22 marzo, 2026

Ciudad del Vaticano – El Papa Francisco continuó este miércoles con su serie de catequesis dedicadas al Concilio Vaticano II, enfocando su reflexión en la Constitución dogmática *Lumen gentium*, documento fundamental aprobado el 21 de noviembre de 1964. Ante los fieles y peregrinos reunidos en la Audiencia General, el Sumo Pontífice desglosó la profunda identidad de la Iglesia Católica, describiéndola como un “misterio” revelado y un “sacramento” universal de salvación.

En el marco de su ciclo educativo sobre los pilares del Vaticano II, el Santo Padre subrayó la relevancia de *Lumen gentium* para comprender el origen y la misión de la Iglesia. Explicó que los Padres conciliares, al abordar la naturaleza eclesial, recurrieron al término “misterio”, una palabra que San Pablo, especialmente en su Carta a los Efesios, utiliza no para referirse a algo incomprensible o enigmático, sino para designar una realidad divina que, antes oculta, ha sido ahora plenamente manifestada.

Este “misterio”, según la enseñanza papal, es el designio eterno de Dios, cuyo propósito supremo es unificar a todas las criaturas. Esta cohesión universal se logra a través de la acción redentora y reconciliadora de Jesucristo, culminada en su muerte en la cruz. Francisco enfatizó que esta unificación se experimenta de manera palpable y primordial en la asamblea litúrgica, donde las diferencias y fragmentaciones humanas se relativizan. En este encuentro de fe, lo que prevalece es la congregación de personas atraídas por el Amor de Cristo, un amor que, como señaló San Pablo, ha derribado los muros de separación entre individuos y grupos sociales.

El Vicario de Cristo profundizó en la visión paulina, explicando que el misterio no es otra cosa que la manifestación de la voluntad divina para toda la humanidad. Esta voluntad se revela progresivamente en experiencias locales de fe, expandiéndose hasta abarcar a todos los seres humanos e incluso al cosmos entero. La condición inherente de la humanidad, una fragmentación que los individuos son incapaces de sanar por sí mismos, encuentra su resolución en la intervención de Jesucristo. Mediante la gracia del Espíritu Santo, Cristo ha vencido las fuerzas divisorias y al origen mismo de la división, reinstaurando la posibilidad de la unidad.

El Santo Padre resaltó que la experiencia de unirse en la celebración litúrgica, impulsados por la creencia en el Evangelio y atraídos por la cruz de Cristo —manifestación suprema del amor de Dios—, es sentirse convocados por la divinidad. De ahí proviene el término griego *ekklesía*, que significa “asamblea” o “congregación” de personas que reconocen haber sido llamadas. En este sentido, la Iglesia misma es la encarnación perceptible de este misterio divino, el plan de Dios hecho visible en la historia humana.

Esta convocatoria, al tener su origen en Dios, trasciende las fronteras de cualquier grupo particular de personas, estando destinada a ser una experiencia universal para toda la humanidad. Por ello, el Concilio Vaticano II, en el número 1 de la Constitución *Lumen gentium*, afirma con contundencia que “la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”.

Francisco dedicó especial atención a la explicación del término “sacramento” en este contexto eclesiológico. Al utilizarlo, el Concilio quiso indicar que la Iglesia es en la historia la expresión viva de lo que Dios desea realizar. Así, al observar a la Iglesia, se puede captar en cierta medida el plan divino, el “misterio” mismo. De esta manera, la Iglesia actúa como un signo elocuente y perceptible de la voluntad de Dios.

Más allá de ser un simple “signo”, el Concilio añade la dimensión de “instrumento”, lo que denota la naturaleza activa y operativa de la Iglesia. Cuando Dios obra en la historia, involucra en su actividad a las personas que son receptoras de su acción. Es precisamente a través de la Iglesia que Dios cumple su objetivo de unir a las personas consigo mismo y de congregarlas entre sí. La unión de los seres humanos con Dios, destacó el Papa, se refleja en la unión de las personas entre sí, constituyendo esta la esencia de la experiencia de la salvación.

No es casualidad, prosiguió el Pontífice, que el capítulo VII de la Constitución *Lumen gentium*, dedicado al carácter escatológico de la Iglesia peregrina, retome en su número 48 la descripción de la Iglesia como sacramento, con la especificación “de salvación”. El Concilio afirma: “Porque Cristo, elevado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos (cf. Jn 12,32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6,9), envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por Él hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre”.

Este pasaje conciliar, explicó el Papa Francisco, permite discernir la intrínseca relación entre la acción unificadora del misterio pascual de Jesús —su pasión, muerte y resurrección— y la identidad esencial de la Iglesia. Al mismo tiempo, instó a los fieles a cultivar un profundo agradecimiento por formar parte de la Iglesia, a la que describió como el Cuerpo de Cristo resucitado y el único Pueblo de Dios que peregrina a través de la historia.

La Iglesia, afirmó el Papa, vive como una presencia santificadora en medio de una humanidad todavía marcada por la fragmentación y las divisiones. En este contexto, se erige como un signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos, ofreciendo al mundo el camino hacia la plenitud de la vida en Cristo. La catequesis papal, por tanto, no solo profundizó en la doctrina, sino que también renovó el llamado a los católicos a vivir plenamente su vocación como instrumentos de la unidad divina en el mundo contemporáneo.

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