20 marzo, 2026

El pasado viernes, Roma fue escenario de un evento de profundo simbolismo que subraya la arraigada conexión entre la monarquía española y la Santa Sede. El Rey Felipe VI de España tomó formalmente posesión de su título como protocanónigo honorífico de la venerable Basílica Papal de Santa María la Mayor, uno de los templos marianos más antiguos de Occidente y una de las cuatro basílicas papales de la Ciudad Eterna. Esta solemne ceremonia no solo reitera un lazo histórico que se extiende por siglos, sino que también actualiza una tradición que posiciona al jefe de Estado español como un colaborador simbólico del Sumo Pontífice, sin implicar, no obstante, funciones ejecutivas o de gobierno eclesiástico.

La distinción de protocanónigo es un privilegio exclusivo y de carácter honorífico, destinado al monarca español, y su renovación representa un puente entre el pasado y el presente. Predecesores de Felipe VI, como Alfonso XIII en 1923 y Juan Carlos I en 1977, ya habían reafirmado este vínculo, asegurando la continuidad de una tradición que se remonta a épocas inmemoriales.

La jornada del monarca español en la capital italiana estuvo marcada por un encuentro previo de cincuenta minutos con el actual Pontífice en el Palacio Apostólico del Vaticano. Esta audiencia privada, de gran relevancia diplomática, ha servido como preludio al inminente viaje apostólico que el Santo Padre tiene programado realizar a España el próximo mes de junio, lo que añade una capa adicional de significado a la visita real.

A su llegada a la imponente Basílica de Santa María la Mayor, Sus Majestades fueron recibidos con los honores correspondientes. En la Puerta de Bronce, el canónigo español del cabildo, Mons. José Jaime Brosel, dio la bienvenida, mientras que en el pórtico, les esperaba el arcipreste del templo, el Cardenal Rolandas Makrickas. Durante su recorrido, los Reyes tuvieron la oportunidad de admirar la majestuosa estatua de Felipe IV de España, un ancestro directo del monarca actual, cuya obra fue diseñada por el célebre Gian Lorenzo Bernini. Esta pieza escultórica es un testimonio tangible de la profunda y secular relación espiritual e histórica que ha unido a España con este emblemático santuario mariano.

La procesión por la nave central del templo, acompañada por las melodiosas notas del “Ave María” interpretadas por el coro, condujo a los Reyes a su lugar de honor, situado a la derecha del altar principal. La ceremonia se inició con un saludo litúrgico y una oración en latín, seguidos de la lectura de un pasaje del Libro de la Sabiduría.

El primero en dirigir la palabra a la concurrencia fue el Cardenal Makrickas, quien en su intervención subrayó con elocuencia que “la tradición auténtica no es inmovilismo, sino transmisión viva de un don que atraviesa el tiempo”. El Cardenal también hizo hincapié en la especial encomienda de esta basílica para orar por España y por su Jefe de Estado, resaltando la dimensión espiritual de este vínculo.

Un momento central del rito fue la lectura de fragmentos de la bula “Hispaniarum fidelitas”, un documento trascendental con el cual el Papa Pío XII consolidó este lazo histórico. Dicha bula, firmada el 5 de agosto de 1953 –apenas tres semanas antes de la firma del concordato entre España y la Santa Sede–, ratificó los honores y privilegios asociados al jefe del Estado español en las funciones litúrgicas del templo, confirmando la devoción y protección históricas entre la nación ibérica y la Basílica.

Posteriormente, el Rey Felipe VI tomó la palabra para pronunciar un conciso discurso en el que reafirmó el compromiso inquebrantable de la Corona española con esta histórica institución romana. En su alocución, el monarca apeló a la urgente necesidad de “claridad de obra y de palabra, de corazón y de conciencia” en el complejo escenario actual. Invitó a trascender el egoísmo y la indiferencia, exhortando a la audiencia a convertirse en “un pequeño faro de concordia, generosidad y entrega al bien común”.

Felipe VI también evocó la rica tradición histórica del templo, rememorando la legendaria nevada milagrosa que, según la tradición, señaló el emplazamiento de la basílica en el monte Esquilino. Asimismo, dedicó un emotivo homenaje al legado del recordado Papa Francisco, a quien describió como “un faro ético de compasión y sabiduría”, poniendo de relieve su impacto espiritual y moral.

La ceremonia culminó con la invitación al Rey a ocupar su puesto entre los canónigos, seguida del rezo del Padre Nuestro y la bendición final, ambos pronunciados en latín. Al término del acto protocolario, los Reyes se dirigieron a la Capilla Paulina, al son del canto mariano “Tota Pulchra”, para visitar la venerada imagen de la Salus Populi Romani, patrona de Roma y tradicionalmente atribuida a San Lucas. Acto seguido, Sus Majestades guardaron un momento de recogimiento y oración ante la tumba del Papa Francisco, quien fuera sepultado en esta basílica el pasado mes de abril, un testimonio de su particular devoción mariana.

La distinción concedida a Felipe VI se inscribe en una relación histórica que se remonta a hitos tan significativos como el año 1603, cuando Felipe III de España colocó la basílica bajo protección real. Más tarde, en 1647, a instancias de Felipe IV, el Papa Inocencio X instituyó la Obra Pía de Santa María la Mayor, consolidando aún más los lazos de patronazgo y mecenazgo entre la Corona española y el templo. Este evento de investidura, por tanto, no es solo una ceremonia, sino la reafirmación viva de un puente ininterrumpido entre la fe, la historia y la diplomacia.

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