2 octubre, 2022

 V Domingo de Pascua Ciclo “C”


Hch 14, 21b-27

Sal 144

Ap 21, 1-5a

Jn 13, 31-33a. 34-35



    La vida del ser humano tiene su origen y culmen en Dios. ¿Y qué o quién es Dios? Es un amor infinito, insondable. Por eso, lo sepamos reconocer o no, la fuerza vital que circula por cada cristiano proviene del amor y busca su plenitud en el amor. Esto vendrá a significar que el amor es mucho más que un deber, más que un mandamiento que debemos de cumplir como una tarea moral. El amor es la vida misma orientada de una manera sana. Sólo quien está en la vida desde la postura del amor, estará orientando su existencia en la dirección acertada.

 

    Muchos de los cristianos hemos hablado mucho de las exigencias y sacrificios que implica el amor, y, sin embargo, es absolutamente necesario hacerlo si no queremos caer en falsos idealismos. En la medida en que aprendamos a vivir amando la vida, amándonos los unos a los otros, nuestra existencia crecerá, se irá liberando del egoísmo, de la indiferencia del otro, de tantas esclavitudes a las que hemos estado sometidos, etc.

 

    El amor viene a estimular y propulsar lo mejor que existe en cada uno de nosotros: el amor es capaz de despertar la mente dándole mayor claridad de pensamiento; hace crecer la vida interior de cada bautizado; desarrolla la creatividad y hace vivir lo ordinario de la vida ya no desde la rutina, sino de una manera positiva, enriqueciendo cada uno de los momentos de esta.

 

    Precisamente porque va enraizando al hombre en su verdadero ser, el amor viene a ponerle color a la vida, la llena de alegría, le suscita un sentido interno para ser vivida espléndidamente. Cuando falta el amor en la vida, la persona podrá experimentar el éxito, el placer sin medida, la satisfacción de realizar íntegramente sus trabajos, pero jamás podrá sentir el gozo y el sabor que el amor imprime en la realidad del ser humano.

 

    No olvidemos que el amor es la necesidad más esencial en la persona. Si uno tiene amor en su corazón, podrá organizar su vida de la manera que más quiera, como lo ha dicho ya San Agustín: “Ama y haz lo que quieras; porque si perdonas, perdonarás con amor; porque si corriges, corregirás con amor”. En cambio, si en mi vida falta el amor, mi vida terminará sin amar y sin ser amado.

 

    Vivir desde el egoísmo, la indiferencia o desde el desamor, es vaciar la propia vida de su verdadero sentido. Los bautizados sabemos que el amor es el mandato por excelencia y el verdadero distintivo de los seguidores del Señor: “La señal por la que los conocerán y sabrán que son mis discípulos, será que se amen los unos a los otros”.

 

    No olvidemos que amar no quiere venir a ser una carga pesada, algo que se quiera imponer en nuestra manera de vivir. Si no, más bien, todo lo contrario, viene a ser la experiencia más grande que uno puede experimentar, una manera de sentir la mayor felicidad posible, la alegría más plena que podamos concebir, la plenitud más grande que el hombre pudiera alcanzar.

 

    No tengas miedo de amar, de desgastar toda tu vida en el amor. Es el amor lo que nos hará darnos cuenta de que vale la pena vivir la vida y desgastarla por los demás. Permítele al Señor seguir obrando en tu persona por medio del amor.



Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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