El calendario marcaba el 24 de junio de 2026 en Caracas cuando una jornada de devoción se transformó de manera drástica en una pesadilla nacional. María Elena Rocha, residente de la zona costera de Tanaguarena, aprovechó el feriado para realizar una peregrinación junto a dos amigas por los santuarios de figuras históricas de la fe católica en Venezuela, como Santa Carmen Rendiles y San José Gregorio Hernández. Mientras tanto, en su hogar ubicado dentro del edificio Caribbean Golf I, su esposo Wilson y sus dos hijos, Ricardo y Enrique, decidieron permanecer descansando.
El recorrido espiritual transcurrió en completa calma, abarcando paradas significativas como la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria. Sin embargo, al caer la tarde, exactamente a las 6:04 de la tarde, la naturaleza interrumpió la rutina urbana. Un movimiento telúrico de proporciones descomunales sacudió el territorio venezolano, desatando el pánico colectivo en centros comerciales y calles, además de interrumpir de inmediato los servicios de electricidad y las telecomunicaciones.
El regreso hacia una escena apocalíptica
Tras horas de incertidumbre y con los accesos viales severamente comprometidos, María Elena logró iniciar el trayecto de vuelta a La Guaira. Lo que presenció al llegar superó cualquier escenario previsible: incendios dispersos en medio de la oscuridad, estructuras colapsadas por completo y un entorno dominado por la desesperación, el llanto y actos de rapiña. Impelida por la urgencia de hallar a su familia, avanzó a pie entre los escombros hasta el sitio donde se erigía su residencia.
A la medianoche, la realidad se impuso con crudeza: el edificio Caribbean Golf I ya no existía, convertido en una enorme montaña de ruinas. En medio de la confusión generalizada, la noticia de que su hijo menor continuaba con vida pero atrapado atenuó temporalmente el impacto. Las labores de rescate iniciales dependieron exclusivamente del esfuerzo manual debido a la escasez de maquinaria pesada en los primeros momentos críticos de la emergencia.
Las últimas horas junto a su hijo menor
Durante una larguísima madrugada y gran parte del día siguiente, María Elena permaneció al lado de Enrique, quien se comunicaba con ella desde el interior de los escombros. A pesar del sufrimiento y el cansancio extremo, el joven resistió hasta el momento en que pudo reencontrarse espiritualmente con su madre. Él esperó por mí para dar su último suspiro, relata la sobreviviente sobre los instantes finales de su hijo, cuyos restos, al igual que los de su esposo y su primogénito, fueron recuperados días más tarde por los equipos de emergencia.
El saldo de aquella tragedia dejó más de 6.000 fallecidos en cuestión de segundos, miles de heridos y una estela de desapariciones que enlutó a miles de hogares en el país sudamericano.
La fe y el humor como herramientas de superación
Lejos de ceder ante el resentimiento definitivo, María Elena reconoce que atravesó etapas de profunda indignación y cuestionamientos hacia lo divino. Peleé con Dios. Quedé con rabia. ¿Por qué me dejaste aquí? ¿Yo soy tan mala como para tener que quedarme aquí? Sin embargo, yo entregaba todo mi sufrimiento a Dios por la santificación de sus almas, recuerda sobre su proceso de duelo.
Hoy en día, su integración a grupos de oración parroquiales y su decisión firme de preservar la alegría familiar caracterizan su nueva etapa de vida. A pesar de la gran pérdida que tuve, mantengo el humor. Esa es una de las cosas que yo pedí a Dios cuando falleció mi hijo Enrique. Acepté su muerte con mucho dolor, se lo entregué a Dios, pero le pedí que no me quitara la alegría porque yo siempre fui la alegría de mi casa, expresa con serenidad.
Asimismo, enfatiza que la felicidad constituye una elección personal orientada a honrar la memoria de sus seres queridos: Yo quiero que my esposo y mis hijos sientan orgullo de su esposa y de su mamá. Yo sé que si yo estoy feliz, ellos van a estar felices. La felicidad es una decisión y yo decidí entregarle a Dios el ser feliz, porque Él nos quiere a todos felices.
Un mensaje sobre el sentido del dolor colectivo
Para la sociedad venezolana, que arrastra años de dificultades socioeconómicas y ahora este golpe devastador, el testimonio de María Elena propone una perspectiva basada en la redención a través de la entrega espiritual. Tenemos años sufriendo. Háganlo para que vean, que cuando uno entrega ese sufrimiento a Cristo, todas las cositas que nos pasan. Momentos de rabia e indignación, entregarlos a Jesús por beneficio de alguien. Van a ver cómo vienen las bendiciones, aconseja.
Finalmente, frente a un porvenir incierto y sostenida únicamente por sus creencias religiosas, concluye con una convicción inquebrantable sobre su situación actual: No estoy sola, porque tengo a Dios, tengo a la Santísima Virgen María, que ha estado siempre conmigo y la he sentido. Quien mejor que ella, que sabe lo que es este dolor.







