Los obispos estadounidenses Daniel E. García y Brendan J. Cahill han alzado la voz para expresar su profunda preocupación y dolor ante las recientes muertes de migrantes ocurridas durante controles migratorios en Estados Unidos. Ambos líderes de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB) han emitido una declaración pastoral conjunta exigiendo una “rendición de cuentas” transparente y un compromiso con la justicia, al tiempo que insisten en la necesidad imperiosa de una reforma significativa al sistema migratorio del país.
La reflexión pastoral de monseñor García, quien preside el Subcomité para la Promoción de la Justicia Racial y la Reconciliación, y de monseñor Cahill, al frente del Comité de Migración, surge a raíz de “varios incidentes recientes de control migratorio que resultaron en la pérdida de vidas humanas”. Estos trágicos eventos han reavivado el debate sobre las políticas de inmigración y la manera en que se aplica la ley en la frontera y en el interior del territorio estadounidense.
Entre los sucesos más recientes, destaca el ocurrido el 7 de julio en Houston, Texas, donde un agente del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) disparó fatalmente contra Lorenzo Salgado Araújo, de nacionalidad mexicana, durante un operativo. Días después, el 13 de julio, Joan Sebastián Durán Guerrero, un ciudadano colombiano, perdió la vida en el estado de Maine tras recibir disparos de otro agente federal. Las autoridades estadounidenses, en ambos casos, han sostenido que los agentes actuaron en legítima defensa, una afirmación que los obispos han puesto en el centro de su llamado a la transparencia.
A estos incidentes se sumó, también el 13 de julio, la muerte de Jesús Manuel Arias-Silva, un venezolano de 45 años, quien falleció “mientras era trasladado entre centros de detención en Georgia”. Según un comunicado de ICE, Arias-Silva había sido detenido el 9 de julio. Estos casos, aislados pero con un patrón preocupante, subrayan la vulnerabilidad de las personas migrantes bajo custodia o durante los procedimientos de aplicación de la ley.
En su mensaje, los prelados católicos lamentaron “profundamente todas las situaciones en las que la vida humana llega a un final antinatural”. Subrayaron que este principio es una “enseñanza fundamental de nuestra fe”, un valor que, como “discípulos de Nuestro Señor Jesucristo”, no cesarán de proclamar. La declaración de los obispos se enmarca en una postura constante de la Iglesia Católica en defensa de la dignidad intrínseca de cada persona.
Recordaron una declaración previa de la USCCB emitida en noviembre de 2025, en la que la Conferencia Episcopal ya había manifestado su profunda preocupación por el “clima de miedo y ansiedad” que percibían en la sociedad, especialmente “en torno a las cuestiones de la discriminación racial y el control migratorio”. Esta preocupación se intensifica ahora con la escalada de incidentes fatales.
Los obispos enfatizaron que “la discriminación racial, en particular, no solo viola la dignidad que Dios nos ha dado, sino que también inflige un profundo daño a las personas, las familias y las comunidades al fomentar el miedo, erosionar la confianza y aumentar el riesgo de resultados injustos e incluso trágicos”. Aclararon que sus “preocupaciones pastorales son distintas de lo que la ley civil pueda permitir”, marcando una línea clara entre la legalidad y la moralidad humana.
Asimismo, advirtieron severamente contra la normalización de cualquier acto que socave o ignore la dignidad de cualquier individuo o grupo. Declararon que “la deshumanización de los inmigrantes, independientemente de su estatus legal, es un ejemplo de ello; la difamación de los agentes del orden es otro”. Este equilibrio en su crítica busca promover el respeto por todas las partes involucradas, al tiempo que condena las acciones que comprometen los derechos humanos.
Los líderes eclesiásticos hicieron un llamado a las autoridades para que “apliquen la ley de manera humana y con respeto a los derechos humanos fundamentales”, insistiendo en que el poder estatal debe ejercerse “siempre dentro de los límites de la ley moral”. Esta exigencia subraya la visión de la Iglesia de un gobierno que no solo impone normas, sino que también protege la vida y la dignidad de todos.
“Con ese fin, exigimos rendición de cuentas, transparencia y justicia, lo que requiere que se realicen reformas significativas a nuestro sistema migratorio”, sentenciaron en su reflexión pastoral. Este llamado a la reforma no es nuevo, pero la urgencia se ha intensificado a la luz de las recientes tragedias. Los obispos aspiran a un sistema que sea justo, compasivo y que respete la dignidad de cada persona, sin importar su origen o estatus legal.
La declaración concluye con un profundo acto de fe y solidaridad: “Nos unimos en oración por las almas de los fallecidos y por sus familias, por nuestra nación y por todos aquellos a quienes se les confían las responsabilidades del servicio público. Oramos por el fin de la retórica deshumanizadora, el prejuicio racial y la violencia, y por un compromiso renovado para reconocer la dignidad inherente de toda persona como hijo de Dios”.
La preocupación de los obispos no es aislada. El 25 de junio, la organización Human Rights Watch (HRW) publicó un informe de 73 páginas que documenta que, durante la administración de Donald Trump, “52 personas han muerto bajo custodia” de ICE. El estudio atribuye estas muertes a “las malas condiciones de detención y la falta de atención médica adecuada”, factores que contribuyen a un ambiente de vulnerabilidad extrema para los migrantes bajo custodia federal.
Estos datos contextualizan las advertencias de los obispos y refuerzan la imagen de un sistema migratorio bajo escrutinio por su impacto en la vida y los derechos humanos. La postura de la USCCB subraya la necesidad de una revisión profunda de las prácticas y políticas, buscando un equilibrio entre la seguridad fronteriza y el respeto fundamental a la dignidad de cada ser humano, una labor que, según los obispos, es tanto un imperativo moral como una exigencia de justicia.








