2 noviembre, 2026

Un acontecimiento histórico para la Iglesia en el gigante asiático

El 28 de octubre de 1926, el Papa Pío XI llevó a cabo la consagración de los primeros seis obispos chinos de la era moderna, marcando un punto de inflexión fundamental en la inculturación del catolicismo en un territorio donde la fe cristiana hunde sus raíces hasta el siglo XIII. Esta decisión supuso un esfuerzo sin precedentes para dotar a las comunidades locales de pastores autóctonos.

Los elegidos para liderar estas demarcaciones eclesiásticas fueron el sacerdote diocesano Philip Tchao Huaiji, nombrado vicario apostólico de Suanhwafu; el padre paúl Joseph Hou, asignado a Taichow; el jesuita Simon Tsu, en Haimen; el franciscano observante Odorico Tcheng, como prefecto apostólico de Pu-chi; el también paúl Melchior Souen, en Lihsien; y el franciscano Louis Tchen, al frente de Fenyang.

Una travesía singular hacia la Ciudad Eterna

Para recibir la ordenación episcopal de manos del pontífice, los futuros prelados emprendieron un largo viaje marítimo que se prolongó durante un mes. Tras cruzar el Mar de China, el Océano Índico, el Canal de Suez y el Mar Mediterráneo, desembarcaron en territorio italiano el 16 de octubre de 1926 para continuar su trayecto en tren hacia Roma. Durante la travesía, confeccionaron con sus propias manos y telas de seda tradicional las sotanas moradas que lucirían a su llegada a la Santa Sede.

Detrás de la selección de estos candidatos se encontraba la labor de análisis impulsada por el sacerdote belga Frédéric-Vincent Lebbe, miembro de la Congregación de la Misión, cuyo principio rector defendía que el país asiático debía ser evangelizado por sus propios naturales.

El impacto de la revolución comunista y el cisma institucional

Dos décadas después de aquellas ordenaciones, en 1946, se estableció formalmente la jerarquía eclesiástica en el país con la creación de diócesis ordinarias y el nombramiento del primer cardenal nativo, Thomas Tian Ken-hsin. Sin embargo, el panorama político dio un giro radical tras la proclamación de la República Popular China en 1949.

La llegada del régimen comunista derivó en la expulsión del nuncio apostólico y la ruptura de los vínculos diplomáticos con el Vaticano. Con el propósito de contrarrestar la creciente presión sobre los fieles, el Papa Pío XII promulgó en 1954 la encíclica Ad sinarum gentem para reafirmar la naturaleza universal de la Iglesia. A pesar de ello, en 1957 se formalizó la creación de la llamada «Iglesia Patriótica China», controlada por el gobierno, lo que dio pie a ordenaciones episcopales sin el consentimiento pontificio y abrió un largo periodo de persecuciones, clausura de templos y clandestinidad para los católicos fieles a Roma.

Acuerdos diplomáticos y desafíos contemporáneos

En septiembre de 2018, la Santa Sede firmó un pacto provisional con Pekín enfocado en la designación de prelados, un entendimiento que ha sido prorrogado en sucesivas ocasiones, la última de ellas por un periodo de cuatro años. Desde entonces, se han registrado nuevas ordenaciones episcopales bajo este marco de diálogo.

La vigencia de este entendimiento ha generado debates en el ámbito académico y eclesiástico. Durante un simposio internacional celebrado en la Universidad Católica Fu Jen de Taipei, el misionero Gianni Criveller reflexionó sobre las diferencias entre el contexto actual y el de 1926. Mientras que en el pasado el objetivo consistía en superar las trabas coloniales y las injerencias extranjeras para empoderar al clero local, hoy en día las principales limitaciones provienen del control estatal sobre las actividades de las comunidades católicas.

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