Desde Miami, Florida, donde reside exiliado, monseñor Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua, ha vuelto a alzar su voz en abril de 2026 para denunciar la “irracionalidad” y “crueldad” del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua. Sus declaraciones, recogidas en una reciente entrevista concedida al diario Confidencial en Madrid, España, resuenan con la misma vehemencia que lo llevó al exilio en 2019, tras su firme defensa de los manifestantes reprimidos por el Estado.
El obispo Báez, una figura prominente en la Iglesia nicaragüense y crítico acérrimo de la dictadura, enfatizó que estas características son una de las realidades más trágicas del actual sistema de gobierno. “Una de las características más trágicas de esta dictadura es la irracionalidad. Junto a la irracionalidad está la crueldad. Pero la irracionalidad de este sistema es escandalosa”, afirmó el prelado, reiterando un llamado a la sensatez que dirigió al presidente Ortega y a su esposa en abril de 2018, cuando la represión inicial dejó más de 350 víctimas mortales, según datos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Aquel mensaje de hace ocho años, en el que instaba a detener la violencia y a privilegiar el diálogo, hoy, según Báez, “ha adquirido más actualidad todavía”. El obispo aseguró que no dudaría en repetirles a los líderes nicaragüenses: “¡Sean sensatos!”. Reflexionó sobre el inmenso dolor y la sangre derramada en estos años, con la esperanza de que tal sacrificio no sea en vano y abone el camino hacia una nueva etapa en la historia del país centroamericano.
La persecución contra la Iglesia Católica en Nicaragua se ha intensificado drásticamente desde entonces. El régimen ha orquestado una serie de acciones represivas que incluyen el control sobre sacerdotes, la expulsión de religiosas, la confiscación de bienes y propiedades eclesiásticas, la prohibición de ordenaciones sacerdotales y el destierro de obispos, como el propio monseñor Báez. Actualmente, desde la parroquia Santa Agatha en Miami, comparte su ministerio con otros clérigos nicaragüenses exiliados, como los sacerdotes Marcos Antonio Somarriba y Edwing Román, también víctimas de la represión.
El obispo hizo un paralelismo entre la opresión bíblica y la situación actual en Nicaragua, aludiendo a la figura del “faraón” que decide sobre la vida y la muerte de su pueblo, sometiéndolo a la esclavitud para sus propios fines de enriquecimiento y poder. Báez afirmó categóricamente que “el Dios nuestro, el Dios de la Biblia, el Dios Padre de Jesucristo nuestro Dios nunca está de parte de un faraón”. Resaltó que Dios, al escuchar el clamor de los oprimidos, desciende a la historia para liberar a su pueblo, como lo hizo a través de Moisés.
En sus reflexiones, monseñor Báez también abordó el delicado tema del silencio dentro de la Iglesia. Denunció un “silencio negativo”, aquel que surge por miedo a los problemas con los poderes establecidos, una tentación en la que la Iglesia no debe caer. En contraste, distinguió un “silencio positivo”, dedicado a la oración y a la escucha de la voz divina. Para el obispo, la comunidad de Jesús está llamada a ser “una comunidad valiente, transparente, una comunidad de la Palabra. No somos una comunidad del silencio”.
El prelado también recordó el injusto caso de monseñor Rolando Álvarez, obispo de Matagalpa y administrador apostólico de Estelí, quien fue condenado a más de 26 años de prisión por supuesta traición a la patria en un proceso lleno de irregularidades, antes de ser finalmente desterrado en enero de 2024. Monseñor Báez expresó el profundo sufrimiento que le causó la tragedia de Álvarez y la satisfacción de haber elevado su voz y realizado esfuerzos para su liberación y bienestar en prisión.
Respecto a su propio exilio en 2019, monseñor Báez reveló que la decisión fue del entonces Pontífice, el Papa Francisco. “Yo discutí con el Papa Francisco largamente, pero él estaba convencido de que era lo mejor”, compartió el obispo, recordando las palabras del Santo Padre: “‘no quiero otro obispo mártir más en Centroamérica'”. El obispo auxiliar de Managua aceptó la decisión de Francisco, consciente del riesgo de un atentado o muerte que lo amenazaba en Nicaragua.
Desde el exilio, monseñor Báez ha buscado reinventar su ministerio episcopal, encontrando que “uno está donde tiene puesto el corazón, no donde tiene puesto los pies”. Un ejemplo de esta resiliencia es el encuentro mensual vía Zoom con más de 200 sacerdotes nicaragüenses exiliados, una iniciativa que cuenta con la anuencia del actual Pontífice, el Papa León XIV, y en la que participa otro obispo desterrado, monseñor Carlos Enrique Herrera, presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua.
El Papa León XIV ha mostrado un interés particular por la compleja situación de Nicaragua. En agosto de 2025, el Santo Padre se reunió con obispos exiliados, incluyendo a monseñor Báez, demostrando, según el obispo, un “conocimiento muy detallado” de la realidad nicaragüense y de la Iglesia local. Monseñor Báez describió a León como “muy reflexivo”, “un hombre de Dios y muy espiritual”, dotado de sabiduría y capacidad de escucha, cualidades que inspiran confianza en la toma de futuras decisiones. “Estoy seguro que Nicaragua, la Iglesia de Nicaragua, los sacerdotes, los obispos, estamos en su mente y en su corazón”, aseguró el prelado.
A pesar de los temores naturales ante la persecución, monseñor Báez enfatizó la importancia de no permitir que el miedo paralice o silencie. La fe en Dios, insistió, es la fuente inagotable de esperanza, capaz de iluminar incluso en los momentos más oscuros y abrir caminos hacia un “nuevo inicio, más luminoso”. El obispo sueña con una Nicaragua donde la justicia social sea el cimiento de la paz, donde la libertad de pensamiento no sea un delito y nadie se sienta excluido. “La patria va en el corazón. Y yo amo a Nicaragua”, concluyó monseñor Báez, reafirmando su inquebrantable esperanza en el futuro de su nación.








