El Papa León XIV hizo un enérgico llamado a la humanidad para que, en medio de la “lamentable situación” que la aqueja, se dedique a reexaminar las “preguntas fundamentales” que han impulsado la reflexión de incontables generaciones. Sus palabras resonaron este sábado en el Palacio Apostólico del Vaticano, durante el encuentro con los miembros de la fundación Centesimus Annus Pro Pontifice, que celebraban su Asamblea General y Conferencia Internacional de 2026.
El Pontífice destacó el compromiso de la fundación con el estudio y la aplicación de la doctrina social católica, un ámbito que considera “muy querido” y “una parte esencial de la misión de la Iglesia en este mundo”. Subrayó que la visita de los miembros a Roma coincidía con la reciente publicación de `Magnifica humanitas`, su primera encíclica, la cual, aseguró, puede arrojar luz sobre diversas cuestiones abordadas durante las jornadas de trabajo de la organización. La relevancia de este documento se presenta como una guía en tiempos de gran incertidumbre y polarización.
León XIV enfatizó que, ante los complejos desafíos que enfrenta la humanidad –marcados por la violencia de la guerra, la creciente polarización social y profundas divisiones culturales–, emerge una nueva esperanza basada en un denominador común ineludible: nuestra “humanidad compartida”. Es precisamente en momentos de adversidad, reflexionó el Santo Padre, cuando los seres humanos se ven impulsados a un examen introspectivo, a formularse nuevamente aquellas interrogantes esenciales que definen nuestra existencia y propósito.
“¿Adónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué rumbo debemos elegir como comunidad humana y como pueblos?”, inquirió el Papa León, citando explícitamente fragmentos de su encíclica publicada el pasado 25 de mayo. Estas preguntas, manifestó, son una manifestación diáfana de la búsqueda incesante de la verdad por parte de la humanidad. Revelan, asimismo, un anhelo inherente por algo más, una “sed de Dios” y un deseo profundo de encontrar un sentido perdurable en la vida. El Pontífice resaltó que estas cuestiones ponen de manifiesto aspectos fundamentales de nuestra condición humana: los dones divinos de la razón, que nos permite discernir la verdad, y la libertad, que nos capacita para perseguir el bien.
En su discurso, León XIV insistió en la urgencia de redescubrir el “auténtico sentido de la libertad”. Clarificó que esta no debe confundirse con la mera capacidad de hacer lo que uno desea, sino que posee una intrínseca “dimensión relacional”. Es en esta interacción y conexión con los demás donde, según el Santo Padre, se encuentra la plenitud de la persona, tanto a nivel individual como social. Para reforzar esta idea, el Papa citó una memorable frase de San Juan Pablo II: “La libertad se usa para amar”, encapsulando la esencia de una libertad orientada al servicio y a la entrega.
Continuando con su reflexión sobre la naturaleza humana y la sociedad, el Pontífice hizo referencia a San Agustín. Explicó cómo las dos “ciudades” descritas por el Santo Obispo de Hipona no solo ilustran la complejidad del corazón humano, sino que también caracterizan las civilizaciones que los hombres construyen. Por un lado, la “Ciudad del Hombre”, edificada sobre el orgullo y el amor propio, se manifiesta en un individualismo egoísta que fragmenta las comunidades. Por otro lado, la “Ciudad de Dios”, cimentada en el amor a Dios llevado hasta el altruismo y el cultivo de relaciones auténticas, es la que verdaderamente posibilita la edificación de una “civilización del amor”, un ideal de convivencia basado en la fraternidad y el bien común.
Desde esta perspectiva agustiniana, el Papa León argumentó que lo que subyace a la “crisis de las democracias contemporáneas” es, en esencia, una “crisis antropológica”. Esta crisis, explicó, proviene de un olvido generalizado del Creador y de los principios que fundamentan la dignidad humana. No obstante, lejos de caer en la desesperación, el Santo Padre hizo un llamado a la acción. Instó a los presentes y a la humanidad en general a asumir su parte en la construcción de un futuro mejor, recordando una poderosa frase de `Magnifica humanitas`: “La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de la suma de pequeñas pero tenaces lealtades que actúan como barrera contra la deshumanización”. Este enfoque resalta la importancia de las acciones cotidianas y el compromiso constante en la edificación de una sociedad más humana.
Finalmente, el Pontífice destacó la importancia crucial del diálogo para promover y construir una verdadera “civilización del amor”. Este diálogo, especificó, debe estar “basado en la verdad”, reconociendo y valorando la “humanidad común” de cada persona. Solo a través de una comunicación que tenga presente la dignidad intrínseca de cada individuo será posible “superar el egoísmo y los intereses particulares” en aras del bien común, forjando un futuro donde la convivencia y el respeto mutuo sean los pilares de la sociedad.








