En el corazón palpitante de la capital andaluza, la Catedral de Sevilla, Monumento Patrimonio de la Humanidad, acoge una de las expresiones culturales y religiosas más arraigadas y enigmáticas de España: la Danza de los Seises. Esta coreografía ancestral, protagonizada por un grupo de niños, no es solo un espectáculo visual, sino un ritual de profunda devoción que entrelaza siglos de historia, fe y arte en una danza solemne frente al Santísimo Sacramento. Su singularidad y belleza la han convertido en un símbolo inconfundible del patrimonio inmaterial sevillano, atrayendo la mirada de fieles y visitantes por igual en momentos clave del calendario litúrgico.
Las raíces de los Seises se hunden en el siglo XV, aunque la primera constancia documentada de estos “niños danzantes” data de 1508. Originalmente, su interpretación estaba intrínsecamente ligada a la Solemnidad del Corpus Christi, una festividad central en el calendario católico. El nombre mismo, “Seises”, remite al número original de participantes, seis, que con el tiempo evolucionaría hasta los diez niños que la componen en la actualidad. Sin embargo, su significado trascendía lo numérico: era una ofrenda de pureza y un acto de veneración eucarística.
A lo largo de los siglos, la tradición de los Seises expandió su presencia en el calendario litúrgico de la Catedral. Hoy día, además de la Octava del Corpus Christi, estos jóvenes danzantes despliegan su gracia durante la Octava de la Inmaculada Concepción, con una vestimenta especial en tonos blancos y azules, y, muy notablemente, en el Triduo de Carnaval, los tres días previos al Miércoles de Ceniza que marcan el inicio de la Cuaresma. En cada una de estas ocasiones, la danza se ejecuta con una precisión y armonía que resuenan con la solemnidad del templo y el significado de las celebraciones.
La preparación para formar parte de este selecto grupo es rigurosa y exige un compromiso excepcional. Los diez niños, seleccionados principalmente del colegio Portaceli de Sevilla, se someten a un intenso entrenamiento que se extiende por dos años antes de su plena participación. El proceso de selección no solo considera la edad, generalmente entre nueve y once años, sino también aptitudes físicas como la estatura, para que se adapten a los trajes tradicionales, el sentido del ritmo y la capacidad de ejecutar movimientos específicos como “ponerse de puntillas”. Esta dedicación subraya que la Danza de los Seises no es un simple entretenimiento, sino una disciplina artística y espiritual heredada de generación en generación.
Para las familias sevillanas, ver a sus hijos formar parte de los Seises representa un honor y un privilegio inmenso. Sandra Sánchez Contreras, madre de Gonzalo y Jaime, quienes tuvieron la oportunidad de danzar, comparte la emoción que supone esta experiencia. “Es un gran compromiso”, comenta, “pero merece la pena, para ellos es una emoción muy grande”. Este sentimiento de orgullo se extiende a la comunidad, que valora la contribución de los niños y sus familias a la preservación de una tradición que define parte de la identidad cultural y religiosa de Sevilla.
La continuidad de los Seises no ha estado exenta de desafíos. En el siglo XVII, la tradición se vio seriamente amenazada por una prohibición eclesiástica que vetaba las danzas dentro de los templos. No obstante, la ingeniosidad del Cabildo Catedralicio y la intervención papal de Eugenio IV lograron salvarla. La bula papal permitió que la danza continuara “mientras durase la ropa de los niños danzantes”. Ante esta condición, el Cabildo adoptó una estrategia singular: cada año se sustituía solo una parte del traje (mangas, pantalones, casacas), asegurando que la vestimenta nunca se agotara por completo y, con ello, manteniendo viva la centenaria costumbre.
Los trajes actuales apenas difieren de las representaciones más antiguas conservadas. Confeccionados al estilo de los Austrias –casaca, pantalón corto y medias–, reflejan una continuidad estética que conecta a los danzantes modernos con sus predecesores de hace siglos. Esta fidelidad al diseño original, a pesar de pequeñas variaciones históricas en accesorios como el sombrero, refuerza la autenticidad y el valor histórico de la danza.
Lo que distingue a los Seises de Sevilla de otras danzas rituales presentes en España es su contexto y ejecución. Mientras que otras prácticas pueden incluir espadas, palos o castañuelas y conservar un carácter más arcaico y folclórico, la Danza de los Seises se desarrolla en el interior majestuoso de la Catedral, acompañada por una orquesta y una escolanía. Esta evolución musical y coreográfica le confiere una sofisticación y una solemnidad únicas, que la elevan más allá de una mera manifestación popular para convertirla en un acto litúrgico-artístico de primer orden.
El padre Alfonso Peña, miembro del Cabildo de la Catedral de Sevilla y director del coro gregoriano, enfatiza la esencia espiritual de la Danza de los Seises. Para él, y para todos los involucrados, es fundamental que los niños no pierdan el sentido profundo de su actuación: “Cantamos y danzamos ante el Santísimo, como forma de honrar la devoción eucarística”. Más allá de la belleza estética y la riqueza cultural, los Seises encarnan una ofrenda de fe, un acto de piedad infantil que se despliega con cada movimiento, preservando un legado que es tanto patrimonio artístico como testimonio de una devoción inquebrantable en el corazón de Sevilla.





