10 marzo, 2026

CIUDAD DEL VATICANO – En la significativa fecha del 11 de enero, con la Iglesia universal conmemorando la Fiesta del Bautismo del Señor, Su Santidad el Papa León XIV presidió una emotiva Eucaristía en la venerable Capilla Sixtina. Durante esta solemne liturgia, el Pontífice administró el sacramento del Bautismo a veinte infantes, hijos de hombres y mujeres que prestan servicio a la Santa Sede y al Estado de la Ciudad del Vaticano, subrayando con profunda convicción la esencialidad de la fe en la existencia humana.

Bajo la imponente bóveda adornada por los frescos magistrales de Miguel Ángel, que normalmente acoge cónclaves y ceremonias de gran envergadura, el ambiente se transformó con la inocencia de los pequeños y el eco de algún llanto infantil que se fundía con los cánticos litúrgicos. En este mismo espacio sagrado donde fue elegido Sucesor de Pedro el pasado 8 de mayo, el Papa impartió el primer sacramento de la vida cristiana a los recién nacidos. El rito incluyó el tradicional derramamiento de agua bendita sobre la cabeza de cada niño, seguido por la unción con el sagrado crisma y el encendido de las velas bautismales, tomadas directamente del cirio pascual, un gesto simbólico a cargo de los padres y padrinos.

Durante su homilía, el Pontífice puso de manifiesto la trascendencia de la fe en el desarrollo espiritual de un cristiano, articulando que aquello que consideramos indispensable en la vida, lo procuramos sin demora para aquellos a quienes amamos profundamente. Con una elocuente analogía, el Santo Padre interpeló a los presentes: “¿Quién de nosotros, en efecto, dejaría a sus hijos recién nacidos desprovistos de vestimenta o alimento, aguardando que en la edad adulta decidan cómo abrigarse o qué comer?” Esta sencilla pero poderosa imagen sirvió para ilustrar el valor incalculable de la fe, equiparándola a las atenciones básicas e irrenunciables que todo ser humano necesita desde su nacimiento. El Papa aseveró que, si bien la nutrición y el abrigo son fundamentales para la supervivencia física, la fe es aún más vital, pues a través de Dios, la vida encuentra su verdadera salvación y sentido último.

Esta hermosa práctica de bautizar a los hijos de los colaboradores vaticanos se estableció en 1981, por iniciativa del recordado San Juan Pablo II. Las dos primeras ceremonias tuvieron lugar en la Capilla Paulina, y a partir de 1983, la Capilla Sixtina se convirtió en el escenario permanente de este significativo evento anual, marcando una tradición que simboliza el cuidado pastoral de la Iglesia por las familias de quienes sirven en el corazón del catolicismo.

León XIV dedicó una parte considerable de su reflexión al papel insustituible de los padres como los primeros y más influyentes educadores en la fe de sus hijos. Recalcó que el amor providente de Dios se manifiesta en la tierra de manera tangible a través de las madres y los padres, quienes, movidos por el afecto y la esperanza, solicitan el don de la fe para sus descendientes. El Pontífice también evocó la profunda conexión y el compromiso mutuo que une a padres e hijos a lo largo de su existencia, señalando que, así como llegará el momento en que los infantes ya no podrán ser cargados en brazos, también vendrá el día en que serán ellos quienes sostengan y cuiden a sus progenitores.

El Sumo Pontífice explicó que el sacramento del Bautismo, al ser el primero de los sacramentos, “nos integra en la única y gran familia de la Iglesia”. Expresó su ferviente deseo de que esta celebración sacramental “santifique en cada instante a todas sus familias, concediendo vigor y persistencia al afecto que las mantiene unidas”. Además, el Papa León XIV recordó a los presentes que el sacramento administrado a los niños significa que “Dios los ama incondicionalmente” y que, a través de él, “se transforman en cristianos, en nuestros hermanos y hermanas en Cristo”. En este contexto, afirmó con solemnidad: “Los hijos que ahora sostienen en sus brazos se convierten en criaturas nuevas. Así como de ustedes, sus padres, han recibido la vida biológica, ahora reciben también el sentido para vivirla plenamente: la fe”.

Finalmente, el Santo Padre se detuvo en el profundo significado de los gestos y símbolos que conforman el rito bautismal, describiéndolos como “bellísimos testimonios” de la acción divina en la vida cristiana. Explicó que “el agua de la fuente es el baño purificador en el Espíritu Santo, que libera de toda mancha de pecado; la vestidura blanca es el traje inmaculado que Dios Padre nos confiere para participar en la fiesta eterna de su Reino celestial; y la vela encendida del cirio pascual representa la luminosa presencia de Cristo resucitado, que ilumina y guía nuestro camino a lo largo de la existencia”.

La inspiradora celebración concluyó con una exhortación del Pontífice a la perseverancia en la fe. “Les deseo de corazón que continúen este camino de fe, con alegría y determinación, a lo largo del año que acaba de comenzar y durante toda su vida, con la certeza inquebrantable de que el Señor siempre acompañará sus pasos”, concluyó el Papa León XIV, dejando en el corazón de los presentes un mensaje de esperanza y compromiso cristiano.

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