17 julio, 2026

En vísperas de la esperada final del Mundial de Fútbol 2026, que enfrentará a las selecciones de España y Argentina, el Obispo de Orihuela-Alicante, monseñor José Ignacio Munilla, ha ofrecido una profunda reflexión sobre los valores intrínsecos del deporte y los riesgos de la idolatría en la sociedad contemporánea. Durante su programa “Sexto Continente” en Radio María España, el prelado destacó la capacidad del fútbol para movilizar emociones y generar unión, al mismo tiempo que advirtió sobre la delgada línea que separa la admiración de la devoción excesiva.

El jerarca eclesiástico comenzó su alocución reconociendo las múltiples virtudes del deporte rey. Según Munilla, el fútbol posee cualidades dignas de reconocimiento, y la Iglesia, en su labor pastoral, fomenta activamente los valores espirituales que se desprenden de esta actividad. El Obispo subrayó cómo el fútbol es capaz de congregar a familias y amigos, creando valiosos espacios de convivencia en un contexto social que tiende cada vez más hacia el individualismo. Además, resaltó que el deporte ofrece una oportunidad única para compartir tanto alegrías como decepciones, fortaleciendo lazos comunitarios y enseñando lecciones sobre la victoria y la derrota.

Sin embargo, monseñor Munilla advirtió que la misma fuerza que el fútbol ejerce sobre el corazón humano lo convierte en un “magnífico espejo de nuestras contradicciones”. El prelado enfatizó la crucial diferencia entre disfrutar del deporte y transformarlo en una especie de religión laica. “Nuestra época tiene una curiosa manera de fabricar santos, pero sin santidad”, señaló el Obispo, aludiendo a la desmedida atención y veneración que a menudo se dispensa a las estrellas deportivas, en particular a los futbolistas de élite.

Aunque reconocer y admirar a aquellos que han desarrollado un talento extraordinario a través del esfuerzo y el sacrificio no es perjudicial, el obispo Munilla instó a una introspección personal: “¿Quién ocupa el primer puesto en nuestro corazón?”. Invitó a los oyentes a cuestionarse si, de manera silenciosa, no se ha producido una sustitución de los auténticos modelos de santidad por las figuras del balompié. Los santos, recordó, sirvieron durante siglos como faros para las generaciones cristianas, encarnando modelos de humildad, entrega, misericordia, fortaleza y fidelidad. Aunque no eran perfectos, su vida señalaba un camino hacia la plenitud humana.

El prelado profundizó en la necesidad humana de tener modelos y referencias. “Todos terminamos pareciéndonos a aquellos a quienes admiramos”, explicó. Por ello, consideró un drama si los niños de hoy conocen mejor las biografías de grandes futbolistas que las vidas ejemplares de San Francisco de Asís, Santa Teresa de Calcuta, San Juan Pablo II o San Carlo Acutis. La cuestión, aclaró, no es elegir entre unos u otros, sino comprender que los santos “nos enseñan el arte de vivir” en su dimensión más profunda y trascendente.

La fascinación contemporánea por ciertos deportistas puede derivar en un culto a la personalidad que el obispo de Orihuela-Alicante calificó de peligroso. “Cuando convertimos a alguien en un ídolo, inevitablemente va a acabar decepcionándonos. Los ídolos son siempre de barro”, sentenció. Explicó que la misma sociedad que hoy eleva a los deportistas al cielo puede destruirlos mañana en las redes sociales por un penalti fallido, una mala temporada o un error personal. Esta naturaleza efímera y cruel de la idolatría, según Munilla, revela que no se está amando verdaderamente a las personas, sino utilizando sus éxitos para alimentar las propias emociones y expectativas.

Otro punto de reflexión del Obispo fue la “enorme desproporción económica que rodea al fútbol profesional”. Analizó que el mercado tiende a fijar precios exorbitantes a aquello que la sociedad considera imprescindible. Sin embargo, el problema no reside únicamente en el dinero, sino en el corazón humano: “Allí donde ponemos nuestra admiración, allí termina dirigiéndose también nuestro tiempo, nuestra atención, nuestros recursos”. En este contexto, monseñor Munilla recordó una contundente frase del Papa Francisco: “¿Gritas un gol y no eres capaz de alabar con esa misma fuerza a Dios?”.

Finalmente, el obispo José Ignacio Munilla extrajo valiosas lecciones de la ética deportiva. Subrayó que “no saber perder es una señal de inmadurez”, pero también “no sabe ganar quien necesita humillar”. La verdadera deportividad, argumentó, radica en entender que el rival no es un enemigo, sino una pieza fundamental que hace posible el juego. Solo quien respeta al perdedor sabe ganar con dignidad, y solo quien es capaz de reconocer el mérito del vencedor sin resentimiento, sabe perder con nobleza. Concluyendo su mensaje, el prelado de Orihuela-Alicante afirmó con rotundidad: “No confundamos nunca un balón con el sentido de la vida. Un campeonato puede llenar una plaza durante una noche, pero solo Dios puede llenar el corazón para siempre”.

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