9 julio, 2026

Bajo el evocador lema “Tu Madre te busca”, el Real Monasterio de Guadalupe, situado en la región de Extremadura, España, se prepara para acoger el Año Jubilar de la Virgen de Guadalupe. Este periodo de gracia se extenderá desde el 30 de agosto de 2026 hasta el 8 de septiembre de 2027, prometiendo un año de profunda reflexión y devoción para miles de fieles.

El anuncio oficial tuvo lugar en la histórica Sala Capitular Jerónima del propio monasterio, un enclave de gran significado cultural y espiritual. Durante la presentación, Mons. Francisco Cerro, Arzobispo de Toledo, y Mons. José Rodríguez Carballo, Arzobispo de Mérida-Badajoz, enfatizaron la trascendencia internacional de este santuario mariano. Subrayaron su papel inquebrantable como epicentro de la devoción a María en España y su proyección universal, conectando pueblos y culturas a través de la fe.

En una carta pastoral conjunta, elaborada especialmente para este Año Santo Guadalupense, los arzobispos de Toledo y Mérida-Badajoz, junto a Mons. Jesús Pulido, Obispo de Coria-Cáceres; Mons. Ernesto Jesús Brotóns, Obispo de Plasencia; y Mons. Francisco César García Magán, Obispo auxiliar de Toledo, articularon la esencia espiritual del jubileo. Señalaron que en el rostro de la Virgen de Guadalupe “nos alcanza el amor y la ternura de Dios, la esencia misma del Evangelio”, una invitación a redescubrir la misericordia divina.

El mensaje episcopal instó a los fieles a dejarse mirar por la Virgen, quien “sabe bien de nuestros gozos y fatigas, nos acompaña y sale presurosa a nuestro encuentro en nuestros temores y soledades.” En un contexto de desafíos contemporáneos, descrito por los prelados como “tiempos recios,” la figura de la Morenita de Guadalupe emerge como un faro de confianza y una poderosa exhortación a no tener miedo, anclando la esperanza en la intercesión mariana.

Los obispos también hicieron una emotiva referencia al vínculo inquebrantable entre el santuario extremeño y sus homólogos en América, particularmente en México. Afirmaron que “a nadie sorprende que, entrañada en el corazón de nuestros misioneros, la dulce advocación de Guadalupe fuera llevada desde Extremadura a tierras lejanas para echar raíces no sólo en México, sino en todo el continente americano.” Este hermanamiento resalta la profunda huella cultural y espiritual de la devoción mariana española en el Nuevo Mundo.

La misiva pastoral rememoró a los “Doce Apóstoles de México,” aquellos frailes franciscanos que, desde el monasterio de Belvís de Monroy, partieron con el Evangelio en la mano y la devoción a la Virgen de Guadalupe en su corazón. Siglos después, este dulce nombre de María sigue siendo un potente símbolo de hermandad entre España y el continente americano, un legado que se revitaliza con cada celebración jubilar.

En su reflexión teológica, los prelados destacaron a María como “la imagen del discípulo perfecto,” modelo de adhesión total y responsable a la voluntad de Dios. Como Virgen y esposa, “nos da ejemplo de total pertenencia, consagración y abandono a Dios y a la persona y obra de su Hijo, de total acogida y receptividad a la acción del Espíritu.” Su presencia al pie de la cruz, el momento culmen de la redención, manifestó una “especial misión salvífica” que ilumina la vida de la Iglesia, concebida como “hogar de puertas abiertas” y “fraternidad de hermanos” llamada a “engendrar a Cristo para el mundo.”

El Monasterio de Guadalupe, guardián de esta antiquísima devoción española, aspira a configurarse durante el Año Jubilar como un “lugar de búsqueda y encuentro.” Los obispos lo describieron como “una pequeña Betania,” un refugio que acoge al peregrino en su anhelo de “buscador de Dios, de paz, de sentido y de esperanza.” Este espacio sagrado, erigido como un símbolo de los lazos que unen a América y España, se presenta como un epicentro de hospitalidad y convergencia espiritual.

En relación con las indulgencias concedidas durante el jubileo, los obispos señalaron que el monasterio es un espacio propicio para que, “de la mano de nuestra Madre de Guadalupe, descansar en Él y dejarnos abrazar por su misericordia, abrazo que sana, restaura y levanta.” Así, el jubileo no es solo una celebración, sino una oportunidad para la renovación espiritual profunda y el reencuentro con la gracia divina.

Además, los prelados hicieron hincapié en la intrínseca conexión entre la devoción mariana y el compromiso social. “No es posible amar a la Virgen y no amar al hermano, al pobre, al que sufre,” afirmaron. Del mismo modo, insistieron en que el amor a María es inseparable de la aceptación de la Iglesia “como misterio de comunión,” subrayando la dimensión comunitaria y solidaria de la fe.

En un contexto social y político nacional e internacional marcado por la incertidumbre, los obispos recordaron que la Virgen es invocada en las letanías como Reina de la Paz. “Impotentes ante tanto dolor,” expresaron, “acudimos a nuestra Madre de Guadalupe, a Ella que ha sido capaz de hermanar pueblos a ambos lados del océano, como protectora y guía en la búsqueda de la paz.” Este llamado adquiere una resonancia especial en un mundo sediento de concordia.

El mensaje de los prelados concluyó recordando la consagración de Extremadura al Inmaculado Corazón de María en 1956, e invitando encarecidamente a seglares, sacerdotes, consagrados, asociaciones e instituciones a no permitir “que este jubileo pase de puntillas por nuestras vidas y comunidades.” “Mientras nos sostenga esa mirada tierna de la Morenita, Extremadura no estará huérfana, ninguno de nosotros estaremos huérfanos,” concluyeron, instando a todos a dejarse guiar por el Espíritu de Dios y a confiarse plenamente al cuidado de la Virgen, para seguir los pasos de Jesús y entregarse sin reservas a Dios Padre bajo su mediación suplicante y su ejemplo.

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