21 marzo, 2026

**Arequipa, Perú** – En una reciente reflexión teológica que resuena con los fundamentos de la fe cristiana, el Arzobispo de Arequipa, Monseñor Javier del Río, ha profundizado en el significado trascendental de la resurrección de Lázaro, tal como se narra en el Evangelio de San Juan. Según el prelado, este milagro es mucho más que un acontecimiento prodigioso; es una poderosa manifestación del dominio absoluto de Jesús sobre la muerte, un presagio y una anticipación de su propia victoria pascual.

En un artículo de análisis enviado a ACI Prensa, Mons. Del Río explicó que este acto divino, donde Jesús devuelve la vida a Lázaro, su amigo de Betania, simboliza una doble dimensión de su poder. Por un lado, evidencia una supremacía incontestable sobre la muerte física. Por otro, actúa como un adelanto profético de lo que Jesús lograría de manera perpetua a través de su misterio de pasión, muerte y resurrección. Este evento milagroso, que conmocionó a los testigos en su tiempo, se convierte así en un pilar central para comprender la magnitud de la promesa de vida eterna.

El arzobispo subrayó que el sacrificio y la resurrección de Cristo tienen como propósito fundamental “derribar el muro de la muerte”. Esta metáfora poderosa ilustra cómo la intervención divina no solo rompe las barreras de la mortalidad terrenal, sino que también ofrece a quienes acogen su amor una participación en su propia resurrección. “Su amor es inmortal”, enfatizó Mons. Del Río, sugiriendo que la esencia de esta victoria radica en la inmutabilidad y la eternidad del amor divino. Este amor, resultado supremo de la Pascua, se otorga a la humanidad a través del Espíritu Santo, que Dios concede generosamente a quienes lo buscan con sinceridad y fe.

Al examinar la narrativa evangélica, el prelado arequipeño destacó que la resurrección de Lázaro (Juan 11,1-45) representa el último de los grandes milagros públicos atribuidos a Jesús antes de su propia Pasión. Este evento no solo culmina una serie de signos, sino que también inicia el cumplimiento de antiguas profecías. Mons. Del Río hizo una conexión explícita con el profeta Ezequiel (Ezequiel 37,12-14), quien siglos antes había vaticinado la apertura de los sepulcros y la salida de los muertos. La resurrección de Lázaro, en esta luz, se presenta como una manifestación tangible de la fidelidad de Dios a sus promesas, un eco de la esperanza de restauración anunciada a Israel.

El Evangelista San Juan, al concluir su relato, explicita el propósito de su testimonio. Según Mons. Del Río, San Juan relató la resurrección de Lázaro y otros “signos” (milagros) realizados por Jesús con una intención clara: llevar a sus lectores a creer que Jesús es verdaderamente el Mesías prometido, el Hijo de Dios. Y, al creer en esta verdad fundamental, los fieles pueden alcanzar la vida eterna “en su nombre”. Esta es la invitación central del evangelio: no solo a la admiración de un milagro, sino a la transformación de la existencia a través de la fe en la identidad divina de Jesús.

Reforzando esta perspectiva, el Arzobispo de Arequipa recordó una homilía pronunciada por el Papa Benedicto XVI en 2017, en la que el Pontífice Emérito afirmaba la “indestructibilidad” de la vida gracias a la resurrección de Jesús. Esta idea subraya que el camino de Jesús no fue el de evitar la muerte, sino el de enfrentarla y vencerla desde su interior. Al entrar en el reino de la muerte, Jesús la derrotó y la destruyó, no únicamente para sí mismo, sino extendiendo esta victoria a todos aquellos que creen en Él. Es un acto de solidaridad divina que transforma la muerte de un fin absoluto a un umbral hacia una existencia renovada.

Para concluir su análisis, Mons. Del Río hizo referencia a un pasaje central de la Carta de San Pablo a los Romanos (Romanos 8,11). En este versículo, el apóstol de los gentiles escribió: “Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio de su Espíritu que habita en ustedes.” Esta poderosa afirmación paulina no solo valida la creencia en la resurrección de Jesús, sino que la extiende directamente a la vida de los creyentes. El Espíritu Santo, que es el aliento de vida divina, no solo fue el agente de la resurrección de Cristo, sino que también es la garantía de la futura glorificación de los cuerpos de los fieles, otorgando una perspectiva de esperanza y eternidad que trasciende la existencia terrenal.

En suma, la reflexión del Arzobispo Javier del Río sobre la resurrección de Lázaro no es solo un recordatorio de un milagro bíblico, sino una profunda meditación sobre la esencia del poder de Jesús, la promesa de la vida eterna y la centralidad del amor divino y el Espíritu Santo en el camino de la fe cristiana. Es un llamado a reconocer en cada relato evangélico la manifestación del plan redentor de Dios para la humanidad.

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