La majestuosa Catedral Primada de América, en el corazón de Santo Domingo, se convirtió en un vibrante epicentro de fe y reflexión el pasado 30 de enero, al acoger la solemne Eucaristía en la víspera del Día Nacional de la Juventud de la República Dominicana. La celebración, presidida por Monseñor Carlos Tomás Morel Diplán, Arzobispo Coadjutor de Santo Domingo, fue un elocuente llamado a la comunidad a reconocer el valor inestimable de las nuevas generaciones, a quienes el prelado describió como “tesoros que debemos cuidar y acompañar con dedicación”.
La conmemoración del Día Nacional de la Juventud, que oficialmente se festeja cada 31 de enero en la nación caribeña, adquiere una resonancia particular al coincidir con la memoria litúrgica de San Juan Bosco, una figura emblemática y patrono universal de la juventud para la Iglesia Católica. Esta sincronicidad entre la celebración nacional y la tradición eclesiástica subraya la profunda y prolongada dedicación de la institución religiosa al desarrollo integral de los jóvenes. El evento contó con la distinguida presencia de Carlos Valdez, titular del Ministerio de la Juventud, lo que resaltó la convergencia de voluntades entre el ámbito espiritual y el gubernamental en la promoción y el bienestar de este segmento demográfico vital para el futuro del país.
Durante su homilía, Mons. Morel Diplán trascendió la mera referencia a una fecha en el calendario, enfatizando que la juventud representa mucho más que una etapa cronológica; la definió como una “riqueza permanente para la nación”. Esta perspectiva insta a una valoración constante y proactiva de los jóvenes, más allá de celebraciones puntuales. Su mensaje resonó como una potente exhortación dirigida a padres, madres y educadores, recordándoles la frecuente subestimación del “valor extraordinario” que reside en cada adolescente y joven bajo su guía y formación. “Nuestros jóvenes son tesoros que debemos cuidar, valorar y acompañar, incluso cuando se equivocan o pierden el rumbo”, afirmó el arzobispo, delineando una pastoral de la misericordia y el apoyo incondicional que busca acoger antes que juzgar.
El líder eclesiástico amplió su visión para incluir a aquellos jóvenes que atraviesan circunstancias desafiantes, ya sea por desorientación, errores cometidos o situaciones de vulnerabilidad. Subrayó la imperiosa necesidad de brindarles acogida, acompañamiento y, fundamentalmente, de depositar fe en su capacidad de superación y crecimiento. “Siguen siendo nuestros jóvenes. Donde estén, son nuestros, y por eso debemos acogerlos, acompañarlos y creer en ellos”, manifestó, articulando una postura inclusiva que busca tender puentes y fomentar la integración. Esta visión se alinea intrínsecamente con la misión evangelizadora de la Iglesia, enfocada en la restauración y el empoderamiento de todos sus miembros.
Inspirándose tanto en las Sagradas Escrituras como en el perdurable legado pedagógico de San Juan Bosco, Mons. Morel Diplán recalcó la trascendencia de un acompañamiento auténtico y cercano a las nuevas generaciones. La figura de Don Bosco, con su carisma salesiano centrado en la prevención, la razón, la religión y la amabilidad, sirve de faro para comprender que “en cada uno de ellos hay un gran tesoro”. Desde su propia experiencia como sacerdote, el arzobispo coadjutor aseveró que “cada joven es un potencial inmenso que puede ser cultivado y orientado para dar frutos en beneficio de la sociedad”. Esta afirmación no solo resalta la capacidad individual, sino también la responsabilidad colectiva de la sociedad para nutrir y desarrollar ese potencial.
Un aspecto crucial que el prelado abordó con particular énfasis fue la vital importancia de preservar y fomentar la alegría inherente a la juventud. “Cuando vemos a un joven amargado o triste, algo se ha roto”, advirtió, señalando la tristeza o el desánimo como indicadores inequívocos de problemáticas subyacentes que requieren atención. En respuesta, instó a la creación activa de “espacios sanos, ambientes seguros y oportunidades reales para que los jóvenes vivan y cuiden la alegría que Dios les ha regalado”. Esta llamada a la acción implica una responsabilidad compartida entre la familia, la comunidad, las instituciones educativas y el propio Estado para construir entornos que sean verdaderamente propicios al florecimiento integral de la juventud dominicana.
Asimismo, el arzobispo recordó que el período de la juventud es un tiempo privilegiado para el discernimiento vocacional y el cultivo de dones y talentos personales. Estas capacidades, una vez desarrolladas y potenciadas, se transformarán en un invaluable aporte para la totalidad de la sociedad. Destacó con un tono de orgullo y esperanza que “nuestra República Dominicana tiene jóvenes talentosos y llenos de esperanza”, reconociendo el vasto capital humano y la promesa de un futuro próspero que estos representan para la nación.
El mensaje culminó con un doble llamado fundamental. Por un lado, una interpelación directa a la Iglesia y al Estado para que articulen y brinden “oportunidades reales” que permitan a los jóvenes desplegar todo su potencial en los diversos ámbitos de la vida. Por otro lado, una exhortación cargada de optimismo y empoderamiento a la juventud dominicana: “defiendan su alegría, cuiden sus talentos y no dejen que nadie les arrebate los sueños. Ustedes son un regalo de Dios para este país”.
En síntesis, la Misa por el Día Nacional de la Juventud en la Catedral Primada de América no fue únicamente un acto litúrgico, sino un poderoso recordatorio de la centralidad de las nuevas generaciones en la construcción del presente y del futuro de la República Dominicana. Monseñor Morel Diplán, con su elocuencia y cercanía pastoral, articuló una visión que interpela a toda la sociedad a reconocer, valorar y acompañar activamente a sus jóvenes, entendiéndolos no solo como beneficiarios de políticas, sino como protagonistas insustituibles del desarrollo nacional, social y espiritual. La Arquidiócesis de Santo Domingo, a través de estas palabras, reafirma su compromiso inquebrantable con la juventud, pilar indispensable para una sociedad más justa, alegre y llena de esperanza.






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