30 noviembre, 2022

El 9 de marzo la Iglesia celebra la fiesta de Santa Francisca Romana (también conocida como Francisca de Roma), oblata benedictina que vivió entre los siglos XIV y XV. Su intensa vida de fe constituye un hermoso testimonio de fortaleza e inspiración particular para aquellas mujeres que han pasado -o pasan- por circunstancias similares a las que ella vivió. No es exagerado señalar que esta santa supo soportar algunas de las pruebas más difíciles por las que puede pasar una mujer, y justamente en estas florecer en esperanza y amor.

Y es que Francisca contrajo matrimonio de muy joven y tuvo hijos, dos de los cuales murieron a causa de la peste. Estuvo casada por muchos años hasta que perdería a su esposo en la guerra. Sin embargo, fiel a su búsqueda de Dios y sus planes, abrazó la vida religiosa, llegando a formar una familia espiritual que subsiste hasta hoy. Por razones como estas, con motivo de los 400 años de su canonización (Jubileo 2008), el Papa Emérito Benedicto XVI la llamó ‘la más romana de las santas’.

Esposa y madre

Santa Francisca nació en Roma en 1384. A los 12 años experimentó las primeras inquietudes vocacionales, sin embargo, sus padres la casaron. Ella, asistida por su fe, no solo aceptó aquel matrimonio, sino que formó un hogar hermoso y santo, al que Dios bendijo con tres niños varones. Lamentablemente, a causa de la peste negra que asolaba Europa, terminó perdiendo a dos de sus pequeños. Esa tragedia la sensibilizó mucho frente al sufrimiento. Francisca decidió repartir sus bienes y empezó a atender a mendigos y enfermos. Sencilla y acogedora como era, se ganó el cariño de la gente que decía que quien acudía a verla siempre se llevaba algún consuelo.

El esposo de Francisca formaba parte del ejército del Sumo Pontífice. Eran tiempos en los que el papado estaba amenazado por intereses políticos que habían llevado a la Iglesia al borde del cisma en Occidente. Debido a esto, el ejército pontificio tuvo que librar numerosas batallas y el marido de Francisca andaba casi siempre ausente. Precisamente, cuando este se hallaba exiliado en los Estados Ponzianos, las tierras de la familia fueron expoliadas. Cuando el esposo pudo regresar a Roma, la ciudad se encontraba bajo el acecho del ejército napolitano. Es entonces cuando Francisca se entera que su esposo había sido herido en combate, por lo que la santa acude a su lado y asume su cuidado y compañía durante su agonía.

Fundadora

Tras 40 años de matrimonio, la santa se reencontró con aquel deseo de juventud de hacerse monja. Acompañada por su director espiritual, inició un camino que la condujo a hacerse religiosa. El 15 de agosto de 1425, día de la Asunción de la Virgen María; Francisca, junto a 9 compañeras, hizo su oblación (consagración) en la cofradía de las oblatas benedictinas (Orden de San Benito), quienes estaban bajo la dirección de los monjes olivetanos. El régimen de los oblatos no incluía ni clausura ni votos, porque su misión principal era la dedicación total al servicio de los más pobres. Claro que, de acuerdo al espíritu benedictino, debían dedicar el mayor tiempo posible a la oración y meditación.

En 1433 Francisca fundó el monasterio de Tor de Specchi, al que se mudó junto a las oblatas que deseaban tener una vida en común y fortalecer su servicio a los demás. El Papa Eugenio IV aprobó la iniciativa y el grupo de mujeres se convirtió en la única congregación religiosa de oblatas con votos privados y vida en común, hasta el día de hoy.

Mística

A Francisca Dios le concedió la gracia de poder ver a su ángel de la guarda y experimentarse siempre guiada y protegida. Ella lo describía así: “Era de una belleza increíble, con un cutis más blanco que la nieve y un rubor que superaba el arrebol de las rosas. Sus ojos, siempre abiertos tornados hacia el cielo, el largo cabello ensortijado tenía el color del oro bruñido”.

En diálogo con ACI Prensa, realizado hace ya algunos años, el benedictino olivetano, P. Teodoro Muti, expresó que “Santa Francisca Romana fue la Madre Teresa del siglo IV. Era la santa de los pobres y necesitados. Pertenecía a una familia rica y noble, pero asistía a los enfermos en los hospitales y se preocupaba también por su salud espiritual”.

Santa Francisca Romana murió el 9 de marzo de 1440 y fue canonizada el 9 de mayo de 1608 por el Papa Paulo V. Ella es la patrona de los oblatos benedictinos y de los automovilistas. Esto se explica según la tradición que señala que a veces de viaje por parajes oscuros su ángel de la guarda le iluminaba el camino para que no tropiece.

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