Medio siglo después de la trágica Masacre de San Patricio, la Iglesia argentina rindió un emotivo homenaje a los tres sacerdotes y dos seminaristas de la congregación palotina asesinados el 4 de julio de 1976. Una multitud de fieles se congregó en la histórica parroquia de San Patricio, ubicada en el barrio de Belgrano de la Ciudad de Buenos Aires, para recordar a las víctimas y reflexionar sobre su legado de fe y compromiso social. El lema “Juntos vivieron, juntos murieron. Hoy son luz y vida” enmarcó una jornada de profunda memoria y esperanza, mientras avanza la causa de canonización de los religiosos.
La Eucaristía central fue presidida por el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva, y concelebrada por una decena de obispos y un gran número de sacerdotes, muchos de ellos pertenecientes a la Sociedad del Apostolado Católico, fundada por San Vicente Pallotti. Entre los concelebrantes se encontraban monseñor Jorge Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo; monseñor Dante Braida, obispo de La Rioja; monseñor Alejandro Benna, obispo de Morón; y monseñor Martín Fassi, obispo de San Martín, quienes se unieron desde diversas diócesis del país. La presencia de referentes de las comunidades palotinas a nivel nacional subrayó el arraigo y la vigencia de la memoria de los padres Alfredo Leaden, Alfredo Kelly y Pedro Dufau, junto a los seminaristas Emilio Barletti y Salvador Barbeito.
El brutal asesinato ocurrió en la casa parroquial anexa al templo, en un contexto de represión y violencia estatal que caracterizó a la última dictadura militar argentina (1976-1983). Este crimen, que marcó profundamente a la comunidad católica y a la sociedad en general, sigue siendo objeto de una causa penal que investiga a exefectivos de la Policía. Las citaciones a declarar, inicialmente previstas para junio pasado, han sido reprogramadas, manteniendo viva la expectativa de justicia.
En paralelo, la causa de canonización de los cinco palotinos progresa en la Santa Sede. El proceso se inició en 2005, cuando el entonces cardenal Jorge Bergoglio, quien años más tarde se convertiría en el Papa Francisco, autorizó su apertura. Recientemente, según informó el postulador de la causa, padre Juan Sebastián Velasco, el actual arzobispo de Buenos Aires, monseñor García Cuerva, ha enviado una carta al Dicasterio para las Causas de los Santos en el Vaticano, solicitando el *nihil obstat*, paso fundamental para que el proceso de canonización colectiva de los cinco “Siervos de Dios” siga adelante. La mención de los religiosos como “Siervos de Dios” por parte del Dicasterio indica que el Vaticano ya ha reconocido su virtud heroica, el primer escalón formal hacia la santidad.
Uno de los testimonios más conmovedores de la conmemoración fue el de Rolando Savino. En 1976, con solo 16 años, Savino era el organista de la parroquia y fue él quien, en la fatídica mañana del 4 de julio, encontró los cuerpos sin vida de los sacerdotes y seminaristas, un recuerdo que aún estremece a la comunidad.
Durante su homilía, monseñor García Cuerva se refirió a la efeméride como un evento que “nos estruja el alma”. Retomando las palabras de Jesús en el Evangelio del día —”Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”— el prelado reflexionó sobre el clima de 1976. “En 1976 el agobio era el miedo, la persecución, el silencio impuesto. Los palotinos estaban agobiados, sí, pero no por el desánimo, sino por el peso del dolor de su gente, y entonces, eligieron no mirar para otro lado; decidieron cargar con las aflicciones de una Argentina que se desangraba”, enfatizó.
El arzobispo subrayó que el “delito” de los palotinos fue “pregonar el Evangelio a destiempo, defender la vida y la dignidad humana”. En un conmovedor gesto, señaló hacia la “alfombra roja manchada de sangre” expuesta en un oratorio contiguo al templo principal, una reliquia que conserva las huellas de las balas que acabaron con la vida de los religiosos, como un símbolo del costo de su fidelidad. Monseñor García Cuerva recalcó que su testimonio no fue el de individuos aislados, sino “el testimonio de una comunidad, de una fraternidad que incomodó al poder de turno porque vivía el Evangelio sin anestesia”.
Cincuenta años después, el prelado instó a la “memoria viva” en un tiempo donde “el agobio a veces se disfraza de impunidad, de olvido, o de una sociedad que parece haber perdido la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento del otro”. Concluyó su sermón llamando a buscar un alivio “fecundo” en “la reconciliación fundada en la verdad y la justicia”, y convocó a imitar a estos cinco testigos de la fe para “comprometernos en la construcción de un país más justo y más fraterno”, en los caminos de la paz y la no violencia. “Hoy lloramos juntos, pero como la sangre derramada hace cincuenta años, nuestras lágrimas quieren ser fecundas, y regar el suelo de una Nación que sigue clamando justicia”, afirmó.
La jornada conmemorativa también se extendió a San Antonio de Areco, tierra natal del seminarista Emilio Barletti, quien tenía 23 años al momento del crimen. Allí, la Misa fue presidida por el obispo auxiliar de Zárate-Campana, monseñor Justo Rodríguez Gallego, en la parroquia San Patricio local. Tras la celebración, se descubrió una placa conmemorativa en el atrio del templo, marcando la primera vez que un obispo encabeza esta conmemoración en la ciudad bonaerense.
Monseñor Rodríguez Gallego destacó la coincidencia histórica de este aniversario con los 50 años de la Diócesis de Zárate-Campana, señalando la “providencia misteriosa” que permitió que “el nacimiento de nuestra diócesis y este acontecimiento de la masacre de la comunidad palotina en Belgrano” concurrieran. En su homilía, el prelado reflexionó sobre el sentido del cristianismo como una “vida entregada”, identificando esta característica en la comunidad palotina de Belgrano. Concluyó animando a que tanto la justicia humana como la Iglesia sigan su camino, con la esperanza de que “en algún momento se pueda dar la beatificación de estos hermanos nuestros”.
La emotiva conmemoración reafirma el compromiso de la Iglesia argentina y de la sociedad con la memoria, la justicia y la verdad, buscando que el sacrificio de los cinco palotinos sea un faro para la construcción de una nación más fraterna.








