1 octubre, 2022

 Viernes de la  X semana tiempo ordinario

I Re 19, 9. 11-16

Sal 26

Mt 5, 27-32

    El ser humano, por naturaleza, tiene un deseo profundo por lo trascendental, por lo divino, por aquello que está más allá de su intelecto. Pero no sólo tiene ese anhelo de encontrarse con lo supremo, sino que busca constantemente encontrarse con aquello que tanto desea.

    El día de hoy se nos presenta un ejemplo de esto: Elías. Él era un hombre de bien, humilde, sencillo. Este profeta siempre tuvo apertura por y para conocer a Dios. Frecuentemente el Señor le encomendaba el cuidado de su pueblo con advertencias, otras veces se hacía presente por hechos extraordinarios y en ocasiones se encontraba en plena disposición para estar con Él en la soledad.

    Todo creyente constantemente quisiera sentir la presencia de Dios en su vida, como le sucedió a Elías. Por desgracia queremos que sea de una manera desorbitante, extraordinaria, magnánima. Nos encontramos tan encerrados en un mundo tan lleno de tecnologías y tan sofisticado, que hemos olvidado que el Señor se presenta desde lo humilde, lo sencillo.

    Dios constantemente se hace cercano a su pueblo, sale a buscarlo cuando se pierde, a curarlo cuando está enfermo, a protegerlo cuando se encuentra en peligro. Pero ¿qué es lo que Dios nos pide para poder experimentarlo? Nos pide un corazón sencillo, humilde. Bien lo diría Jesucristo en el Evangelio: “”Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los humildes y pequeños” (Mt 11, 24).

    Ciertamente que Dios se manifiesta de muchas maneras, pero en todas ellas quiere que el corazón del hombre sea humilde. Por ejemplo:

  • El llamado de Abraham: Dios le habla a Abraham y este decide responder confiadamente en el Señor. No interroga cómo puede ser posible aquello que le está pidiendo, sólo lo hace.
  • Moisés: un día, al buscar una oveja que se había apartado del resto, se encontró con una zarza en llamas. Le llama la atención que ésta no se consumiera. De ese acontecimiento extraordinario, Dios le pide a Moisés que libere a su pueblo, pero Moisés sabe de su debilidad, de su dificultad para hablar. Al final, deposita su corazón en las manos del Señor para llevar a cabo sus proezas. 
  • La unción de David como Rey: Dios envía a Samuel a ungir al próximo rey del pueblo de Israel, puesto que Saúl había hecho lo deshonroso a los ojos de Dios. En cuanto el profeta ve a Eliab (el hermano mayor de David), se deja impresionar por su apariencia y piensa que él ha sido el elegido de Dios. Pero Dios le responde: “la gente juzga por las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (I Sm 16, 7). Samuel terminó ungiendo a David, el más pequeños de los hijos de Isaí. 

    Es importante entonces, caer en la cuenta de que Dios nos pide un corazón humilde y sencillo; un corazón capaz de rechazar la maldad para poder responderle, un corazón que sepa perdonar y amar incondicionalmente. Dios quiere hombres que renuncien al mundo (al pecado) y quieran llevar la buena nueva de Dios. Por ello, permitamos que el Señor nos conduzca con su Palabra, abramos nuestro corazón a sus palabras y, renunciando y rechazando una vida pecaminosa, dejémonos instruir por su Espíritu Santo.

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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