24 septiembre, 2022

Viernes IV semana Tiempo Ordinario

 

Si 47, 2-13

Sal 17

Mc 6, 14-29

 

 

¿Alguna vez te ha sucedido esto? Un familiar, un amigo o alguien conocido muerte y de repente todos comienzan a decir: “tan buen persona que era”, “un excelente ser humano”, “vaya que tenía un buen corazón”, etc. Podemos decir que, normalmente, se suele elogiar al difunto, resaltando todo lo bueno que nos dejó.

 

Lo mismo ha sucedido en la primera lectura que hoy hemos meditado del libro del Sirácida (Eclesiástico). El Autor Sagrado hace un gran elogio del difunto Rey David. Aquellos que no conocen a este personaje, si leyeran este pasaje por primera vez, pensarían lo bueno que fue. Es más, pensarían que absolutamente todo lo hizo bien, puesto que siempre buscaba hacer lo grato ante Dios amándolo con todo el corazón.

 

Sin embargo, David no fue un hombre intachable. Sabemos que no fue perfecto, puesto que también cometió pecado al deshacerse injustamente de Urías para que no quedara al descubierto su pecado con Betsabé. En ese caso, podemos decir que David se quiso salir con la suya. Algo semejante nos presenta el Evangelio el día de hoy al contemplar lo hecho por la hija de Herodías, la cual le pide a Herodes “la cabeza de Juan el Bautista”.

 

Pues algo parecido le sucede al hombre. Latentemente en nuestra vida se encuentra la tentación de llevar una vida disoluta, el salirnos siempre con la nuestra, consiguiendo, a como dé lugar, obtener lo que deseamos. Muchas veces nos apartamos del camino de Dios para para hacer de nuestra existencia lo que nos venga en gana, creyendo que en nuestro libertinaje somos verdaderamente libres.

 

Ahora bien, con esto hemos de recordar que no todos son perfectos. Sí, David fue grande no porque no tenía defectos, o porque fue rey, sino por su confianza en el Señor. David, cuando falló, se arrepintió, pidiendo el perdón de Dios y Él lo perdono. El rey se había equivocado, pero reconoció su error y busco corregir su camino. También nosotros, como él, al fallar, debemos de reconocer nuestra culpa, pedir perdón por lo cometido y continuar en nuestro camino hacia el cielo.

 

Sin duda alguna la vida del rey David es una lección para todos los que decimos ser seguidores de Cristo. No esperemos el día de nuestra muerte para que se hable bien de nosotros. Ya desde ahora, en esta vida, a pesar de nuestros fallos, limitaciones y caídas, busquemos recorrer el camino que Jesús nos ha enseñado: el camino del bien, del amor, de la justicia, del perdón, de la alegría, etc.

 

Cuando te has desviado del camino del Señor, ¿has reconocido tus errores y has vuelto a Él? Aquellas veces que has caído en pecado, ¿te has levantado o prefieres seguir cayendo en donde mismo? Cuando te equivocas, ¿buscar corregir tus errores o prefieres seguir hundido en ellos?

 

Una vez escuche a un buen sacerdote decir: “hay cosas mas agradables en la persona que de desprecio”, y ¿sabes qué? Le creo. Estoy seguro de que en tu corazón hay muchas más aspectos positivos, buenos y perfectos, que negativos, malos o pecaminosos. Ahora bien, si hemos caído, vamos a levantarnos y permitirle al Señor que siga haciendo grandes cosas por, con y en nosotros, para demostrar, como David, lo afortunados que somos al tener a un Dios de amor y de perdón de nuestro lado.

 

 

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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