30 mayo, 2026

La resistencia de la fe católica en Nicaragua frente a la constante represión del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo fue el eje central de un reciente debate en Washington D.C. Rosalía Gutiérrez-Huete Miller, presidenta de la Coalición por la Libertad de Nicaragua, alzó su voz para denunciar el “silencio” que rodea la sistemática persecución contra los católicos en su país, a pesar de la creciente presión y el asedio de la dictadura.

La situación actual resuena con un eco lejano, pero persistente, de los llamados de auxilio que han brotado de Nicaragua en los últimos años. Un ejemplo palpable fue la imagen de un joven nicaragüense que, desafiando la prohibición y el miedo, levantó una pancarta con el mensaje “S.O.S. Nicaragua” durante la ceremonia de apertura de la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá en enero de 2019. Aquella protesta solitaria fue un adelanto de la creciente asfixia de las libertades que hoy, años después, continúa y se agudiza bajo el mismo gobierno.

El panel de discusión, celebrado el pasado 29 de mayo en el influyente Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) en Washington D.C., se enmarca en un contexto de creciente preocupación internacional. Se realizó tras la publicación, en marzo de 2026, de un informe crucial del Grupo de Expertos en Derechos Humanos de las Naciones Unidas sobre Nicaragua (GHREN). Este documento detalla la implacable represión sistemática y las graves violaciones de los derechos humanos perpetradas contra el pueblo nicaragüense, poniendo de manifiesto la profundidad de la crisis humanitaria y política.

Gutiérrez-Huete Miller, a quien el régimen nicaragüense despojó de su ciudadanía en 2023 en un acto de represalia política y despojo legal, subrayó la alarmante “falta de libertad de culto” que sufren los católicos. Explicó cómo, en un esfuerzo por sobrevivir y evitar la persecución directa, otras confesiones religiosas en Nicaragua han optado por “colaborar con el gobierno”. Esta estrategia, aunque quizás mitiga la presión inmediata, plantea serias preguntas sobre la autonomía y la integridad religiosa en un Estado bajo control autoritario, donde la fe es instrumentalizada o silenciada.

La situación se agrava con el omnipresente control estatal sobre las prácticas religiosas. La activista reveló que “todo tiene que ser revisado por el gobierno, especialmente lo que los sacerdotes van a predicar el domingo”. Más allá de la censura previa, el régimen de Ortega y Murillo ha desplegado una red de espías en las iglesias. Estos informantes, según Miller, “no solo toman notas, sino que graban lo que dice el sacerdote en caso de que la homilía haya sido modificada o haya alguna variación” respecto a lo aprobado por las autoridades. Esta vigilancia constante busca erradicar cualquier atisbo de disidencia o mensaje que pueda interpretarse como crítico al poder establecido, sofocando la libertad de cátedra y la expresión religiosa.

El ambiente de intimidación ha generado un profundo “silencio” entre quienes no se alinean con el gobierno. “Quienes no están con [el gobierno] guardan silencio”, afirmó Miller, compartiendo una reveladora anécdota personal. “Tengo permiso para mencionar que en mi reunión con Monseñor Silvio José Báez, obispo auxiliar de Managua, cuando le pregunté cuál era la situación de la Iglesia Católica en Nicaragua, me respondió: ‘Silencio'”. Esta poderosa respuesta, de una figura eclesiástica prominente, encapsula la asfixia que padece la libertad de expresión y la autonomía de la Iglesia en el país, forzada a una postura de cautela extrema.

Miller analizó la motivación detrás de esta implacable represión: “Creo que Rosario Murillo le teme al poder de la fe nicaragüense”. La “copresidenta” y esposa de Daniel Ortega ve en los valores que “dan forma a las creencias y compromisos” de los ciudadanos una amenaza directa a su control. “Ella, como sabemos, necesita controlar y reprimir a las comunidades de fe para impedir el proceso social y las protestas, porque eso les genera inmediatamente preocupación”, explicó Miller, sugiriendo que la fe organizada es percibida como un potente catalizador de la disidencia social y un contrapeso moral que el régimen busca anular.

La represión ha golpeado incluso las tradiciones más arraigadas del pueblo nicaragüense. Miller lamentó profundamente la cancelación de las procesiones tradicionales de Semana Santa en todo el país, que antes eran “una ocasión llena de alegría” y ahora no pueden celebrarse públicamente. La nostalgia por lo perdido es palpable: “Recuerdo lo que eso significaba para un niño, para toda la población”, dijo con pesar. Sin embargo, la fe persiste a puertas cerradas. “¿Pero saben qué? Si ven los videos, y yo los veo, se están celebrando dentro de las iglesias. Y eso me da mucho ánimo, mucho orgullo, porque no pueden simplemente aniquilarnos […] La fe se sigue practicando a pesar de todo”, concluyó con un mensaje de esperanza y resistencia inquebrantable de la población.

La discusión en el CSIS contó también con la participación de otras voces expertas, enriqueciendo el análisis de la compleja situación nicaragüense. Entre los panelistas se encontraban Christopher Hernandez-Roy, director interino e investigador principal del Programa para las Américas, quien aportó su visión regional; Jan-Michael Simon, presidente del Grupo de Expertos en Derechos Humanos de las Naciones Unidas sobre Nicaragua (GHREN), presentando hallazgos clave de su reciente informe que documenta las atrocidades; y Juan Holmann Chamorro, director y editor del influyente periódico nicaragüense La Prensa, cuya perspectiva desde dentro del país es crucial para entender la censura y la lucha por la información.

El testimonio de Rosalía Gutiérrez-Huete Miller y la evidencia presentada en el panel del CSIS subrayan la urgente necesidad de atención internacional sobre Nicaragua. Mientras la dictadura intensifica su asedio a la libertad religiosa y los derechos humanos, la resiliencia de la fe católica y la voz de quienes, como Miller, continúan denunciando la situación, son faros de esperanza en medio del “silencio” impuesto. La comunidad internacional se enfrenta al desafío de romper ese silencio y apoyar a un pueblo que se aferra a su fe y a sus derechos fundamentales frente a la opresión autoritaria.

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