28 septiembre, 2022

 Sábado Santo de la Sepultura del Señor

    El día de hoy no hay un “Evangelio” para ser meditado; mejor dicho, hoy se debería de meditar todo el Evangelio, puesto que de él se desemboca lo que hoy recordamos: la entrega amorosa de Jesús en la cruz.

    La Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando y reflexionando sobre su Pasión y Muerte. Hoy es un día de silencio, de dolor, de tristeza, pero sobre todo de espera. Si acudimos a los templos, los encontraremos vacíos. Sólo nos queda el signo de su “amor hasta el extremo”: la Santa Cruz.

    Acompañamos a María, nuestra Madre. Sólo junto a ella podemos entender el significado del sepulcro que velamos. Ella, con ternura y amor, guardaba en su corazón todo lo que acaba de suceder. Se encuentra dolida y triste porque “vino el Salvador del mundo a los suyos, pero los suyos no lo recibieron” (cfr. Jn 1, 11).

    Una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado nos dice: “¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.

    Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti.

    Levántate, vámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; más he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti” (cfr. PG 43, 439. 451. 462-463).

    Preparémonos con María, nuestra madre, para vivir el estallido de la Resurrección y poder proclamar con inmensa alegría: “¡Jesús ha resucitado tal como lo había anunciado!” (cfr. Mt 28, 6).

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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