Lima, Perú – En un gesto que fusiona la fe con el inicio de una nueva etapa política en Perú, la presidenta electa, Keiko Fujimori, se reunió este sábado 4 de julio de 2026 con el reconocido actor, productor y activista católico mexicano Eduardo Verástegui. El encuentro, celebrado en la sede del partido Fuerza Popular en Lima, tuvo como propósito central el rezo del Santo Rosario, una plegaria conjunta dedicada a implorar por la paz y la unidad de la nación sudamericana en un momento crucial de su historia.
La jornada, cargada de simbolismo religioso y político, se gestó semanas atrás. Según relató Verástegui a los medios de comunicación tras el acto, la iniciativa surgió durante una conversación telefónica en la que felicitó a Fujimori por su victoria electoral. Ambos líderes, con una visión compartida sobre la importancia de la espiritualidad en la vida pública, coincidieron en que el primer acto significativo tras la proclamación de los resultados sería precisamente una oración mariana. “Coincidimos en que el primer acto después de ser proclamada, al día siguiente, sería rezar un Rosario por Perú, cosa que nadie había hecho antes en ningún lugar de Hispanoamérica”, explicó Verástegui, resaltando la singularidad del compromiso.
La presidenta electa acogió la propuesta con entusiasmo, manifestando su deseo de enfocarse en la unidad y la paz de su país. “Me dijo ‘me encantaría Eduardo, sobre todo pedir por la unidad y la paz de nuestra nación’; y a eso vine y acabamos de terminar el Rosario”, añadió el activista mexicano, subrayando la convicción de Fujimori en el poder de la oración para superar los desafíos nacionales. Este acto inaugural busca sentar un precedente, marcando el inicio de su quinquenio de gobierno, que comenzará oficialmente el 28 de julio, con un fuerte componente de cohesión espiritual.
El encuentro no solo fue un momento de oración, sino también de profundo significado cultural y religioso para ambos participantes. Eduardo Verástegui viajó a Lima llevando consigo una reliquia especial: una imagen de la Virgen de Guadalupe de tamaño original, la cual, según explicó, fue “tocada por la original en la Basílica” de México. Ante esta venerada representación mariana, símbolo de fe para millones en el continente, Fujimori y Verástegui elevaron sus plegarias. La figura de la Morenita del Tepeyac, como también se conoce a la Guadalupana, no solo es la Patrona de México, sino que es reverenciada como la Emperatriz de las Américas, lo que confiere a este acto una dimensión panamericana y de hermandad entre los pueblos de Perú y México. “Le pedimos a la Virgen de Guadalupe que cubra con su manto sagrado a este hermoso país. Somos pueblos hermanos Perú y México, yo quiero mucho a Perú”, afirmó Verástegui, enfatizando los lazos culturales y espirituales que unen a ambas naciones.
La presencia de un líder internacional con una agenda de activismo católico como Verástegui en un evento de esta naturaleza subraya la intersección entre la fe y la esfera política en América Latina. Verástegui es conocido por su defensa de valores conservadores y su firme postura pro-vida, habiendo participado en diversas iniciativas a nivel global. Su visita a Fujimori no solo representa un acto de apoyo espiritual, sino también una validación de los valores que la presidenta electa podría buscar promover durante su gestión. Para muchos, este tipo de acciones refleja una creciente tendencia de líderes políticos a integrar abiertamente sus convicciones religiosas en sus agendas públicas, buscando en la espiritualidad una fuente de inspiración y legitimidad para afrontar las complejidades del gobierno.
La elección de Keiko Fujimori, en un contexto político peruano a menudo polarizado y desafiante, ha generado expectativas y tensiones. La búsqueda de “unidad y paz” a través de un acto de fe como el rosario puede interpretarse como un mensaje conciliador y un llamado a la superación de las divisiones que han marcado el panorama político y social del país. Al iniciar su mandato con una invocación a la protección divina, Fujimori proyecta una imagen de liderazgo que no solo se apoya en estrategias políticas, sino también en una profunda convicción espiritual, buscando la cohesión nacional a través de un mensaje trascendente.
El acto, difundido en las redes sociales de Eduardo Verástegui, generó amplia interacción, invitando a la “querida familia” a unirse en oración. Esta estrategia de comunicación resalta la importancia que ambos líderes otorgan a la movilización de la fe como un recurso para la estabilidad y el bienestar social. La imagen de la presidenta electa y el activista unidos en una plegaria por Perú, con la Virgen de Guadalupe como testigo, se convierte en un símbolo potente en el inicio de una administración que busca redefinir el camino de la nación andina en los próximos cinco años. Este evento, más allá de su significado religioso, marca un punto de partida simbólico para el quinquenio de Fujimori, anclando su gobierno en principios de fe y un llamado a la reconciliación nacional.








