudación de fondos, el suministro de pertrechos militares, la recopilación de información de inteligencia, la habilitación de escondites y la asistencia sanitaria para los heridos.
Para María del Rocío Contreras López de Lara, quien encabeza actualmente estas brigadas, aquellas participantes funcionaron como los cimientos que sostuvieron todo el movimiento durante los años más difíciles de la confrontación, destacando el impacto de su labor.
Una de las principales ventajas tácticas que favoreció el éxito de la red clandestina fue la perspectiva de la época. Según Contreras López de Lara, ni la sociedad ni el Ejército Federal lograban concebir que las mujeres pudieran involucrarse de forma activa en operaciones logísticas de carácter militar.
Aprovechando esta falta de sospecha, las brigadistas se desplazan por los retenes militares y utilizaban el transporte ferroviario sin levantar alertas. Frecuentemente se reunían en domicilios particulares bajo el argumento social de realizar labores de tejido, bordado o repostería.
Discreción absoluta y lealtad a prueba de todo
Identificadas popularmente como “las BB”, Meyer detalla que esta agrupación operaba bajo estrictas normas de confidencialidad que incluían un juramento formal de obediencia y reserva.
A pesar de que gran parte de las operaciones se mantuvieron bajo el anonimato, un procedimiento teológico motivó a la Santa Sede a ordenar el levantamiento de dicha exigencia secreta el 7 de diciembre de 1928. No obstante, las brigadistas optaron por continuar con sus labores bajo la directriz de mantener la máxima prudencia en cada comisión asignada.
La eficiencia de la estructura fue tal que las fuerzas gubernamentales no lograron confirmar su existencia formal sino hasta marzo de 1929, escasos tres meses antes de los acuerdos oficiales que concluyeron con las hostilidades. Asimismo, los registros históricos señalan que el nivel de compromiso era inquebrantable, al grado de que el historiador francés registra que no se documentó ninguna deserción en el grupo.
Labores de espionaje, abastecimiento y sanidad
El rol de las mujeres abarcó múltiples funciones de alto riesgo. Transportaban comunicados confidenciales entre los distintos mandos castigados por el conflicto, vigilaban los movimientos de las tropas federales y habilitaron hospitales improvisados en rancherías y zonas montañosas.
Diversos hogares funcionaron como centros parroquiales clandestinos y refugios para religiosos, combatientes y armamento. Para burlar la vigilancia, introducían proyectiles ocultos en alimentos horneados o bajo las prendas tradicionales, además de desarmar fusiles para facilitar su traslado en contenedores reducidos.
Estas actividades operativas se mantuvieron vigentes sin interrupciones hasta el término formal de las hostilidades, resistiendo incluso las redadas y detenciones llevadas a cabo por las autoridades durante los últimos meses de la confrontación armada.
Un impacto cultural y social perdurable
Para la historiadora Margaret Chowning, la intervención de las mujeres en este conflicto dejó una huella permanente caracterizada por una predisposición constante a desafiar las estructuras del Estado mexicano.
Esta postura se prolongó más allá del cese de las armas, manifestándose principalmente en la defensa de la educación religiosa y en la creación de espacios escolares clandestinos para asegurar la formación espiritual de las nuevas generaciones.
Por su parte, Contreras López de Lara define la contribución de aquellas ciudadanas como un testimonio de valor inquebrantable.
“Hace 100 años las mujeres hicieron de su fe un escudo” y “de su vida una ofrenda para resguardar la libertad religiosa y la libertad de su pueblo”, afirmó, añadiendo una reflexión final sobre la determinación femenina ante la adversidad: “cuando a las mujeres nos tocan el alma es cuando no hay pared que nos detenga”.








