Las estadísticas oficiales recientes muestran una disminución significativa en la migración irregular hacia México y en los encuentros de personas indocumentadas con las autoridades fronterizas de Estados Unidos. Sin embargo, esta tendencia, aunque reflejada en la asistencia a los albergues católicos, no cuenta la historia completa. Un sacerdote que ha dedicado más de una década a acompañar a los migrantes en Puebla, el padre Alberto Vivar León, alerta sobre una realidad que permanece invisible en los registros: rutas migratorias más peligrosas, onerosas y expuestas al control del crimen organizado.
Según datos de la Unidad de Política Migratoria, Registro e Identidad de Personas de México, los incidentes relacionados con personas en situación migratoria irregular cayeron drásticamente de más de 1.2 millones en 2024 a 155,730 en 2025. Hasta mayo del año en curso (2026), la cifra se situaba en 18,083 casos. Paralelamente, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) de Estados Unidos reportó 443,671 encuentros en su frontera suroeste durante el año fiscal 2025, una reducción considerable en comparación con los 2.1 millones del año fiscal anterior. En lo que va del año fiscal 2026, los encuentros suman 90,121.
Esta disminución también es palpable en Puebla, un punto estratégico para quienes buscan llegar al norte del continente. En los tres albergues de la Arquidiócesis de Puebla, se brindó asistencia a 1,200 migrantes en 2023. Dos años después, en 2025, la cifra descendió a 145, y en la primera mitad de 2026, el padre Vivar León estima haber atendido a alrededor de 60 personas. Ordenado hace casi 15 años, el sacerdote ha dedicado los últimos once a esta labor humanitaria.
Su compromiso con los migrantes comenzó en la parroquia de San Felipe de Jesús, en Hueyotlipan, cercana a la Terminal Central de Autobuses de Pasajeros de la Ciudad de Puebla (CAPU), un tradicional punto de tránsito. Posteriormente, desde finales de 2021, como párroco de Nuestra Señora de la Asunción, el padre Vivar León continúa su labor. Ambas parroquias se encuentran en las proximidades de las vías del ferrocarril conocido como “La Bestia”, un medio de transporte históricamente utilizado por los migrantes, a pesar de los riesgos inherentes de viajar sobre vagones de carga.
Más allá de la estadística oficial, el padre Vivar León enfatiza que la reducción en los números no significa que las personas hayan cesado su intento de llegar a Estados Unidos. “El flujo continúa”, afirma, “quizá no en la misma magnitud que antes, pero siguen pasando. En México, la gente sigue en tránsito”. El párroco atribuye parte de esta disminución a las políticas implementadas por los gobiernos de Donald Trump en Estados Unidos y de Claudia Sheinbaum en México, las cuales dificultaron el paso libre. Sin embargo, esta situación, lamenta el sacerdote, también abrió una ventana para que “el crimen organizado aprovechara la coyuntura y comenzara a lucrar con ellos”. Los grupos criminales “se organizan y cobran por el paso”, denunció el padre Vivar León, revelando que, según los testimonios recopilados, ahora exigen entre 6,000 y 7,000 dólares para permitirles cruzar el territorio mexicano. “El crimen organizado se ha involucrado profundamente en este negocio y son quienes continúan aprovechándose”, reiteró.
A lo largo de sus años de servicio pastoral, el padre Vivar León ha sido testigo de una transformación crucial en las dinámicas del transporte migrante. Antiguamente, los trenes eran un medio frecuente para avanzar hacia el norte. No obstante, a partir de 2018 y 2019, muchos migrantes evitan esta opción. La razón es alarmante: “se suben los narcotraficantes con armas largas, cobran, y a quien no pague lo arrojan del tren”. Esta información se propagó rápidamente entre la comunidad migrante, lo que los llevó a optar por los autobuses. Sin embargo, las autoridades mexicanas intensificaron las revisiones documentales en el transporte público. Esto resultó en que los migrantes recurrieran a “otro tipo de autobuses y medios” controlados por redes informales, a menudo vinculadas a grupos criminales. En estas rutas alternativas, el padre Vivar León asegura que los migrantes son vulnerables a estafas, abusos e incluso situaciones de trabajo forzado.
La violencia es una constante en el trayecto migratorio. El sacerdote recuerda el caso de un grupo de cinco o seis jóvenes a quienes advirtió sobre la desconfianza hacia quienes ofrecen ayuda indiscriminadamente. Los jóvenes no atendieron el consejo y “se los llevó una camioneta”. Fueron confinados en un rancho, donde los tuvieron trabajando sin pago por unos quince días, apenas con comida. “Un día, como pudieron, se escaparon. Volvieron al albergue (…) y dijeron ‘padre, tenía usted razón'”. El presbítero alerta que los criminales “están atentos en las paradas de autobuses”, como la CAPU, buscando asaltar específicamente a los migrantes, a quienes identifican fácilmente y saben que no denunciarán por temor a ser deportados. Otro testimonio desgarrador es el de un migrante retenido en San Luis Potosí, víctima de abusos sexuales a manos de sus captores. Logró escapar aprovechando un descuido mientras preparaba el desayuno, huyó descalzo y, tras recibir ayuda, llegó al albergue en Puebla. “Fue una situación muy, muy fea; y de aquí le pagamos un pasaje hasta Tapachula”, al sur de México, “y de ahí para seguir hacia su país”.
Ante esta cruda realidad, la Iglesia Católica mantiene su compromiso inquebrantable a través de una red de albergues que ofrecen alimento, ropa, atención médica y un lugar seguro para descansar. El padre Vivar León enfatiza que “el gobierno no tiene albergues de migrantes; es la Iglesia la que los sostiene a lo largo de todo el país. (El Instituto Nacional de) Migración tiene centros de detención, no son albergues”. Subraya que estos centros de acogida no reciben “ninguna ayuda de parte del gobierno”. Si bien años atrás, durante las masivas caravanas de migrantes, las autoridades “mandaban algunas cosas”, ese apoyo cesó a partir de 2018 con los nuevos gobiernos.
Los albergues gestionados por la Iglesia ofrecen hospedaje por una o dos noches, comidas completas, atención médica y vestimenta. Además, gracias a bazares organizados por la comunidad parroquial, logran recaudar fondos que, en muchos casos, permiten costear pasajes para los migrantes. El sacerdote recalca que la asistencia a los migrantes no debe limitarse a los albergues católicos, sino que es una responsabilidad de cada creyente “tratar de ayudar”. La limosna, explica, no es dar lo que “sobra”, sino “dar lo justo”: “Si tienes alguna ropa, si tienes una chamarra, dásela. Si tienes que darle de comer, yo creo que no te pasa nada si le das una comida completa”. Finaliza con un llamado a la acción: “Ayuden en lo que puedan y de ahí, pues sí, mándenlos a los albergues que tenemos y ya veremos qué más podemos hacer”. El migrante, concluye el padre Vivar León, “no salió de casa por gusto (…), no se está aguantando días sin comer y dormir en la calle por gusto”, sino “por necesidad, porque no tienen de otra” y “buscan un sueño, buscan sacar adelante a la familia”.








