En la solemne festividad de Santiago Apóstol, patrono de España, el arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Francisco José Prieto, pronunció una homilía que invitó a la profunda reflexión sobre la esencia de la fe. Desde la majestuosa catedral compostelana, monseñor Prieto enfatizó que la fe de Santiago, el primer apóstol en ofrecer su vida en martirio por Jesucristo, no fue una idea abstracta, sino una “vida entregada” por completo. Su discurso subrayó la trascendencia de vivir plenamente las convicciones espirituales.
El prelado ofreció un repaso conciso de la vida de Santiago el Mayor, hermano de Juan. Describió su trayectoria como un sendero de “testimonio, fragilidad y servicio”. Antes de la tradición del Camino de Santiago y los miles de peregrinos que hoy lo recorren, y antes de la historia que “ha modelado la identidad cristiana y cultural de España”, existió un apóstol, un testigo inquebrantable y un mártir. Este legado, explicó monseñor Prieto, nos recuerda la pura esencia de la entrega evangélica y el compromiso radical con la llamada divina.
Al recordar el martirio de Santiago, ejecutado por orden del rey Herodes, el arzobispo subrayó la necesidad contemporánea de contar con “testigos, hombres y mujeres capaces de buscar la verdad y de vivir conforme a su conciencia”. Hizo un llamado a los cristianos para que no intenten imponer sus creencias, pero tampoco teman “ofrecerla y testimoniarla públicamente”. Esta invitación a la autenticidad y el coraje en la fe resalta la importancia de la coherencia entre lo que se cree y cómo se vive, siempre desde el respeto a las diversas perspectivas en una sociedad plural.
En este contexto, monseñor Prieto evocó la reciente visita del Papa León a España, durante la cual el Pontífice destacó de manera enfática la relevancia de la libertad religiosa y de conciencia. El Santo Padre subrayó que estos son bienes fundamentales que la sociedad debe “proteger para todos”, una convicción plenamente compartida por el arzobispo. Prieto insistió en que “una sociedad verdaderamente libre y plural no puede temer la presencia pública de la fe”, argumentando que la manifestación pública de las convicciones religiosas es un pilar esencial de una democracia madura y abierta.
Para el arzobispo, el creyente está llamado a participar activamente en la edificación del bien común. Esta participación, afirmó, debe forjarse “desde sus convicciones, respetando las de los demás y ofreciendo las propias con libertad y humildad”. Este equilibrio entre la afirmación de la propia fe y el respeto por las diversas perspectivas es crucial para la convivencia armónica y el progreso social, donde el diálogo constructivo prevalece sobre la imposición.
**Caminar juntos en la conciencia de nuestra fragilidad**
Monseñor Prieto también hizo referencia a la ambición inicial de Santiago y Juan, conocidos como los “hijos del trueno”, quienes aspiraban a ocupar los puestos de honor entre los discípulos. Jesús, lejos de rechazarlos, los educó y transformó. Esta transformación culminó en la capacidad de Santiago para entregar su vida por el Señor, un testimonio de profunda evolución espiritual y de cómo la gracia divina puede reorientar las aspiraciones humanas.
A partir de este relato, el arzobispo explicó que solo al ser “conscientes de nuestra fragilidad” podemos reconocer plenamente la “dignidad inviolable” inherente a cada persona. Esta convicción fundamental del cristianismo postula que toda persona posee una dignidad intrínseca, sin importar si piensa “de manera diferente” o si carece de la capacidad para defenderse a sí misma. La vulnerabilidad, lejos de ser un signo de debilidad, se convierte en un recordatorio de nuestra humanidad compartida y de la necesidad imperativa de apoyo mutuo.
“Por eso una sociedad se mide también por el modo en que trata a los más vulnerables”, sentenció monseñor Prieto. El cristiano, el creyente, no puede reducir al ser humano a una estadística, a un problema, a una carga, o simplemente a un criterio de utilidad o inutilidad. Desde una visión cristiana, el otro es siempre un hermano, un prójimo con quien compartimos un mismo destino y al que estamos llamados a servir con compasión y justicia.
En un gesto de cercanía y solidaridad, monseñor Prieto dedicó un recuerdo especial a las víctimas de los “terribles incendios” que asolaron Almería, y a los afectados por causas similares en Ávila y Madrid. Asimismo, extendió su pensamiento y sus oraciones a Venezuela, que enfrentó “devastadores terremotos el 24 de junio”. “Ahí están nuestra mirada y nuestra cercanía hoy aquí desde Santiago”, afirmó, conectando la espiritualidad del lugar sagrado con las tragedias que afectan al mundo entero.
El arzobispo profundizó en la antítesis entre el dominio y el servicio, un tema recurrente en la enseñanza de Jesús. “Frente a la lógica del dominio, Jesús propone la lógica del servicio. Frente a la búsqueda del propio interés, el bien de los demás”, añadió, retomando la alusión a la inicial avidez de Santiago y Juan por los primeros puestos. Este principio es fundamental para la construcción de comunidades justas, equitativas y compasivas, donde el liderazgo se entiende como una entrega a los demás.
“Toda autoridad en la comunidad cristiana solo puede entenderse como servicio”, aseguró monseñor Prieto. Como metáfora de esta enseñanza, presentó las peregrinaciones en el Camino de Santiago, que demuestran que “podemos caminar juntos sin renunciar a nuestra identidad” y que “nadie llega lejos completamente solo”. El Camino se convierte así en un poderoso símbolo de la fraternidad, la interdependencia y la riqueza que surge del encuentro y el apoyo mutuo.
Finalmente, el arzobispo concluyó su homilía instando a los fieles a mirar nuevamente al apóstol Santiago. “El discípulo que quiso ser el primero aprendió a servir. El hombre que buscó un puesto de honor terminó entregando su vida. El discípulo se convirtió en apóstol, y el apóstol en mártir”, recapituló, destacando la profunda transformación del Apóstol. Monseñor Prieto elevó una oración para que el patrono de España les ayude a ser “una Iglesia que no tenga miedo de dar testimonio” y encomendó a Galicia, España y a toda Europa, para que logren “construir una sociedad en la que nadie sea descartado”.








