En el corazón del Estado de México, la pequeña localidad de Santa Ana Ixtlahuatzingo se distingue por una tradición arraigada que transforma su templo parroquial en un impresionante vergel cada año. La Parroquia de Santa Ana Ixtlahuatzingo se convierte en el epicentro de una ofrenda floral que no solo embellece el espacio sagrado, sino que también encapsula la identidad, la fe y el profundo sentido de gratitud de una comunidad dedicada al cultivo de flores. Este singular evento se celebra en dos ocasiones clave del calendario litúrgico, atrayendo miradas y reafirmando el vínculo entre el pueblo, su tierra y su espiritualidad.
El primero de estos momentos ocurre el lunes previo al Miércoles de Ceniza, cuando la iglesia se engalana con miles de flores frescas como un tributo al Señor de la Misericordia. Posteriormente, la celebración se repite cada 26 de julio, coincidiendo con la festividad de Santa Ana y San Joaquín, padres de la Virgen María y abuelos de Jesucristo, quienes son también patronos de la localidad. Esta dualidad de fechas subraya la importancia de la tradición tanto en el ciclo litúrgico como en la devoción local.
El espectáculo visual es asombroso. El interior del templo se ve completamente tapizado por una diversidad de flores cultivadas en la región: rosas de vibrantes colores, gerberas, elegantes lilis orientales, delicados solidagos y robustos crisantemos, entre muchas otras variedades. Estas flores no solo adornan los altares, sino que trepan por muros y columnas, creando una atmósfera de exuberancia y devoción que envuelve a los feligreses y visitantes por completo. La maestría de los artesanos locales añade una dimensión artística y narrativa, construyendo escenas bíblicas y pasajes de la Pasión de Cristo. Estas representaciones se elaboran con estructuras metálicas de herrería, meticulosamente cubiertas con las flores más frescas, transformando el espacio en una galería de arte sacro efímero.
Fernando Chaves, floricultor local y uno de los principales coordinadores de esta ofrenda, explica que esta celebración va más allá de un simple arreglo floral. Para la comunidad de Santa Ana Ixtlahuatzingo, cuyo 90% de sus habitantes se dedica a la floricultura –ya sea en la siembra, la venta o la elaboración de composiciones artísticas–, esta ofrenda es una manifestación tangible de su fe y su agradecimiento. “Es una forma de darle gracias a Dios por el don del trabajo”, afirmó Chaves. Además, simboliza la gratitud por la intercesión de sus protectores celestiales: Santa Ana, San Joaquín y el Señor de la Misericordia, quienes son pilares espirituales en la vida cotidiana de los habitantes.
La génesis exacta de esta práctica se pierde en el tiempo, aunque la Diócesis de Tenancingo estima que la tradición podría tener alrededor de tres décadas de antigüedad. Chaves rememora que, en sus inicios, la ofrenda era más sencilla, consistiendo en flores que los fieles llevaban individualmente al templo. No obstante, un punto de inflexión significativo ocurrió aproximadamente en 2015. Fue en ese momento cuando la visión de un entonces párroco impulsó una transformación, invitando a la comunidad a dotar de un sentido más profundo al trabajo artístico. “Nos pidió alegorías bíblicas, que no fueran solo imágenes sin sentido, y nos metió la idea de empezar a representar con la Biblia”, relata Chaves. Este cambio marcó un antes y un después, elevando la ofrenda a una expresión artística y teológica más elaborada.
La preparación para este magno evento es un testimonio de dedicación y cohesión comunitaria. Se requieren aproximadamente quince días de intenso trabajo para diseñar, elaborar y colocar las estructuras que sostendrán los complejos arreglos florales. En este proceso, participan más de un centenar de personas, una labor que no solo demanda habilidad técnica, sino que también fomenta un valioso aprendizaje sobre el trabajo en equipo y la unidad. Chaves enfatiza que, más allá de la belleza del arreglo final, el verdadero valor reside en la colaboración y la convivencia pacífica. “La mejor ofrenda [que se le puede dar a Dios] es una buena comunicación y convivencia, incluso por encima del arreglo”, subraya, destacando la importancia de los lazos humanos sobre la perfección estética.
Esta tradición, que ha crecido en magnitud y esplendor, ha comenzado a atraer a numerosos visitantes, convirtiéndose en un motivo de orgullo para Santa Ana Ixtlahuatzingo. Sin embargo, el coordinador insiste en que el propósito fundamental no debe desvirtuarse por la afluencia de público o el reconocimiento. Es crucial, recalca, que se “le dé el primer lugar a Dios y no a la música, no al arreglo”. Para los floricultores, cada flor es un regalo divino y cada hora de esfuerzo es un acto de devoción. “Dios es el dueño de las flores, entonces es el dueño de nuestro tiempo”, concluye Chaves, sintetizando la esencia de esta ofrenda: un gesto concreto de gratitud y reverencia hacia el Creador que permite a la comunidad trabajar y florecer.
La tradición floral de Santa Ana Ixtlahuatzingo es, en esencia, una profunda expresión de identidad, fe y cohesión social. Es un recordatorio palpable de cómo una actividad económica puede entrelazarse con la espiritualidad para crear un legado cultural vibrante, donde cada pétalo y cada arreglo cuenta la historia de un pueblo que honra a Dios con la belleza que brota de su tierra y de sus manos.





