26 septiembre, 2026

Un destino mariano entrañable para el nuevo beato

La figura del arzobispo Fulton Sheen vuelve a estar en el centro de la atención eclesial con motivo de la reciente ceremonia de beatificación y la próxima visita del Papa León XIV al célebre enclave francés. De acuerdo con los registros biográficos del propio eclesiástico, el santuario de Nuestra Señora de Lourdes ocupaba un lugar privilegiado en su espiritualidad, al punto de considerarlo su rincón mariano predilecto en todo el planeta.

En su autobiografía titulada Treasure in Clay, el prelado dejó por escrito su profundo afecto por este enclave pirenaico: “De todos los lugares de la Tierra, los tres más queridos para mí son Roma, donde el sucesor de San Pedro, el Vicario de Cristo, sigue alimentando a los corderos y a las ovejas de Cristo; Tierra Santa, por donde caminaron los pies del Verbo de Dios hecho hombre; y Lourdes, el santuario de Nuestra Señora al pie de los Pirineos”. Asimismo, el texto detalla que a lo largo de mi vida he realizado unas 30 peregrinaciones al santuario de Nuestra Señora de Lourdes, convirtiéndolo en una parada obligada en cada travesía hacia Europa.

Providencia y anécdotas durante los años de juventud

Los lazos del futuro arzobispo con el santuario francés se remontan a sus tiempos de estudiante universitario en Lovaina, Bélgica. En 1924, con recursos financieros sumamente limitados que apenas le alcanzaban para el trayecto de ida, decidió confiar su destino a la Virgen durante la celebración de su quinto aniversario de ordenación sacerdotal.

Tras hospedarse en un establecimiento hotelero y completar una novena sin los fondos necesarios para saldar el hospedaje, acudió a la gruta buscando una solución providencial. Encontró el auxilio a través de un peregrino estadounidense que le solicitó asistencia lingüística y, posteriormente, le ayudó a cubrir sus deudas, consolidando una amistad duradera con aquella familia.

Las experiencias extraordinarias marcaron repetidamente sus estancias en el lugar. En otra ocasión, al concluir su etapa académica en Lovaina, solicitó una señal clara antes de abandonar el recinto sagrado: pidió que una niña de unos 12 años, ataviada con vestimentas blancas, le obsequiara una rosa blanca a la salida. Contra todo pronóstico estadístico, la petición se cumplió de manera exacta, permitiéndole consolidar su confianza en el cuidado maternal de la Virgen.

Peticiones de sufrimiento y rescates espirituales

La profundidad de su devoción trascendía el plano material y abarcaba la intercesión por las almas. El teólogo Peter Howard, destacado especialista en la vida del beato, explicó al National Catholic Register que el prelado solía exclamar: “Si alguien piensa que las oraciones nunca reciben respuesta, que pida al Señor que le envíe algún sufrimiento para salvar un alma”.

Durante una de sus visitas, antes de partir hacia París en un tren nocturno, el entonces sacerdote suplicó a la Virgen que le concediera una prueba o un sufrimiento para auxiliar a una persona alejada de la fe. Inmediatamente después, una joven neerlandesa se le acercó en el hotel para conversar y terminó confesando su condición de atea. Aquel encuentro fortuitamente cambió su rumbo, provocando que el sacerdote retrasara sus planes de viaje durante tres días hasta que la joven se reconcilió con los sacramentos de la Iglesia. Años más tarde, los registros históricos evidenciaron que este retraso providencial le salvó la vida, ya que varios integrantes de su grupo de peregrinos sufrieron un grave accidente en los Pirineos mientras ella permanecía reunida con él.

Una influencia decisiva en colaboradores cercanos

El fervor mariano del arzobispo caló profundamente en quienes trabajaron junto a él. Monseñor Hilary Franco, estrecho colaborador y amigo personal, relató que su propia vida dio un giro radical tras entablar relación con Sheen en agosto de 1959. Tras una serie de encuentros organizados a raíz de las publicaciones del prelado, Franco se convirtió en su asistente durante las labores preparatorias del Concilio Vaticano II.

“Lourdes ocupaba un lugar especial en su corazón”, recordó Monseñor Franco al medio católico estadounidense, destacando que el propio Sheen solía confesar que en aquel paraje conseguía una sensación de absoluta paz y reconciliación. En su libro Bishop Sheen: Mentor and Friend, Franco consignó las palabras del arzobispo, quien afirmaba: “En cuanto a mí, me convierto en peregrino y olvido por un tiempo que soy obispo”.

La respuesta de la Iglesia frente al mundo moderno

Más allá de las vivencias personales y los favores espirituales, el pensamiento teológico del beato conectaba la aparición de la Inmaculada Concepción en 1858 con los grandes sacudimientos ideológicos de la época contemporánea. En su obra The World’s First Love, Sheen argumentó que el mensaje entregado a Santa Bernardita Soubirous constituyó una respuesta directa del Creador frente a las corrientes filosóficas que emergieron de forma paralela.

El especialista Peter Howard subrayó que el beato analizaba cómo la definición dogmática y las apariciones marianas coincidieron temporalmente con la publicación de las teorías de Charles Darwin, las formulaciones sociopolíticas de Karl Marx y los ensayos de John Stuart Mill. Para el arzobispo Sheen, la afirmación celestial “Yo soy la Inmaculada Concepción” se erigió como un contrapeso definitivo frente a las ideologías que posteriormente marcaron los conflictos bélicos del siglo XX.

De este modo, la devoción del Beato Fulton Sheen por el santuario mariano no solo estructuró su vida pastoral y su relación filial con la Virgen María, sino que también consolidó una sólida visión teológica sobre el papel de la fe en la historia moderna.

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