En el corazón de los majestuosos Picos de Europa, en Cantabria, se alza el monasterio de Santo Toribio de Liébana, un enclave de profunda relevancia para la cristiandad. Desde el siglo VIII, este santuario custodia el mayor fragmento conocido del *lignum crucis*, la madera de la Cruz de Cristo. Proveniente del brazo izquierdo del madero original, esta reliquia atrae a miles de peregrinos, especialmente durante los Años Santos Lebaniegos.
Con la conclusión del último año santo en abril de 2024, surgió una preocupación significativa. La comunidad franciscana de Aránzazu, responsable de la custodia desde 1961, se veía obligada a abandonar su misión debido a la menguante cifra de sus miembros. Esta situación generó inquietud sobre el futuro del *lignum crucis* y la continuidad pastoral en la región.
Ante el desafío, la Diócesis de Santander, liderada por Mons. Arturo Ros, buscó una solución. Tras contactar con la Custodia franciscana de Tierra Santa, se recomendó dialogar con el ministro general de la Orden, Máximo Funarelli. Fue Funarelli quien, reconociendo la necesidad, fijó su mirada en México, específicamente en la Conferencia Franciscana Santa María de Guadalupe y del Caribe.
El 14 de septiembre de 2025, durante la Exaltación de la Santa Cruz, el santuario dio la bienvenida a sus nuevos custodios: fray Rafael Rizo, fray Felipe Álvarez y fray José de Jesús Rodríguez. Estos tres religiosos, dos sacerdotes y un hermano lego, asumieron la noble tarea de mantener viva la fe y la devoción en Santo Toribio de Liébana.
Fray Rafael Rizo, el superior, enfoca su labor principal en la custodia y el funcionamiento del santuario. La labor pastoral se extiende también fuera de sus muros; fray Felipe Álvarez se dedica a la atención espiritual de unas treinta parroquias en los valles y montañas circundantes. “Lo hacemos con amor y para servir, con el gusto de estar cercanos a la gente y compartir nuestro sacerdocio”, afirmó fray Felipe, quien encuentra en la cercanía diaria al *lignum crucis* una fuente de “tranquilidad y sosiego” que fortalece su ministerio.
Por su parte, fray José de Jesús Rodríguez, sacristán del monasterio, vela porque el santuario luzca acorde con la importancia de la reliquia que alberga. Su trabajo, discreto pero esencial, es “que todo esté en orden sin que se sepa”, explica. Fray José conecta así con la tradición de Santo Toribio, quien fue sacristán mayor en Tierra Santa y, según la historia, trasladó el fragmento de la Cruz de Cristo a Europa. La reliquia, un obsequio de San León Magno a Santo Toribio, redujo su tamaño original por la ferviente devoción. Oculta durante la invasión musulmana del siglo VIII, solo ochocientos años después se elaboró el actual relicario de plata dorada en forma de cruz (63×39 cm), exponiendo un segmento para veneración. Un examen de 1958 confirmó que la madera es ciprés palestino, con 2000 años de antigüedad.
La nueva comunidad ha revitalizado el santuario más allá de la custodia de la reliquia. Fray José, con su visión para embellecer el culto, ha recuperado objetos como candelabros y manteles que ahora realzan las liturgias. “El servicio es el arte supremo”, reflexiona, destacando la piedad y el amor en su oficio.
Uno de los hallazgos más emotivos fue una talla de la Virgen de Guadalupe, localizada en un coro oscuro. En plena época de floración, fray José tuvo la inspiración de colocarla en el jardín del claustro. “Sería bueno que la Virgen disfrutara del jardín”, comentó. La Emperatriz de Hispanoamérica fue situada allí y, en una coincidencia asombrosa, “justo en ese momento empezó a florecer. Esa semana, todas las rosas reventaron de emoción”, relata el sacristán sonriente.
La presencia de la Virgen de Guadalupe, ahora entre rosas y hortensias, junto al sonido restaurado de la fuente, ha generado una “conmoción” entre lugareños y visitantes. Fray José aclara el significado universal de esta devoción: “No la ponemos solo por ser mexicanos. La ponemos porque es nuestra madre y es universal, nos hermana a todos”. Numerosos peregrinos se detienen a fotografiarla.
Este impacto de belleza y devoción se entrelaza con la capilla del *lignum crucis*. Poco antes de cada misa, un misterioso aroma a rosas inunda el ambiente, un “secreto de la casa”, según fray José. Es una conexión sutil entre la Madre de Dios que acoge entre flores y el fragmento del madero donde su Hijo consumó su entrega por la humanidad. La llegada de estos nuevos custodios ha traído una profunda revitalización espiritual y material al histórico santuario de Santo Toribio de Liébana.








