30 noviembre, 2022

 Miércoles de la Semana Santa 

Is 50, 4-9

Sal 68

Mt 26, 14-25

    A lo largo de nuestro caminar vamos adquiriendo y forjando valores en nuestra vida. Uno de ellos, fundamental en nuestra formación humana, es el de la amistad. Cristo lo tuvo muy presente en su peregrinar en medio de nosotros: “A ustedes ya no los llamo siervos sino amigos”. Y vaya que Jesús luchó por tener excelentes amistades. 

    El p. Enrique Ponce de León, en su libro “Testigo del Señor Jesús”, narra como pudo haber sido la vida de algunos personajes bíblicos y entre ellos narra la historia de Judas. Cabe recordar que su obra es una novela, no una afirmación teológica. El padre Enrique nos muestra a un Jesús que buscó entablar una relación de amistad con el Traidor. 

    La narración de Judas fue de la siguiente manera: “Recuerdo aquella mañana. Era muy temprano. Jesús se había pasado toda la noche en oración… entonces lo vi o, más bien, Él me miró, con una mirada que me caló hasta el fondo. Se sentó y dijo que elegiría entre todos sus discípulos a doce, para que estuvieran con Él… En ese momento no sé bien lo que me pasó. Una parte de mí deseaba que me eligiera; otra quería huir de su amistad. Comencé a escuchar los nombres de sus preferidos: Pedro, Santiago, Juan… cosa que no me extrañó, pero la envidia me quemaba. Cuando escuché mi nombre de nuevo me atrapó su mirada y me dirigí a él. Me sentí inmensamente feliz. El grupo era bueno, pero tenía una extraña sensación en mi interior: me sentía superior a los demás, pero marginado de ellos. Trataba de hacerme notar, pero ninguno se fijaba en mí. Sólo Jesús, que, cuando se dirigía a mí me hacia sentir único e importante. Nuestra amistad iba creciendo” (Cfr. Testigos del Señor Jesús). 

    Por desgracia, Judas, por más confundido que estuviera en su interior, nunca entendió esa amistad que Jesús le ofrecía. En el Evangelio de lunes lo veíamos: el Traidor afirmó: “¿Por qué no se ha vendido este perfume en trescientos denarios para dárselo a los pobres?” (Jn 12, 4). Fue ahí donde Jesús entendió que Judas no quería su amistad. Al momento que el Maestro le pide “¡déjala en paz!”, la mirada del Iscariote se lleno de ira. No lo soportó más. Estaba harto de Jesús. Judas dejó de amar a su amigo.

    Judas nunca entendió la manera de amar de Jesús. Aquí es donde le llegó la noche al Traidor (el pecado, el no poder y saber amar) “¿Cuánto me dan?” Comienza la subasta del amigo. Nosotros podemos caer en el error de Judas, cambiar nuestra amistad con Dios por unas cuantas monedas. 

    Que triste es que muchos cristianos padezcamos el mismo mal del Traidor y no valoremos su amistad. Al contrario, presentémonos ante el maestro como esos discípulos que le han preguntado: “¿dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”. Desarrollemos una verdadera amistad con el Maestro haciendo lo que Él nos dice, puesto que Jesús nos sigue llamando “Amigos”.

Agregar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

Nuevos