

Monseñor José Gómez, máximo representante de la arquidiócesis angelina, ha puesto sobre la mesa la memoria histórica de aquellos ciudadanos mexicanos que se vieron obligados a abandonar su nación a principios del siglo pasado. El éxodo masivo respondió a una violenta campaña de hostigamiento contra las comunidades católicas impulsada por el aparato estatal mexicano.
Mediante un texto reflexivo difundido en medios eclesiásticos y titulado Haciendo memoria de la persecución en México, un siglo después, el prelado de origen regiomontano trajo al presente el centenario que se conmemora en este 2026. Dicha fecha marca los 100 años de la puesta en marcha de la conocida Ley Calles, un estatuto de corte anticlerical promovido por el entonces mandatario Plutarco Elías Calles que estranguló por completo las actividades ministeriales y vetó cualquier manifestación de culto público.
El jerarca eclesiástico rememoró cómo los inmuebles sagrados sufrieron confiscaciones masivas, terminando muchos de ellos clausurados, profanados o totalmente derruidos por orden gubernamental.
La respuesta episcopal y el estallido de la resistencia
Ante la asfixia institucional provocada por la normativa federal que entró en vigor el 31 de julio de 1926, la jerarquía episcopal optó por interrumpir de manera indefinida las ceremonias abiertas a los fieles en todo el territorio mexicano. De acuerdo con investigaciones históricas especializadas como las de Jean Meyer en su emblemática obra La Cristiada, esta decisión supuso el detonante formal del levantamiento armado conocido popularmente como la guerra cristera.
Durante aquel periodo de confrontación y violencia extrema, el clero y los fieles laicos sufrieron ejecuciones sumarias. Monseñor Gómez detalló que numerosos presbíteros fueron fusilados incluso mientras consagraban la eucaristía, al tiempo que las congregaciones femeninas sufrieron destierros y personas de todas las edades, incluidos menores de edad, sufrieron torturas y asesinatos sistemáticos.
El líder católico destacó además que el régimen llegó al extremo de exhibir los cuerpos de sus víctimas colgándolos de los postes telefónicos junto a las rutas principales. A pesar de que el presidente Calles alardeó públicamente con erradicar todo vestigio de catolicismo en el territorio nacional en el lapso de una sola generación, la historia demostró la falsedad de su pronóstico.
El arzobispo compartió vivencias de su propia infancia al afirmar: “Yo crecí en Monterrey, en la generación posterior a aquellas persecuciones”, agregando que en su entorno conocían perfectamente los nombres de los mártires y su actitud de perdón hacia sus verdugos, marchando hacia la muerte con la consigna de “¡Viva Cristo Rey y Nuestra Señora de Guadalupe!”.
Una valiosa reliquia guadalupana en suelo estadounidense
El impacto de aquella tragedia histórica dejó una huella profunda en la geografía urbana y religiosa de California. En la actualidad, la ciudad estadounidense resguarda un tesoro espiritual único fuera del territorio mexicano: un fragmento de la tilma original donde se plasmó la imagen de la Virgen de Guadalupe, ubicado en un recinto especial de la Catedral metropolitana local.
El hallazgo histórico de este legado se remonta a 1941, cuando el entonces arzobispo de Ciudad de México, Luis María Martínez, obsequió la pieza sagrada al arzobispo John J. Cantwell como muestra de agradecimiento. El prelado norteamericano había demostrado una gran valentía al coordinarse con organizaciones como los Caballeros de Colón para brindar amparo a los miles de exiliados mexicanos que cruzaron la frontera huyendo del terror.


El perfil de una comunidad forjada en el exilio
Para la arquidiócesis californiana, recordar este capítulo no es un ejercicio académico lejano, sino reconocer los cimientos de su propia identidad comunitaria. Aquellos desplazados que encontraron un nuevo hogar gracias al respaldo institucional se convirtieron con el tiempo en los pilares fundamentales de las parroquias de la región.
Como muestra de esa continuidad cultural, la tradicional procesión en honor a la patrona de México, instituida como la festividad religiosa más antigua de la metrópoli estadounidense, comenzó a organizarse a partir de 1931 por iniciativa directa de las familias refugiadas.
Haciendo eco de un pronunciamiento reciente emitido por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) con motivo del centenario del conflicto, el arzobispo recordó que “la memoria cristiana no es nostalgia del pasado: es fortaleza para el presente”.
Finalmente, el prelado advirtió que las agresiones contra las comunidades de creyentes distan mucho de pertenecer exclusivamente a los libros de historia. Citando datos recopilados por la Santa Sede, recordó que más de una docena de creyentes pierden la vida diariamente en el planeta tan solo por profesar su fe, mientras que más de 400 millones de personas sufren hostilidad y persecución activa en la actualidad.








