9 diciembre, 2022

Jueves IV semana Tiempo Ordinario

 

I R 2, 1-4. 1’-12

I Creo 29

Mc 6, 7-13

 

 

De una manera sencilla, humilde y entrañable, David le ha entregado a su hijo Salomón su testamento. No emplea muchas palabras, simplemente ha dejado hablar al corazón. ¿Qué más anhela y desea un padre, sea rey o no, que a su hijo le vaya bien en todos sus asuntos, que experimente la felicidad y sea pleno? ¿Acaso los padres no quieren para sus hijos su realización y su total alegría?

 

Actualmente, muchas personas se enfocan en lo material: los hijos esperan ansiosos la herencia de los padres y cómo buitres, rondan cerca de ellos, esperando su muerte. Conozco a algunos padres de familia que se han desvivido para tener bienes que heredar a sus hijos, al grado de que ellos mismos no disfrutan de sus posesiones.

 

A ti querido padre-madre de familia te digo algo: No desees solo el bien material para tus hijos o que nunca les falte nada. Mejor, a ejemplo y siguiendo la enseñanza de David, desea para tus hijos lo mejor que pueden heredar: seguir los pasos del Señor; que ellos logren obedecer siempre a Dios.

 

¿Y sabes cómo comienza esto? Lo podemos comprender a la luz del Evangelio: todo comienza con el envío, con el anuncio de la Buena Nueva. El mismo Jesús no buscó heredarle a sus apóstoles bienes materiales, sino compartir con ellos lo mismo que Él había recibido de su Padre: les da autoridad para poder vencer a los espíritus inmundos, sobre todo a aquello que le hace daño al corazón del hombre.

 

Jesús entendía que hay muchas cosas que van en contra de los hombres. Por ende, les pide que no lleven nada por el camino: “ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto”; sino únicamente lo necesario para llevar a cabo la predicación del Evangelio: “lleven únicamente un basto, sandalias y una sola túnica”.

 

Puede resultarnos un poco sorprendente ver el poco equipaje que Jesús pide a los suyos. Esto tiene un significado: lo importante de seguir los caminos de Dios no consiste en lo que puedas llevar contigo materialmente hablando, sino el mensaje que brotará de tus labios. Eso es lo más importante de tu vida: “La boca habla de lo que está lleno el corazón” (Lc 6, 45).

 

Esta es la herencia que Dios nos ha dejado, que los padres deben de heredar a sus hijos: saber que todos estamos llamados a predicar la Buena Nueva porque es el mismo Jesús quien nos lo pide: “vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio” (cfr. Mt 28, 16).

 

¿Qué le quieres dejar a tus hijos como herencia: la ambición por obtener riquezas o enriquecerse con la Palabra de Dios; el deseo de anhelar las mejores cosas o el poseer lo más hermoso que es el Amor de Dios; el conseguir una mansión o ha desear habitar por siempre en la morada del Señor? Bien nos lo decía Mateo: “Busquen el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6, 33).

 

Padres de familia, hijos: no tengan miedo de enriquecerse de Dios, puesto que, si tenemos a Dios en nuestra vida, ¿qué podrá faltarnos? Lo tenemos todo con Él.

 

 

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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