El Vaticano fue el epicentro de un encuentro trascendental el pasado 10 de abril de 2026, cuando el Papa León XIV recibió a los obispos de la Iglesia Católica Caldea. Esta reunión se enmarca en las sesiones sinodales que los prelados caldeos celebran en Roma, con el objetivo primordial de elegir a un nuevo patriarca que guíe a su comunidad en un período de profundos desafíos. El cónclave electoral se convoca tras la renuncia presentada el mes anterior por el Cardenal Louis Raphael Sako, una decisión que ha impulsado a los obispos a congregarse en la capital italiana para definir el futuro de su milenaria Iglesia.
La elección de un nuevo líder para la Iglesia Católica Caldea reviste una importancia capital, no solo para sus fieles dispersos por el mundo, sino también en el contexto geopolítico de Oriente Medio. El sínodo tiene la compleja tarea de seleccionar a un pastor que pueda afrontar los retos internos de la comunidad y las presiones externas que afectan a los cristianos en la región. Las deliberaciones en Roma subrayan, además, la estrecha relación y el apoyo continuo de la Santa Sede a esta Iglesia oriental, que ha mantenido su fe y tradiciones a lo largo de los siglos.
**La visión de León XIV para el próximo patriarca**
En su encuentro con los obispos, el Papa León XIV compartió sus expectativas y oró para que el Espíritu Santo iluminara la elección del sucesor de Sako. El Pontífice expresó su ferviente deseo de que el nuevo patriarca sea una figura paternal en la fe, un emblema de unidad y una persona que encarne las bienaventuranzas. Subrayó la necesidad de un líder que practique la santidad cotidiana, cimentada en la fidelidad, la misericordia y la pureza de corazón. Para el Santo Padre, el futuro patriarca debe ser un pastor cercano a su grey, arraigado en la oración y capaz de afrontar las adversidades con esperanza, trabajando en estrecha comunión con los demás obispos.
León XIV describió a los caldeos como “custodios de una memoria viva y noble”, herederos de una fe transmitida con valentía y lealtad a través de generaciones. Reconoció que, si bien su historia es gloriosa, también está marcada por severas pruebas: conflictos, persecuciones y tribulaciones que han diezmado sus comunidades y forzado a muchos creyentes a la diáspora. Sin embargo, el Papa León enfatizó que es precisamente en estas heridas donde la fe de los caldeos brilla con más intensidad. Una Iglesia que porta las cicatrices de la historia, afirmó, demuestra cómo estas, en el Señor resucitado, pueden transformarse en señales de esperanza y de una nueva vida. En este sentido, reafirmó su cercanía espiritual en tiempos difíciles y apeló a la comunión no solo entre los caldeos, sino también con otras confesiones cristianas.
Asimismo, el Pontífice instó a los obispos a mantener una vigilancia constante y una transparencia ejemplar en la administración de los bienes eclesiásticos. Los exhortó a ejercer moderación y responsabilidad en el uso de los medios de comunicación y a ser prudentes en sus declaraciones públicas, asegurando que cada palabra contribuya a edificar la comunión eclesial y no a socavarla. El Papa también resaltó la importancia crítica de la formación de los sacerdotes, el apoyo incondicional a las personas consagradas y el acompañamiento atento de los laicos. Finalmente, subrayó la imperiosa necesidad de que los fieles permanezcan en sus tierras ancestrales y de que se respete plenamente la libertad de los cristianos en todo Medio Oriente.
El Papa León XIV concluyó su mensaje al sínodo caldeo describiendo a los obispos como “signos de esperanza en un mundo asolado por la violencia”. Los convocó a ser activos constructores de paz, enfatizando que solo el diálogo auténtico puede gestar una paz duradera. Insistió en la magnitud de su misión: anunciar a Cristo resucitado y mantener viva la llama de la esperanza entre sus comunidades y en la región.
**La despedida del Cardenal Sako**
La reunión de los obispos se produjo después de que el Papa León aceptara la renuncia del Cardenal Louis Raphael Sako el 10 de marzo. Sako había solicitado dejar su cargo un día antes, expresando su deseo de dedicarse “tranquilamente a la oración, la escritura y el servicio sencillo”. En una carta de despedida fechada el 9 de abril, el Cardenal Sako manifestó su profunda gratitud a todos quienes lo apoyaron durante sus trece años como patriarca. Resaltó la emoción que le produjeron los mensajes de solidaridad recibidos de diversas figuras eclesiales y fieles. Reiteró su compromiso de orar por la Iglesia caldea y por los obispos reunidos en Roma, pidiendo la elección de un patriarca que encarne la unidad y sirva al pueblo con amor genuino.
El Cardenal Sako también enfatizó su neutralidad en el proceso electoral, considerando su ausencia del sínodo como una muestra de respeto a la libertad de decisión de los obispos. En su despedida, hizo un repaso por los aspectos clave de su ministerio, en el que se esforzó por encontrar un equilibrio entre la tradición y la renovación eclesial. Afirmó que la tradición debe ser una fuerza viva, en constante diálogo con los tiempos actuales. Mencionó su influencia desde el Concilio Vaticano II, su participación activa en los sínodos de la Iglesia Católica y su rol en el Consejo de Iglesias de Oriente Medio. Estas experiencias, según Sako, moldearon su empeño por modernizar el discurso eclesial en la liturgia y la enseñanza, buscando un lenguaje accesible para todos.
Entre sus logros, Sako destacó su labor en el fortalecimiento del diálogo cristiano-musulmán, la promoción de la unidad de las posiciones eclesiales, la defensa inquebrantable de la presencia cristiana en Irak y el impulso de un Estado iraquí fundamentado en la ciudadanía y la igualdad para todos. Su renuncia, señaló, no es un final, sino el inicio de una nueva etapa de servicio discreto y profundo.
Una vez finalizada la elección y proclamado el nuevo patriarca, se celebrará una Misa solemne como expresión de comunión eclesial, presidida por el nuevo líder de la Iglesia Católica Caldea junto con el Papa León o su representante. Posteriormente, el patriarca electo anunciará, en consulta con los padres sinodales, la fecha de su entronización en la sede patriarcal de Bagdad, capital de Irak, marcando así el inicio formal de su pontificado.








