28 septiembre, 2022

 Jueves de la  XIV semana Tiempo Ordinario


Os 11, 1-4, 8-9

Sal 79

Mt 10, 7-15



    Las palabras del profeta que acabamos de reflexionar son un hermoso canto al amor que Dios le tiene a su pueblo. Anteriormente, Oseas había comparado este amor con el de los esposos. Ahora lo describe con el amor de un padre-madre por el hijo que lleva en sus brazos, al que besa, acaricia, protege, enseña a caminar, al que atrae “con lazos de amor”.


    Pero por desgracia ese hijo le es infiel. El pueblo ha roto la alianza que había prometido guardar para con Dios. Cuando el Señor le llamaba, él se alejaba. ¿Cómo estaremos respondiendo al amor del Padre? ¿Qué clase de hijos somos para con Él?


    Ahora bien, cuando un traiciona al amor de Dios piensa inmediatamente en el castigo que caerá sobre él. Comienza a preguntarse qué consecuencias habrá por rechazar su amor, por ser un hijo desobediente y rebelde. Pero no es así. Dios no decide castigar la infidelidad de su pueblo, de sus hijos: el Señor va a perdonar una vez más.


    Oseas nos describe con palabras muy profundas y hermosas ese amor que Dios tiene para con los suyos: “se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas: no cederé al ardor de mi cólera… porque yo soy Dios, y no hombre; santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta”.  Lo propio de nuestro Dios no es el castigo, sino el amar y perdonar.


    Acudamos al Señor con plena confianza. Digámosle como el salmo “que brille tu rostro, Señor, y nos salve… despierta tu poder y ven a salvarnos… ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó”.


    Recordemos que el ideal del hombre es ser como su Maestro, configurarse a imagen y semejanza de Cristo. Por ello, es conveniente revisar nuestra manera de actuar, comparándolo con las instrucciones misioneras de Jesús.


    En nuestro ser misionero, en la tarea de evangelizar a la comunidad, debemos de cuidarnos de no caer en el interés de lo económico; debe de existir una generosa entrega de nuestra propia persona, ya que todo nos lo ha dado Dios de manera gratuita; tenemos que confiar en la fuerza de Dios más que en nuestras cualidades humanas; no nos limitemos solo a las palabras, sino mostremos con nuestras obras lo que Dios puede hacer en la vida del hombre.


    Volvamos a la casa paterna, experimentemos su perdón, abandonémonos en su amor, aprendamos de Dios a ser misericordioso, capaces de amar como él nos ama. Que al anunciar su Buena Nueva lo hagamos mostrando el sentido que tiene nuestra vida a los ojos de Dios.



Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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