2 octubre, 2022

 Miércoles III Tiempo de Adviento 

Is 45, 6-8. 18. 21-25
Sal 84
Lc 7, 19-23

La humanidad frecuentemente corre el riesgo y está propensa a crear ídolos, a formarse dioses falsos, a los que se entrega afanosamente, tales como el dinero, el placer, el poder, etc. Es por eso que, el Señor, por medio del profeta Isaías, nos recuerda que Él es único Dios, que no hay otro dios fuera de Él: “Yo soy el Señor y no hay otro”. Él es el creador del universo, de todo cuanto existe.

A lo largo de nuestra vida terrena debemos darnos cuenta de que el único que nos puede salvar es el Señor. Esto nos lo ha estado repitiendo constantemente la liturgia durante este tiempo de Adviento: “El Señor viene y viene para salvarnos”. Por ende, sólo a Él, el Todopoderoso, es al que debemos aclamar, pidiendo constantemente que nos conceda la justicia, la paz y la salvación.

Ahora bien, uno de los problemas del pueblo de Israel es la falta de memoria, puesto que constantemente se olvidan de la presencia de Dios en sus vidas. Por ello, los profetas, que son hombres elegidos por el Señor para comunicarse con su pueblo y, a su vez, guías para conducirlos, constantemente les recordaban la trascendentalidad de Dios, de que Él es el único, el que está lleno de poder, de amor y misericordia para salvarlo.

Vivimos tiempos donde el hombre puede confundirse, perderse, incluso apartarse de los caminos del Señor. Tal vez es tanta su confusión que cree ir por la senda correcta, pero con el pasar del tiempo se percata que se ha equivocado, puesto que, si ha buscado a Dios, pero desafortunadamente lo ha hecho en los lugares equivocados.

También nosotros, hoy en día, deberíamos de formularnos algunas preguntas: “¿Eres Tú el que ha de venir o esperamos a otro?” ¿De dónde vendrá el sentido de la vida? ¿En dónde puedo encontrar mi plena realización, mi felicidad total? Probablemente muchos tendremos diferentes respuestas a estas interrogantes, pero algo hay común en todo esto: Dios. Todas las respuestas que podamos dar forzosamente van de la mano de Dios.

Es la gracia la que nos conducirá en la misma dirección que Jesús. Sólo podremos ser una verdadera comunidad de fe que evangeliza, que sana, que atiende las necesidades del otro, que infunde la paz, la fe y la esperanza, si nos encontramos llenos de la misericordia de Dios, llenos del Espíritu Santo.

Bien lo dice un refrán coloquial: “Obras son amores y no buenas razones”. La manera en la que obremos va a reflejar que se están cumpliendo en nosotros los signos mesiánicos anunciados por los profetas. En nuestro tiempo, la Iglesia tendrá credibilidad en medio del mundo, en la medida en que cada uno de sus integrantes se comprometa completamente a realizar lo mismo que su Maestro.

El Señor viene para salvarnos, es una realidad. ¿Qué te parece si somos ahora nosotros los que salimos a su encuentro? ¿Qué tal si hoy nos animamos y le facilitamos a Dios la chamba? Acerquémonos a Jesús, dejémonos impregnar por su gracia para ser testigos en medio del mundo. No permitamos que el miedo nos paralice, sino más bien, dejemos que la fuerza del Espíritu Santo nos lleve a hacer el bien siempre.

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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