31 enero, 2023

 Lunes de la quinta semana de Pascua 


Hch 14, 5-18

Sal 113

Jn 14, 21-26



    A lo largo de nuestra vida nos damos cuenta de que somos seres que vamos adquiriendo conocimientos, que perfeccionamos la técnica en las diferentes actividades que desempeñamos, que aprendemos a realizar diferentes tareas: el hombre va profundizando en su pensamiento y perfecciona su motricidad día a día. 


    Ahora, no todo lo que se realiza en la vida es perfecto, pero si tiende a irse perfeccionando. Por ejemplo, una persona que quiere aprender a nadar. Sabemos que no nacemos con la destreza de nadar, sino que debemos de adquirirla. Al tener nuestras primeras clases lo primero que se nos enseñará es a flotar en el agua. Después pasaremos a trabajar nuestra respiración. Luego, continuaremos con las primeras brazadas y patadas. Ya con más práctica y esmero, iremos perfeccionando los diferentes estilos de natación. 


    Cabría preguntarnos: ¿Qué pasaría si desde el principio de las clases no aprendimos a flotar bien? Todo lo demás que aprenderemos será más complicado poder realizarlo ¿Qué sucedería si nuestra respiración dentro del agua no es correcta? Muchas veces nos vamos a cansar más pronto, nos podemos llegar a marear ¿Qué va a ocurrir si nuestras brazadas y patadas no son las adecuadas? Pueden darse lesiones en el cuerpo o no avanzar tan rápido en nuestro entrenamiento. Para poder aprender a nadar de una manera más completa y perfecta, necesitaremos de un coach (entrenador) que nos ayude a darnos cuenta de los errores que cometemos en el ejercicio.


    En la vida del creyente, sucede lo mismo. Hay personas que pueden ayudarnos a mejorar en muchos aspectos de nuestra vida. Aquí lo importante será: ¿cómo acepto esa ayuda del prójimo? Ya sea de una manera abierta y comprensible o, por el contrario, de enojo y rencor contra el otro. En la primera lectura se muestra un poco este aspecto: algunos judíos no aceptaban la fe que les era predicada, sino que presentaron una oposición violenta contra Pablo y Bernabé. Aumenta la agresividad de sus actos, al grado de apedrearlos.


    Estos dos discípulos no se desaniman y continúan su travesía, no permiten que el hilo de su viaje se rompa, sino que cumplen con plena confianza la misión que se les encomendó: anunciar la Buena Nueva. Ellos tienen un amor profundo a Dios, cumpliéndose las palabras del Evangelio: “el que me ama, cumplirá mi palabra”. Ante la adversidad, se mantienen firmes ante el Señor.


    ¿Qué sucede cuando el hombre se aferra a la misión que Dios le ha encomendado? Cosas increíbles, hechos sorprendentes. En el caso de Pablo y Bernabé, no fue la excepción. ¿Qué fue lo primero que hacen en Listra? Curan a un hombre que era tullido desde su nacimiento. Ante aquellas palabras, “levántate y ponte sobre tus pies, él dio un salto y se puso a caminar”. ¿Cuántas maravillas ha hecho Dios por medio nuestro?


    Pero nunca olvides que no eres tú el que realiza el milagro, sino que es Dios quien lo hace todo por medio de ti. No se te vaya a subir a la cabeza el ego, la soberbia, la vanidad de creerte lo que no eres. No te adjudiques un crédito que no es tuyo, no saques provecho de ello: se humilde. Pablo no sacó ninguna ventaja a esta oportunidad, ni siquiera se puso como hombre superior o mejor que ellos. Dios nunca hace acepción de persona, ya que todos son iguales ante sus ojos.


    Recordemos que toda nuestra vida tiene que fundarse en el amor, ya que todo lo que desempeñemos en nuestra vida debe mostrar con cuanto amor cumplimos lo que Dios nos ha encomendado: “el que me ama, cumplirá mi palabra”.


    Que el Señor nos libre de toda soberbia, que nunca olvidemos que todo lo que tenemos proviene de Dios y es para Él. Que el Espíritu Santo nos lleve a darle crédito al Padre cuando se nos halague por algo y que, al cumplir su palabra, el Señor “establezca su morada entre nosotros”.



Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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