Alcanzar un siglo de existencia permite mirar el mundo con una perspectiva profunda y reposada. Esto es precisamente lo que experimenta el padre Ricardo Bello Mato, quien recientemente conmemoró sus 100 años en la residencia sacerdotal situada en la ciudad española de Santiago de Compostela. Con una trayectoria marcada por más de siete décadas de servicio pastoral en la región, el longevo presbítero compartió recientemente su particular visión acerca de la vida eterna y el concepto del Cielo.
Una morada junto a la Trinidad
Lejos de las descripciones tradicionales o abstractas, el sacerdote concibe la morada celestial como un espacio de profunda comunión y cercanía divina. Tal como difundió la propia Archidiócesis de Santiago de Compostela, el religioso define este estado con una imagen muy cercana: “Es como una residencia alrededor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Un espacio lleno de la inmensidad de Dios, una convivencia de los hijos de Dios, viendo en el cosmos la fuerza creadora y maravillosa de Dios”.
Actualmente, el padre Ricardo dedica sus jornadas a la oración, la escritura y la atención espiritual, consolidando una rutina apacible tras una vida sumamente activa.
Vocación, recuerdos y dificultades superadas
Al reflexionar sobre su decisión de abrazar el ministerio eclesiástico tras ser ordenado en 1955, el sacerdote asegura que el camino emprendido valió plenamente la pena. Al respecto, destaca el respaldo recibido por parte de las comunidades a las que asistió a lo largo de los años: “Para mí sí y creo que también para algunos fieles a quienes he dado apoyo y que luego me lo agradecieron”.
Entre los momentos más significativos de su memoria personal figuran su consagración como diácono y la celebración de su primera eucaristía. Sobre la primera ceremonia, recuerda que fue presidida por el entonces cardenal Fernando Quiroga, y destaca una anécdota singular: “Éramos unos 33 y hubo un momento en el que había que hablar y dar las gracias y me tocó a mí, por ser el mayor”. En cuanto a su debut litúrgico, celebrado en su localidad natal de Cances con gran participación popular, confiesa que se sentía profundamente abrumado: “En la primera Misa me encontraba indigno y limitado. Eso fue impactante. Fue en el año 1955 en la parroquia de Cances, con mucha fiesta y mucha ilusión”.
Como en cualquier existencia prolongada, las dificultades no estuvieron ausentes. Sin embargo, el sacerdote afrontó los reveses con templanza: “Muchas, que procuré llevar bien”, señala al referirse a las pruebas que encontró en su camino.
Como reconocimiento a su trayectoria, el arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Francisco José Prieto Fernández, acudió a visitarle para felicitarle personalmente por este hito centenario.
Un siglo marcado por la historia y la entrega pastoral
Nacido el 1 de agosto de 1926 en el seno de una familia numerosa, la infancia del padre Ricardo estuvo condicionada por los difíciles años de la Guerra Civil Española. La pérdida de su hermano mayor le obligó a madurar de manera prematura para asumir responsabilidades familiares. Posteriormente, su formación continuó en un colegio salesiano madrileño antes de ingresar formalmente en el seminario.
A pesar de haber albergado en su juventud el deseo de realizar labor misionera en América —un proyecto que fue redirigido por sus superiores al encomendarizarle la zona de Ozón, cerca de Muxía—, el sacerdote desarrolló una intensa labor en diversas parroquias gallegas. En su memoria permanece la convicción de que su destino estaba en su tierra natal, afirmando con sencillez que “el Espíritu Santo ahí me agarró y no me soltó”.
Su labor no se limitó al ámbito parroquial, ya que también participó en la recuperación de un monasterio, impartió numerosos ejercicios espirituales y, a partir de 1999, ejerció como capellán en la residencia de la Fundación Padre Rubinos y de las Hermanas de la Caridad, volcándose en la atención a los ancianos y necesitados hasta el día de hoy.








