Cuernavaca, Morelos, México – En un contexto marcado por la búsqueda de soluciones a desafíos sociales, Mons. Ramón Castro Castro, Obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), ofreció una profunda reflexión sobre la acción divina y el poder transformador de las pequeñas acciones humanas. Durante la homilía que presidió el domingo 19 de julio de 2026 en la histórica Catedral de Cuernavaca, el prelado mexicano enfatizó que Dios obra de manera sutil pero inquebrantable, y alentó a los fieles a sembrar la paz, la justicia y el amor a través de gestos cotidianos, por modestos que parezcan.
Mons. Castro Castro inició su mensaje destacando la particular forma en que lo divino se manifiesta: “Dios no necesita hacer ruido para cambiar la historia”. Esta afirmación central sirvió de base para explicar que la intervención de Dios no se rige por la estridencia o la espectacularidad que a menudo el ser humano espera. Por el contrario, subrayó que el trabajo de Dios es “desde dentro”, un proceso que se desarrolla “lentamente, silenciosamente, pero con una eficacia que ninguna fuerza humana puede detener”. Esta visión invita a una reevaluación de la efectividad, priorizando la persistencia y la discreción sobre el impacto inmediato y ruidoso.
Al profundizar en la parábola de la semilla de mostaza, el obispo ilustró cómo lo que comienza como algo insignificante puede crecer hasta convertirse en un refugio y una fuerza transformadora. El líder de la CEM planteó la posibilidad de redirigir la energía que a menudo se invierte en “las grandes celebraciones” hacia una “solidaridad cotidiana”. Esta propuesta no busca desmerecer la importancia de los ritos, sino fomentar que el espíritu de estas congregaciones se traduzca en “una preocupación concreta por el compromiso de la paz”. Con una clara convicción, Mons. Castro aseveró que, aunque la contribución individual sea “poco, aunque sea pequeño”, la providencia divina “se encargaría de que dé un fruto abundante”. Es un llamado a confiar en la capacidad de lo mínimo para generar lo máximo, bajo la guía y el apoyo de lo trascendente.
La homilía también abordó la crucial distinción entre la paciencia divina y la impaciencia humana. El Obispo de Cuernavaca reflexionó sobre la tendencia inherente al ser humano de buscar “soluciones inmediatas cuando algo no funciona”. Esta prisa, a menudo bienintencionada, se manifiesta cuando “descubrimos el mal” y pensamos en “la mejor respuesta para arrancarlo inmediatamente de raíz”. Sin embargo, el mensaje del Evangelio, a través de la parábola del trigo y la cizaña, presenta una perspectiva radicalmente diferente.
Mons. Castro Castro señaló que “lo sorprendente no es la existencia de la cizaña”, ya que es comprensible que “existe el mal”. Lo verdaderamente revelador es “la decisión del dueño del campo de esperar”. Esta espera divina no es pasividad, sino una profunda sabiduría que reconoce el potencial de redención y crecimiento. “Dios mira el campo completo”, aseguró el prelado, indicando que la visión divina “sabe distinguir no solamente lo que hoy está apareciendo, sino también aquello que todavía puede llegar a ser”. Esta perspectiva alienta a una mayor comprensión y paciencia en las relaciones humanas y en la resolución de conflictos, reconociendo que el cambio profundo a menudo requiere tiempo y un escrutinio menos punitivo.
El obispo advirtió que las personas son, con frecuencia, clasificadas de forma acelerada por sus errores o por momentos de debilidad. En un contraste esperanzador, afirmó que Dios, en cambio, “jamás identifica a una persona en su peor capítulo” y “mira siempre la historia completa de la persona”. Este punto subraya la misericordia y la visión holística de Dios, que valora el recorrido vital completo de cada individuo, sus luchas y su potencial de transformación, más allá de sus fallas momentáneas.
Finalmente, Mons. Castro Castro recalcó que “la esperanza cristiana nunca consiste en negar la existencia de la cizaña”, es decir, no implica ignorar o minimizar la presencia del mal en el mundo. Por el contrario, radica en “creer que el trigo posee una fuerza mayor porque es la semilla de Cristo”. Esta es una esperanza activa, arraigada en la fe en el bien y en su capacidad de prevalecer. Para ilustrar este punto, el obispo evocó la inspiradora imagen del escritor francés Charles Péguy, quien describe la esperanza como una “niña pequeña que impulsa a sus dos hermanas mayores, la fe y la caridad”. Citando la frase, Mons. Castro expresó: “Parece la más frágil, pero es aquella quien mantiene el camino en movimiento”.
Esta poderosa metáfora refuerza la idea de que la esperanza, a pesar de su aparente fragilidad, es el motor esencial que sostiene la perseverancia en el camino espiritual y ético. En conclusión, el Obispo de Cuernavaca reiteró que “Jesús no nos invita a obsesionarnos con la cizaña; nos invita a cuidar el trigo”. Esta distinción, que a primera vista podría parecer sencilla, es en realidad “decisiva”: “El discípulo no dedica la mayor parte de su energía a lamentarse del mal, sino a hacer crecer el bien”. Es un llamado a la acción constructiva, a la dedicación al florecimiento de lo positivo y a la confianza inquebrantable en el poder del bien, incluso en los tiempos más desafiantes.








