15 mayo, 2026

La solemnidad de la Ascensión del Señor, conmemorada anualmente, invita a los fieles a elevar la mirada hacia el cielo, un lugar que Jesucristo ha ido a preparar para cada uno de sus seguidores, según las promesas evangélicas. Más allá de la contemplación de la gloria divina, esta festividad ofrece una profunda reflexión sobre las implicaciones del retorno de Jesús al Padre y el legado que confió a la humanidad.

Jesús, en su infinita misericordia, pudo haberse quedado en la Tierra, ejerciendo su rol de Buen Pastor hasta el fin de los tiempos, buscando a cada oveja descarriada. Sin embargo, al ascender al cielo, transfirió su misión redentora a las manos de sus discípulos, con un claro mandato: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda criatura” (Marcos 16,15). Esta instrucción no solo marcó un punto de inflexión en el discipulado cristiano, sino que también eliminó cualquier justificación para delegar la crucial tarea de transmitir la fe. “Serán mis testigos”, les dijo, “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hechos 1,8).

La confianza de Cristo en sus seguidores, a pesar de sus flaquezas y limitaciones humanas, resulta asombrosa. Al incorporar y confiar su propia misión de redimir el mundo a sus discípulos, Jesús no los dejó desamparados, sino que prometió una guía constante (Juan 14,18).

**La bendición perpetua de Cristo**

El Evangelio de Lucas describe una imagen cargada de significado: Jesús “los llevó hasta cerca de Betania, levantó sus manos y los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo” (Lucas 24,50-51). Esta partida, ocurrida en un gesto de bendición, fue interpretada por el Papa Benedicto XVI en su trilogía “Jesús de Nazaret” como un acto de bendición perpetua que Cristo continúa dispensando desde el cielo.

“Jesús se va bendiciendo. Se va mientras bendice y permanece en ese gesto de bendición”, escribió el Pontífice. Sus manos extendidas sobre el mundo simbolizan su relación inquebrantable con sus discípulos y con toda la humanidad. Para Benedicto XVI, esta certeza es el fundamento de la alegría cristiana, pues los discípulos regresaron de Betania “llenos de alegría” al saber que Jesús mantiene sus manos extendidas sobre ellos en actitud de bendición. La Ascensión, por tanto, significa que Cristo sigue bendiciéndonos con toda bendición espiritual, buscando transformarnos en bendiciones vivas para el mundo.

**El Espíritu Santo y la misión evangelizadora**

La máxima expresión de esta bendición se manifiesta con la venida del Espíritu Santo, cuya llegada la Iglesia invoca de manera especial durante el periodo entre la Ascensión y Pentecostés. San Lucas relata las palabras de Jesús: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos” (Hechos 1,8). Esta fuerza es la misma que descendió sobre la Iglesia naciente en Pentecostés, capacitándola para su misión.

Durante la Última Cena, Jesús pronunció una afirmación sorprendente: “Les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito” (Juan 16,7). Con estas palabras, Cristo anticipaba el inmenso regalo de la presencia consoladora y empoderadora del Espíritu Santo, esencial para que los cristianos asuman la responsabilidad de anunciar que Cristo está vivo. Él es el Camino, la Verdad y la Vida; que vino para ofrecer vida en abundancia, paz en un mundo a menudo desgarrado por conflictos y una esperanza transformadora para el corazón humano.

**Evangelizar en un mundo secularizado**

El desafío de la evangelización en la sociedad contemporánea es innegable. Muchas personas hoy encuentran dificultades para acoger el mensaje cristiano. Algunos erróneamente perciben que la ciencia ha refutado la fe; otros se ven afectados por el problema del mal o los escándalos de abusos, lo que invalida, a sus ojos, el testimonio de la Iglesia. También influye la tibia vivencia de la fe por parte de muchos cristianos.

Sin embargo, la misión evangelizadora nunca fue sencilla. Los primeros discípulos también tuvieron la ardua tarea de convencer a paganos y judíos del siglo I de que un carpintero crucificado había resucitado y era el Salvador del mundo. La misma potencia del Espíritu Santo que hizo fecundo el testimonio de los apóstoles está llamada a actuar con igual eficacia en el presente.

**La caridad como testimonio de fe**

Uno de los caminos más efectivos y elocuentes para la evangelización es la práctica de la caridad. En 1985, el entonces cardenal Joseph Ratzinger, quien más tarde sería el Papa Benedicto XVI, reflexionó sobre las representaciones de la Ascensión donde los discípulos observan a Jesús desaparecer entre las nubes. Ratzinger sugirió que debemos reconocer los pies de Cristo “disfrazados” en los pies de las personas que nos rodean, siguiendo el ejemplo del propio Jesús al lavar los pies de sus discípulos.

“La verdadera ascensión del hombre”, afirmó el cardenal, “se realiza precisamente cuando aprende a inclinarse humildemente ante el otro”. Por lo tanto, para ascender espiritualmente, es imperativo descender primero con humildad, sirviendo a los demás a través de obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, lo que incluye la transmisión de la fe a quienes no la conocen o la han rechazado.

**Una invitación a renovar el mundo**

La Ascensión de Cristo es un llamado a la transformación personal y comunitaria: de la mezquindad del egoísmo a la entrega a Dios y al prójimo; del temor a la confianza; de una visión mundana limitada a la comprensión plena de la realidad del Reino de Cristo. Eleva el corazón del creyente y, simultáneamente, lo invita a la humildad del servicio. Su propósito es ayudarnos a alcanzar la plena madurez en Cristo, respondiendo a la confianza que Él deposita en nosotros al convertirnos, junto al Espíritu Santo, en sus misioneros para renovar la faz de la tierra.

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