28 enero, 2023

 Viernes de la segunda semana de Pascua 


Hch 5, 34-42

Sal 26

Jn 6, 1-15



    Dios, a lo largo de la historia de la salvación, se ha ido revelando a su pueblo. Aquel Dios lejano, se ha hecho cercano por medio de su amado Hijo. Sin duda alguna, el Señor nos visita constantemente, seguimos experimentando su presencia en medio de nosotros. Nuestro Padre sabe todo lo que necesitamos y no dudamos en acudir a Él: elevando nuestras suplicas, intensificando nuestra oración, confiando en su misericordia. 


    Constantemente vemos la intervención de Dios en favor de su pueblo. Muchas de esas veces se ha apoyado en personas para llevar a cabo su proyecto de salvación: Moisés, los profetas, María, los Apóstoles, entre otros. Hoy hemos visto en la primera lectura que la intervención de Gamaliel resulta favorable a los discípulos del Señor y en el Evangelio un joven que tenía cinco panes y dos pescados, lo cual terminó alimentando a cinco mil hombres (sobrando doce canastos).


    Jesús hace una pregunta: ¿Cómo compraremos pan para que coman éstos? Podríamos cambiar esa interrogante: ¿Cómo conseguiremos hombres para llevar la Buena Nueva? ¿Cómo podré tener discípulos fieles al Evangelio? Ciertamente que en ocasiones pensamos que el traje nos queda muy grande, que el llamado nos rebasa. Sin embargo, que bella actitud de ese jovencito: “¡Aquí hay cinco panes y dos pescados! Pero ¿qué es eso para tanta gente?”. Ese joven sabía que era poco, pero no dudo en presentarlo al Señor, puesto que la solución humana no basta para saciar las necesidades del hombre, sino que es Jesús quien va a satisfacer a toda esa muchedumbre: el hombre propone y Dios dispone de ello. 


    Dios necesita hombres dispuestos a ofrecer lo que tienen, sea mucho o sea poco, ponerlo al servicio de los demás, capaces de llevar su alegre anuncio a todos los rincones de la tierra. No tengas miedo de responderle al Señor, de ofrecerle tu propia vida, de consagrarte a vivir plena y totalmente al Señor. Tú pon lo tuyo, Dios hará el resto.


    Una vez que se toma esta determinación, de ser su instrumento para llevar su Palabra, debemos de tener cuidado de no caer en la soberbia, en la altanería, creyendo que lo que hacemos es obra nuestra. El hombre no puede confundirse, sabe perfectamente cuando Dios hace prodigios por su medio y cuando éste busca su vanagloria. El Señor es la luz y esperanza de los corazones sinceros y Él mismo será quien haga su obra por medio de nuestras manos, puesto “si lo que nos proponemos a hacer es de origen humano, se acabará por sí mismo, pero si es de Dios, no se podrá detener”.


    Dirijámonos al Señor con nuestra oración confiada y pidámosle que nos ayude a dar todo lo que tenemos para quien más lo necesite, poniéndolo todo en sus manos, ya que sabemos que, si “encomendamos al Señor nuestro servicio, Él lo multiplicará” (Cfr. Pro 16, 3). 

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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