15 mayo, 2026

La creciente represión en Nicaragua ha forzado a innumerables ciudadanos al exilio, entre ellos un sacerdote católico cuya identidad se mantiene en reserva para salvaguardar a su familia y allegados en el país centroamericano. Su testimonio dibuja un crudo panorama de persecución, vigilancia y la difícil huida que lo llevó a recomponer su vida sacerdotal en Estados Unidos, reflejando el drama que viven miles bajo el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

**La génesis de la persecución: Las protestas de 2018**

El calvario del presbítero, como el de muchos otros en Nicaragua, se remonta a las protestas antigubernamentales de 2018. En aquel año, la población salió a las calles, especialmente los jóvenes, para manifestarse contra el régimen. La respuesta fue una brutal represión que, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), cobró la vida de más de 350 personas. El sacerdote relata su compromiso con los jóvenes, a quienes buscaba guiar para evitar que se “desviaran”, una preocupación nacida de su percepción sobre la fallida revolución sandinista de 1979 que, en su opinión, no cumplió sus promesas.

Desde su parroquia, el religioso ofreció apoyo y espacios de organización a los manifestantes. Su labor se extendió a asistir a jóvenes heridos por la policía durante los enfrentamientos y a consolar a las familias de aquellos que perdieron la vida. Este acompañamiento pastoral y social lo puso rápidamente en el punto de mira de las autoridades. Tras un tiempo fuera del país, regresó en 2022, solo para encontrar un ambiente de creciente hostilidad.

**La voz disidente: Homilías y vigilancia constante**

A partir de su retorno, la persecución contra el sacerdote se intensificó. Sus homilías se convirtieron en plataformas para denunciar las acciones del gobierno y expresar la disconformidad con el rumbo del país. Era consciente del riesgo que implicaba su postura, sabiendo que el sandinismo, la ideología que sustenta la dictadura, opera bajo una filosofía de “ni perdón ni olvido”. Según su testimonio, esta corriente “es una ideología marxista que no tiene ningún régimen de valores y que anula la dimensión trascendente de la persona y de la vida”.

El acoso comenzó de forma sutil, pero constante. Personas desconocidas, ajenas a la feligresía, empezaron a asistir a misa con el propósito evidente de grabar sus sermones. Otros individuos ofrecían “ayuda” para limpiar la parroquia, una maniobra que el sacerdote identificó rápidamente como una forma de vigilancia para monitorear a los asistentes y sus propias actividades. Eran, en sus palabras, “los ojos y oídos del gobierno en los barrios”, sembrando desconfianza incluso entre los fieles, que se encontraban divididos por el miedo y la incertidumbre.

Las detenciones policiales se volvieron rutinarias. Al conducir, era interceptado con frecuencia, acusado de ser “golpista” y sometido a interrogatorios sobre supuestas armas o actividades ilícitas. Estos episodios, cargados de intimidación y demandas de dinero, generaban un desgaste emocional y físico constante.

**El punto de quiebre y la huida clandestina**

El detonante que forzó su decisión de huir ocurrió a mediados de 2023. Un día, personas no identificadas lograron franquear los muros de la parroquia en su búsqueda. Su madre, que se encontraba en la casa cural, lo llamó alertada, confirmándole que no había nadie enviado por él. Afortunadamente, unos perros lograron ahuyentar a los intrusos, pero la seguridad del sacerdote y su familia había desaparecido por completo.

Este incidente vino acompañado de advertencias explícitas de funcionarios gubernamentales que, en el secreto de la confesión, le revelaron la existencia de “listas” de presbíteros considerados “problemáticos” por el régimen. Estas personas, coaccionadas a colaborar con el gobierno, le urgieron a abandonar el país lo antes posible.

La huida, planificada en el más estricto secreto y conocida solo por su madre, se inició un domingo. Con una mochila al hombro y una imagen de la Inmaculada —virgen de la que es devoto— envuelta en un suéter, el sacerdote emprendió un viaje que describió como “su decisión más difícil”. Contó con la ayuda de un expolicía disidente que facilitó el contacto con un “coyote”, una persona que cobra por guiar a migrantes a través de cruces fronterizos irregulares.

Su ruta lo llevó por el “punto ciego”, un paso informal en la frontera con Costa Rica conocido por su peligrosidad. Allí, el sacerdote se topó con una realidad desgarradora: zonas de prostitución, tráfico de drogas y personas, y una profunda inseguridad. “Fue impresionante”, recuerda, “yo nunca había pasado eso… La inseguridad, la suciedad, esos corredores oscuros, impresionantes, donde hay tráfico de personas”. Tras varios días de travesía, logró llegar a Costa Rica, donde encontró refugio y apoyo en comunidades religiosas amigas.

**Exilio, restauración y una nueva misión en Estados Unidos**

Una vez a salvo, la angustia del desarraigo golpeó al sacerdote con fuerza, sumiéndolo en una profunda depresión. “No es fácil cortar el vínculo completamente con todo: con la Iglesia, con los hermanos sacerdotes, con la familia, con la parroquia. Yo me sentía morir. Yo no paraba de llorar”, confiesa. Se sintió desorientado y con una enorme incertidumbre sobre su futuro.

Sin embargo, el tiempo en Costa Rica, aunque difícil, se convirtió en un período de “restauración interior”, un retiro personal que le permitió sanar y reencontrarse consigo mismo. En 2024, con un anhelo renovado de servir, el sacerdote nicaragüense llegó a Estados Unidos. Fue recibido con calidez en la diócesis que lo acogió, donde el obispo le permitió continuar su ministerio. La comunidad local le mostró un gran cariño, organizándose para ofrecerle una casa donde pudo establecer su capilla personal.

Hoy, el sacerdote se dedica a la consejería espiritual, continúa su labor pastoral y prosigue sus estudios. A pesar de la adaptación a un nuevo idioma, cultura y el alto costo de vida —desafíos compartidos por todos los nicaragüenses en el exilio—, su espíritu se mantiene firme. “Es una herida que todavía tiene que sanar poco a poco. Los que estamos afuera y los que están adentro sufrimos. De los dos lados hay mucho dolor”, reflexiona.

**La esperanza en Cristo y el servicio a la Iglesia**

A pesar de las adversidades, la esperanza es el pilar que sostiene su fe. “Nuestra esperanza es Jesucristo”, afirma, encontrando consuelo e identificación en los pasajes bíblicos que relatan la persecución de los apóstoles y su migración para difundir el Evangelio. Su convicción inquebrantable es que, sin importar dónde se encuentre, su vocación lo llama a servir: “Somos sacerdotes para la Iglesia. Y aunque no estemos en Nicaragua tenemos que servir a la Iglesia”.

Este sufrimiento, paradójicamente, se convierte en un medio para un bien mayor, pues “otras iglesias, finalmente, se están beneficiando de nuestros sufrimientos”, concluye. El testimonio de este sacerdote es un recordatorio de la resiliencia de la fe frente a la opresión, y un reflejo de la dolorosa realidad que continúa marcando la vida de la Iglesia y del pueblo de Nicaragua.

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