La profunda huella de la Pasión de Cristo en la cultura hispanohablante es innegable, manifestándose no solo en tradiciones y festividades, sino también en el propio tejido del idioma. Numerosos dichos y refranes populares, utilizados cotidianamente, tienen su origen en los relatos evangélicos, a menudo sin que sus hablantes sean conscientes de ello. En este contexto, el Obispo de Orihuela-Alicante, Monseñor José Ignacio Munilla, ha desgranado el significado espiritual de nueve de estas expresiones, revelando cómo la experiencia redentora de Cristo ha permeado la manera de entender la vida en el mundo hispano.
Durante una intervención en Radio María España, Mons. Munilla subrayó la riqueza de los evangelios de la Pasión, señalando que son algunos de los pasajes más detallados de las Escrituras. De ellos, según el prelado, ha emanado una vasta colección de expresiones idiomáticas que demuestran la profunda raigambre católica de nuestra cultura. En una época de creciente secularización, estas frases persisten en el habla común, a menudo despojadas de su significado primigenio. El objetivo del obispo fue reconectar estas expresiones con su raíz, destacando cómo Cristo no solo redimió al ser humano, sino que también le proporcionó una nueva lente para interpretar la existencia.
A continuación, exploramos estas nueve expresiones y el significado espiritual que les atribuye Monseñor Munilla:
**1. Llorar como la Magdalena**
Comúnmente se asocia con un llanto abundante y descontrolado. Sin embargo, su origen evangélico se remonta a María Magdalena ante el sepulcro vacío de Jesús, cuando expresó: “Se han llevado a mi Señor”. Mons. Munilla aclara que no se trata solo de la cantidad de lágrimas, sino de su cualidad: son lágrimas que buscan a la persona amada en su ausencia, reflejando esa sensación de vacío espiritual o de lejanía de Dios que puede experimentar el creyente.
**2. Lavarse las manos**
Este dicho, popularmente utilizado para eludir responsabilidades o evitar implicarse en un asunto, proviene del gesto de Poncio Pilato durante el juicio de Jesús. El prelado enfatiza que, a pesar del acto simbólico de Pilato, la conciencia no se purifica con rituales externos. La verdadera limpieza reside en la integridad moral y en la asunción de la responsabilidad personal, confrontando la elección entre lo práctico y la luz de la propia conciencia.
**3. Meter el dedo en la llaga**
La expresión, que puede referirse tanto a señalar un punto doloroso o incómodo como a ir a la raíz de un problema para buscar la verdad, tiene su génesis en la duda del apóstol Santo Tomás. Él exigió tocar las heridas de Jesús resucitado para creer. Según Munilla, en su sentido evangélico, implica no rehuir la realidad, incluso si esta es dolorosa, confrontando la propia verdad, reconociendo fragilidades o errores, no con el fin de regodearse en el sufrimiento, sino de encontrar la redención.
**4. Otro gallo te cantaría**
Esta frase se emplea para indicar que, bajo diferentes circunstancias, el resultado de una situación sería otro. Su origen está en la negación de San Pedro, predicha por Jesús antes de que el gallo cantara. El obispo Munilla profundiza en su significado, sugiriendo que la vida no es solo producto del azar, sino también de nuestras decisiones. El refrán, en esta óptica, es un recordatorio de que las elecciones personales tienen consecuencias, y el gallo simboliza, además, la voz de la conciencia.
**5. De Herodes a Pilatos**
La expresión describe un periplo ineficaz o un intento de evadir un problema pasándolo de una autoridad a otra, sin resolverlo. Se refiere al traslado de Jesús entre Herodes y Pilato durante su pasión. Para Mons. Munilla, la frase denuncia la cobardía moral y el relativismo práctico. Ambos personajes evangélicos fallaron en lo esencial: Pilato, al saber la inocencia de Jesús pero no actuar; Herodes, al mostrar curiosidad sin buscar la verdad. El dicho, así, enfatiza que no basta con abstenerse de hacer el mal, sino que es imperativo actuar correctamente cuando se requiere.
**6. Rasgarse las vestiduras**
Popularmente, este gesto denota una indignación o consternación exagerada. Su origen bíblico radica en el Sumo Sacerdote Caifás, quien se rasgó las vestiduras cuando Jesús se proclamó Hijo de Dios, interpretándolo como una blasfemia. Aunque tradicionalmente era un signo de dolor o duelo, en este contexto, el obispo señala que se convirtió en un instrumento de condena injusta. El refrán, entonces, subraya la primacía del corazón sobre las apariencias externas, abogando por la docilidad a Dios y la autenticidad espiritual frente a la teatralidad o la indignación vacía.
**7. El beso de Judas**
Este dicho se refiere a un acto de traición disimulado bajo una muestra de afecto o amistad. Su raíz es el beso con el que Judas Iscariote identificó a Jesús para los soldados en el Huerto de los Olivos. Para Mons. Munilla, esta expresión alude a la “corrupción de lo sagrado”, es decir, el uso de gestos o palabras piadosas sin verdad. También destaca la vulnerabilidad de cualquier persona ante la posibilidad de la traición, incluso de aquellos cercanos.
**8. No hay Domingo de Ramos sin Viernes Santo**
Esta frase popularmente enseña que los momentos de triunfo o alegría suelen ir precedidos o seguidos de dificultades. Espiritualmente, Mons. Munilla interpreta que la cruz no es un imprevisto, sino parte del plan divino. Además, advierte que quienes huyen sistemáticamente de la cruz y el sacrificio terminan también evadiendo el amor verdadero y profundo.
**9. Lo escrito, escrito está**
Utilizada para expresar la irrevocabilidad de una decisión o de un destino, esta frase surge de la respuesta de Pilato a los judíos cuando le pidieron modificar la inscripción “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos” en la cruz. Mons. Munilla le otorga un significado social de irreversibilidad, pero a un nivel más profundo, lo ve como el lugar donde Dios revela la verdad definitiva, incluso a través de acciones humanas realizadas con intención de burla. También lleva una advertencia: ciertas palabras y actos configuran nuestro ser y corazón de manera imborrable, por lo que su trascendencia es innegable.
En resumen, la labor de Monseñor Munilla nos invita a redescubrir la riqueza lingüística y espiritual que subyace en nuestro idioma. Estas expresiones, más allá de su uso coloquial, son ecos de una historia de fe que ha moldeado no solo el castellano, sino la misma cosmovisión de los pueblos hispanohablantes, ofreciendo verdades atemporales sobre la vida, la moral y la condición humana.








