17 abril, 2024

San Félix de Cantalicio, cuya festividad se celebra cada 18 de mayo, fue un capuchino y místico italiano del siglo XVI. Desde su infancia, su fervor religioso y su humildad lo distinguieron entre sus compañeros. Con gran devoción y entrega, se esforzaba por vivir en presencia de Dios en medio de su trabajo y las distracciones diarias.

Nacido en una familia campesina muy piadosa, San Félix fue educado de manera ejemplar, lo que le valió el apodo de “San Félix” por parte de sus amigos de juegos. A medida que crecía, desarrollaba una profunda vida espiritual, aprendiendo a meditar y a alcanzar un alto grado de contemplación.

Uno de los aspectos más destacados de la vida de San Félix fue su capacidad para encontrar a Dios en todas las criaturas. Solía decir: “Todas las criaturas pueden llevarnos a Dios, con tal de que sepamos mirarlas con ojos sencillos”. Esta actitud de humildad y apertura espiritual le permitía experimentar la presencia divina en su vida cotidiana.

Siempre mostraba una alegría contagiosa y respondía a las injurias con compasión, diciendo: “Voy a pedir a Dios que te haga un santo”. Incluso cuando sufrió un accidente mientras araba y salió ileso, demostró su confianza en la providencia divina.

Convencido de su propia inferioridad, San Félix solicitó unirse al convento capuchino de Citta Ducale como hermano lego, donde persistió en pedir que le redoblaran las penitencias y mortificaciones. Sus hermanos de comunidad lo llamaban “el Santo” debido a su virtuosismo y entrega al servicio de Dios.

A los treinta años, San Félix hizo los votos solemnes y, durante los siguientes cuarenta años, se dedicó a pedir limosna diariamente para sostener a su comunidad. También, con permiso de sus superiores, brindaba ayuda a los pobres, visitaba a los enfermos y consolaba a los moribundos. Su vida se caracterizó por su constante servicio a los demás y su capacidad para encontrar la presencia de Dios en cada persona que encontraba.

En numerosas ocasiones, mientras asistía a la Misa, San Félix experimentaba éxtasis que eran presenciados por todos los presentes. Incluso en la vejez, cuando el Cardenal protector de la orden sugirió que se le relevara de sus responsabilidades debido a su edad avanzada, el Santo insistió en seguir pidiendo limosna, argumentando que el alma se marchita cuando el cuerpo no trabaja.

San Félix fue una figura respetada y estimada por otros santos de la época, como San Felipe Neri y San Carlos Borromeo. Su vida ejemplar y su fe inquebrantable lo llevaron a una visión de la Santísima Virgen poco antes de su fallecimiento el 18 de mayo de 1587. En esa visión, vio a la Santísima Virgen rodeada de ángeles, trascendiendo hacia la Casa del Padre.

La vida de San Félix de Cantalicio nos deja un legado de humildad, entrega al servicio de Dios y los demás, y una profunda confianza en la presencia divina en cada aspecto de la vida. Su ejemplo nos invita a encontrar la grandeza en la sencillez, a buscar a Dios en todas las cosas y a vivir con alegría y compasión hacia los demás.

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